Voces del Periodista Diario
Opinión

¡Cuidado! con el juego del gato y el ratón

VOCES OPINIÓN Por: Mouris Salloum George

No hay más cera, que la que arde. A contrapelo de la atmósfera de sicosis desencadenada especialmente en México, una vez rendida su protesta constitucional, Donald Trump empieza a recibir el aval de las cúpulas financieras y políticas que ejercen el poder universal real.

Desde Davos, Suiza, donde se congregan los socios del Foro Económico Mundial, la directora gerente del Fondo Monetario Internacional (FMI), Christine Lagarde ha saludado con beneplácito al Presidente número 45 de los Estados Unidos.

Ha anunciado la economista francesa que, quien se ha abanderado con el spot Volver a ser grandes, tendrá en 2017 uno de sus mejores años de recuperación. Se consolidará este año el crecimiento económico.

Si en Dios confiamos, como reza la leyenda impresa en el dólar, a Trump le favorecen los astros. Pero el asunto no es acreditable a la providencia. Es resultado de la gestión económica de Barack Obama, quien rescató la economía del profundo bache en la que la hundió la crisis financiera 2007-2009.

Los rapaces usufructuarios del 1 por ciento de la riqueza estadunidense, no se andan con remilgos por las calidades morales o políticas del nuevo Presidente norteamericano. Si se han logrado apoderarse de la colosal renta nacional, lo han hecho con independencia de quién despache en el Salón Oval de la Casa Blanca.

La lectura del anuncio del FMI, tiene una implicación mayor. Si 2017 es de bonanza para los Estados Unidos, Trump tiene una preocupación menos en el año inaugural de su mandato.

Atrincherado en esa fortaleza, su prioridad entonces es otra y su primera víctima será la propia sociedad estadunidense.

Nos explicamos. Aun durante los dos periodos presidenciales del demócrata Obama, calificados intelectuales estadunidenses, algunos de ellos, dicho sea de paso, de nuestras ediciones de Voces del Periodista, han denunciado la tendencia hacia la institucionalización el Estado policiaco en la Unión Americana.

Esos pensadores norteamericanos, no pasan por alto que un Estado policiaco en el interior del territorio estadunidense, tendrá su inevitable y nefasta repercusión en las democracias latinoamericanas.

La ostensible orientación del discurso de Trump, ha dejado de lado todo signo liberal del que blasonaba el poder político desde  Washington. Ese discurso tiene todos los tufos a fascismo.

En la nueva era que hoy se abre desde la Casa Blanca, México se encuentra entre la sartén y el fuego. Desde hace al menos dos décadas, México fue puesto de espaldas a América Latina, de la que antes fue considerado líder.

Por el lado septentrional, Canadá ha pintado su raya en la perspectiva de renegociación o suspensión del Tratado de Libre Comercio de América del Norte.

Es hora de dejarse de ver el ombligo

Frente a esa galopante realidad, el gobierno mexicano se ha plegado a una reacción casuística. En términos deportivos parece dispuesto a jugar con el score.

Hace unas horas, el presidente Enrique Peña Nieto declaró que  estará atento a fijar sus posiciones conforme actúe Donald Trump. Esto es, reaccionará a la defensiva. No puede exponerse a México al juego del gato y el ratón.

Se requiere, primordialmente, tomar la iniciativa, fundada en una diplomacia activa y soberana, cuyo soporte no puede ser otro que el del apoyo de todos los sectores internos actuantes, sin exclusiones ni arreglos unilaterales o cupulares concebidos para favorecer a los privilegiados de siempre.

Es cierto, que el Presidente parece haber perdido el capital político que acumuló en los primeros tres años. No obstante, no resulta ilusorio imaginar una nueva generación del Pacto por México, a condición de que se inserte en un esquema democráticamente incluyente, que remonte el exclusivismo que marcó su primera edición, que ha exacerbado la polarización socioeconómica.

En estos momentos de destino, cabe la disyuntiva de los hombres del campo: O cabresteas, o te ahorcas. Hacerlo, antes de que se suelten los demonios de la sucesión de 2018.

El tiempo se agota. Hay que dejarse de verse el ombligo.

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