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Cruce sur de Periférico e Insurgentes, el cotidiano desastre vial

Cruce sur de Periférico e Insurgentes, el cotidiano desastre vial

Son cuatro días de contingencia ambiental, y, aunque son menos los autos que circulan por la ciudad de México, pocas cosas se modifican en Periférico Sur e Insurgentes, uno de los cruceros más complicados de la capital: los cuellos de botella mañaneros; los atorones de mediodía y las interminables filas que acompañan la llegada de la noche, parecen no cambiar, y es que la situación de fondo es la misma: somos demasiados.

Desde luego, la permanencia de la mala calidad del aire tiene consecuencias, y algunos la pasan peor que otros: “¿Cómo saco mis gastos si no circulo como siempre?”, se queja don Rómulo, taxista de la zona. “Y menos por acá. En las peores horas, la verdad, cuando me piden que los lleve a Perisur, prefiero perder la dejada, porque si nos atoramos, el cliente se baja y yo salgo perdiendo”.

Todos se quejan: el no circula propio de la contingencia ambiental poco modifica la de por sí brutal aglomeración del cruce. Sí, el Metrobús viene aún más intolerable; sí, algunos de quienes viajan al sur profundo de la ciudad –Tlalpan, la Joya, Cuemanco, Xochimilco- optan por el transporte público, y claro, tardan más en abordar las peseras o los autobuses que los acerquen a la escuela, al trabajo. Pero hay otros, vecinos del mismo rumbo, que ni sufren ni se acongojan: allá, en el Pedregal de San Ángel, no apura tanto la prolongación del Hoy No Circula: hay siempre más de un auto en casa, con calcomanías doble cero o cero, en el peor de los casos. La desigualdad se materializa a cinco minutos de las grandes residencias, y sí, tiene un fuerte aroma a infierno vial.

 

Los demasiados autos

Las “horas pico” marcan el desastre en rumbos diversos de la Ciudad de México. Periférico Sur e Insurgentes no es la excepción: el caos se desata con la clásica entrada escolar de las 8 de la mañana, cuando madres y padres de familia se apoderan de un carril de la lateral, a las puertas del cercano Colegio Olinca. Pero si fuese solamente una escuela en una de las vialidades más importantes de la capital, acaso no habría sino un breve tapón vehicular. Pero dos son los problemas de la zona: la convergencia de rutas y destinos, aderezada de mala planeación, y los demasiados, los muchos autos.

Pero, llevamos cuatro días de contingencia ambiental. ¿El Hoy No Circula adicional no tendría, por fuerza, que darle un respiro a la zona? “Para nada”, repone Eduardo, arqueólogo profesor de la Escuela Nacional de Antropología e Historia, otro de los resignados vecinos de la zona. “Siempre está lleno, y sí hay muchos peatones, pero la cantidad de autos es tremenda y no ha disminuido en estos días: sí es la entrada a clases, pero también es la salida a comer entre dos y tres de la tarde, y es el regreso de miles, desde las 7 de la noche y a veces hasta las diez. Con decirte que, entre siete y ocho, hasta los salones de la ENAH, llegan los claxonazos de Periférico, en dirección a Cuemanco, que está prácticamente detenido. ¿Qué cómo lo soportamos? Nos hemos ido acostumbrando; el sonido ya no interrumpe las clases. Y si nuestros vecinos de la sala Ollin Yoliztli tienen evento, el embotellamiento se pone mucho peor”.

Y es cierto: la aplicación del Hoy No Circula que afecta a particulares y taxis no ha bastado para darle un poco de aire al rumbo. Las rutas de peseros que provienen de las orillas de la Ciudad Universitaria y que dominan la desembocadura de la avenida de la IMAN no reposan; el hormiguero incesante de la parada del Metrobús no tiene pausa. “Hay mucha gente que venimos desde muy lejos, desde el norte, hasta por acá, porque agarramos el transporte desde el principio alcanzamos asiento, pero nada más vemos cómo suben, y suben más personas; y las estaciones donde transborda la gente se ponen mucho peores”, cuenta Miriam, que todas las mañanas hace su camino desde Santa Isabel Tola, en las cercanías de los Indios Verdes, hasta su trabajo de secretaria en la Plaza Carso.

Son los conductores, de todas clases, quienes subrayan los problemas de planeación de la zona: “Vea nomás, fíjese”, presiona con ojo agudo don Ramiro, que maneja una de las peseras de avenida de la IMAN: “El canijo trébol estaba muy bien cuando aquí no había este mundo de coches, ¡pero ahora no caben! Eso estaba pensado para un coche a la vez, y aquí todo el mundo le hace la lucha para meterse, o para que por lo menos dos avancen al mismo tiempo; pero es muy difícil. Ahí se puede uno quedar atorado mucho tiempo, y luego está la entrada al segundo piso del Periférico, y ahí empeora”. En la insuficiencia de la estructura hay consenso. “¿El trébol? Yo me he quedado atrapado ahí varias veces. Mi récord es de 45 minutos, en una vuelta que, si no existiera el embotellamiento constante, no tomaría más de cinco minutos. No vivo lejos; muchas veces es más sencillo irse caminando y ahorrarse toda la bronca”, aporta el arqueólogo Eduardo.

Caminar o aprovechar el Metrobús es una alternativa que incluso algunos automovilistas prefieren, si es que no tienen prisa.

“Yo las he visto”, confía Marina, que vende dulces y chacharitas en el inicio de la larga rampa que lleva al Metrobús Perisur: “A eso de las diez, o a las once, suben o bajan algunas señoras a las que se les ve la lana, y que se meten al Metrobús para llegar rápido al centro comercial. Son poquitas, y sólo a veces, pero así las ve uno pasar con sus bolsas de tiendas. Y es que, pobres. Uno, aquí, todo el día, nada más ve cómo se tapa Periférico, y cómo desde la Universidad, vienen volados los carros, y aquí merito se topan con el semáforo y ya no avanzaron más”.

Tiene razón Marina: desde el eje 10 Copilco hasta Periférico no hay semáforos. Es un trayecto que se recorre con rapidez. Pero el cruce con Periférico es implacable: aquí se detiene todo. “A veces, les gana la desesperación, y no falta el que se meta por el carril del Metrobús. Y encima, vea. Ahí están los policías, todos los días, viendo a quién revisan, y ya es un carril menos en Insurgentes. Cómo no se va a enojar la gente”, se compadece la vendedora.

Muchos autos, mucha gente. Pocas opciones, mala planeación. La emergencia ambiental apenas empeora un poco este nudo, que se reproduce en distintas partes de la ciudad.

(Nota de Bertha Hernández para La Crónica)

Redacción Voces del Periodista

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