Espacios del Club de Periodistas

¡Hasta cuándo! Señor Presidente

Voces del Director

Desde Filomeno Mata 8

Por Mouris Salloum George (*)

Sería innecesaria esa ingente apelación, si las instituciones responsables de velar por la integridad física y patrimonial del ciudadano; si las instancias de procuración y administración de la Justicia en México dieran alguna señal de voluntad y eficacia en el cumplimiento de las funciones a que las obliga la Constitución.

Pero no es así. La impunidad señorea por encima de todo principio de Derecho y se convierte en una incitación para que los criminales porfíen en sus excesos, incluso aquellos que están plenamente identificados por su insolente reincidencia.

No se trata aquí de cuestionar si el Sistema Nacional de Seguridad Pública sirve para algo más que adornar fútiles discursos de sus operadores, ni de si el nuevo modelo de Justicia Penal fue bien diseñado y peor instrumentado. No es este el punto.

Cultura de la legalidad, imperativo imposible

El punto, es que no se ven signos tangibles de que la inaplazable cultura de le legalidad sea un compromiso común, que empiece por aquellos que ejercen el poder de coacción que les otorga el Estado. O lo ejercen con fines aviesos a los jurados a la hora de protestar sus encargos públicos.

Bajo el imperio de la Ley de la selva, no hay vida ni bienes seguros. Hoy amanecemos, mañana quién sabe. Hoy salimos inquietos al cumplimiento de deberes en la escuela y o en el trabajo; salimos ilusos al disfrute de la recreación o el esparcimientos. No sabemos si regresaremos a gozar de la compañía de  nuestras familias.

En medio del vacío de poder, no hay quehacer humano protegido por las garantías que consagra nuestra Carta magna. Todos estamos expuesto a los fulminantes decretos que dicta el poder de la delincuencia, cualesquiera que sean sus tipificaciones.

Por supuesto, por la naturaleza de nuestra inserción y representación gremial, nuestra preocupación central es el combate por el respeto a la Libertad de Expresión y al Derecho a la Información, nunca como ahora blancos del cañón asesino.

El turno es del colega Héctor de Mauleón

Resulta de suyo doloroso e indignante que, cuando el oficio periodístico se nutre de la noticia, la información y el análisis editorial, se nos presente compulsivamente la prioridad de reportar un crimen más contra colegas que laboran, literalmente, con una pistola en la sien.

La semana que corre no varía el macabro paisaje. Hace apenas unas horas, en diversas plazas de la República, la comunidad periodística salió a las calles a protestar por la falta de resultados en la investigación del asesinato del sinaloense Javier Valdez Cárdenas.

No hay reposo: Después de aquel crimen, en las semanas subsiguientes se han repetido los ataques mortales en Baja California, Puebla, etcétera. Al cañón le falta espacio para rayar una muesca más.

El último episodio es aún más espeluznante; en magnitud, repetición y alcance. La víctima es el columnista del diario El Universal, el compañero Héctor de Mauleón.

De Mauleón vive desde hace meses la incesante amenaza: Por revelar la acción del crimen organizado en la Ciudad de México; por solidarizarse con madres, esposas o hermanas que, organizadas en el colectivo Solecito Veracruz, dan con 62 fosas y 148 cadáveres, presuntamente de víctimas de los Zetas. Por denunciar a malandros encubiertos bajo el membrete de la Asamblea de Barrios de esta ciudad, etcétera.

No faltaba más. A cada denuncia pública sobre esos amagos, la respuesta es de machote: Llegaremos hasta las últimas consecuencias.

Una de esas “últimas consecuencias” apareció hace algunas horas en las redes sociales: Una mano anónima empuña una pistola-revolver. Vacía sus proyectiles sobre un cartón de los que se usan ordinariamente en prácticas en cuarteles policiacos o militares, o en los campos de tiro privados.

En el cartón aparece la oscura figura típica del blanco. A un lado está la fotografía de Héctor de Mauleón. Señor Héctor, dicta el bellaco embozado, la sentencia está por cumplirse. La muerte le ha llegado.

¿Tienen, para la autoridad, algún valor las reacciones profesionales y sociales ante tamaña monstruosidad? Ipso facto,  la respuesta fonográfica del poder: Ya abrimos la carpeta con varias líneas de investigación. Vamos a aplicar los protocolos correspondientes. Daremos con los responsables y se les castigará con todo el peso de la ley…

De “líneas de investigación” y de “protocolos” está empedrado el camino al infierno al que están condenados los periodistas mexicanos. Salvo la Virgen de Guadalupe, ¿hay otra instancia temporal en la que se pueda confiar? Por lo visto no la hay.

La reina de la barbarie mexicana no es la Santa muerte. ¡Es la impunidad! Contra ésta, no hay defensa posible.

(*) Director General del Club de Periodistas de México.

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