Debate presidencial: Nos quedamos con Koko

El Lecho de Procusto

Por Abraham Garcia Ibarra

A finales de la semana pasada, en algunos reductos donde todavía se practica la fe en el humanismo, se produjo una nota de consternación: Murió la gorila Hanabi-ko, mejor conocida como Koko.

La “bestia” californiana cobró celebridad por su habilidad para comunicarse con los humanos: Aprendió el lenguaje de los signos, empezó a dominar 80 palabras y al final acumuló unos mil vocablos diferentes.

En el último de los debates entre presidenciables mexicanos, algunos especialistas contaron un máximo de 48 palabras empleadas por los cuatro debatientes. Una de ellas, repetida en 720 veces.

En esas cifras queda condensada la capacidad de comunicación de los principales contendientes por el  puesto mayor de elección popular: La Presidencia de México.

El mismo choro de los spots y los “mensajes” electrónicos

El inventario del código de comunicación de los políticos mexicanos, computado en el tercer debate presidencial -acotamos por nuestra-, no fue más que la incesante reproducción de lo dicho en los spots y la repetición de los concentrados de los mensajes electrónicos en las redes sociales.

Vale acotar que, en la competencia espotizada en 2018 -unos 60 millones de spots-, participan alegremente, además de los candidatos, los agentes de los órganos arbitrales de las campañas, los funcionarios del gobierno y los sedicentes líderes de opinión. No se incluyen en ese conteo las entrevistas banqueteras. Más de lo mismo.

En la feria de las lenguas de madera se observa el mismo patrón cicatero: No existe ni originalidad ni variedad en los usos lingüísticos.

Ayer, como mera excepción, registramos el ejercicio de un colaborador editorial que, siguiendo el discurso de uno de los candidatos presidenciales, dio cuenta de que su repertorio, para efectos de descalificación de sus adversarios, según el criterio del autor, recogió casi medio centenar de usos verbales.

Dicho sea de paso, ese candidato monitoreado, figura como puntero en la intención del voto para el 1 de julio.

Cultura de masas y propaganda

Placidez dominical, la nuestra, que no estamos entre los que quieren y aman el fútbol, ocupamos el tiempo en cosas más prosaicas.

Verbigracia, en La Jornada semanal dimos con un texto de Mario Campuzano bajo el rubro Cultura de masas y propaganda/ La infantilización de las decisiones.

Reproducimos la síntesis introductoria: Estudio del binomio grupo social/ individuo ante los mecanismos y las armas de manipulación pública, los procesos sicológicos que generan la cultura de masas y sus consecuencias a la hora de “tomar decisiones” tan trascendentes como, entre otras, votar en las elecciones.

Después de una cita de Noam Chomsky, el autor  nombrado observa que el lingüista estadunidense no aborda en su análisis sicológico los mecanismos psicosociales que se echan a andar para lograr sus objetivos mediante la manipulación regresiva o infantilización, propia de la cultura de masas vigente en la actualidad.

La lectura como un acto subversivo

Ya entrados en gastos, libres del aturdimiento futbolero, en la misma publicación tenemos otra colaboración: La lectura como acto subversivo.

Andrea Tirado  analiza la obra Cómo Pinocho aprendió a leer, debida a Alberto Manguel.

Rescatamos estas línea del texto: “Aprender a leer es sólo el primer paso: El verdadero acto consiste en darse cuenta de que las inscripciones de dicho código sirven para conocer de una manera profunda, imaginativa y practica nuestra identidad y la del mundo que nos rodea”.

A decir de autor y la reseña crítica, el anterior es el aprendizaje más difícil y el más peligroso, porque enseña cómo leernos y cómo leer el mundo. Es lo que “Pinocho nunca aprendió”.

(Por asociación de ideas, nos viene a relación la niña que corrigió al secretario de Educación Pública: Se dice leer, no “ler”. Es el funcionario que dijo no tener tiempo que perder en la cultura. Ahora es responsable de mercadotecnia de un candidato presidencial.)

Tercos en tratar de  descifrar los mensajes de los candidatos presidenciales, lo primero que descubrimos es que el mensaje brilla por su ausencia.

De ello sigue que es válida la imputación que se hacen recíprocamente esos aspirantes a gobernar a México: “El otro”, no es más que Pinocho.

Los moneros los pintan con una monstruosa y creciente nariz: De mentirosos. Por eso estamos como estamos.

En última lectura, nos quedamos con la gorila Koko y deploramos una pérdida cultural. Es cuanto.

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