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Los votantes pueden esperar

El Lecho de Procusto

Por Abraham García Ibarra

Cuando Carlos Salinas de Gortari arrancó su campaña presidencial en 1988, una divisa se escuchó: ¡Que México hable¡ A los pocos meses, en sesión de Congreso General, otra fue la confesión: Ni los veo ni los oigo.

Al asumir en 1994 la candidatura presidencial suplente Ernesto Zedillo Ponce de León, el  PRI le puso un slogan: ¡Él si sabe como hacerlo! A los días de su toma de posesión, estalló el error de diciembre.

Al rescate entró Bill Clinton: Empezó a fraguarse la privatización del ahorro de los trabajadores para el retiro. Las administradoras privadas de esos fondos y sus operadoras en el mercado bursátil disponen ahora de mucho cash.

En su campaña en 1999, Vicente Fox prometió desterrar la corrupción. Al correr de tiempo, en alguna ocasión se escuchó al guanajuatense decir: Y yo, ¿por qué?

Imaginamos que uno de los primeros actos de Felipe Calderón Hinojosa en diciembre de 2006, fue despedir a su sastre. Le había encargado la confección del uniforme de Comandante Supremo de las Fuerzas Armadas. El indolente costurero se lo hizo de la talla de Fox. El del humanismo político tomaba el mando del combate contra el crimen organizado.

El 1 de diciembre de 2012, Enrique Peña Nieto prometió a los compatriotas Un México en paz: El tejido social sigue desgarrándose.

Así son las mudanzas de los  candidatos después de que se les cruza al pecho la banda presidencial.

¿En qué rincón ha quedado abandonado el votante de a pie?

Después del 1 de julio pasado, el territorio nacional está anegado de parlocracia. En las pantallas de televisión  y en las ondas de la radio no se escucha la voz del votante de a pie.

Ocupan los primeros planos los incontinentes portavoces del Instituto Nacional Electoral, saltan a la arena mediática los representantes de los 16 hombres más ricos de México. Hablan los intelectuales orgánicos y los mutantes: Son requeridos los artistas y los deportistas, etcétera.

Previo al 1 de julio, se instó a los mexicanos a una reflexión antes de emitir su voto. Después de la jornada electoral, las lenguas de madera no se dan reposo.

Seguimos anclados y congelados en la democracia electorera

Hemos tenido oportunidad de estar en El Edén tropical: Por allá, en los sesenta, escuchamos una voz populista: Si a las 12 del día, a pleno sol el pueblo dice que es media noche, es hora de encender los candiles. ¡Órale!

En la ciudad de México, en el campus universitario y en foros del PRI, escuchamos a un ilustre tabasqueño: Enrique González Pedrero. Fue director de la Facultad de Ciencias Políticas, senador y gobernador de su estado.

Si nos recuerda bien nuestra libreta de reportero, algunos apuntes nos informan que González Pedrero solía afirmar que la democracia no se construye de una vez y para siempre. Parafraseando a Renán, decía que, como la Nación, la democracia es un plebiscito de todos los días.

Lo que más nos fascina, es otra proposición teórica e ideológica: El precepto de democracia sustancial (otros autores le denominan “sustantiva”).

En aquella proposición hay un deslinde de la “democracia formal”, que sustancia normatividad y procedimientos para formar y hacer gobierno.

Por democracia sustancial se entiende primordialmente la atención a los fines de la democracia: Procurar, en el ejercicio del poder, la igualdad de todos los ciudadanos en sus derechos de acceso y disfrute de los bienes básicos  para una vida digna.

Concluimos por nuestra parte: La democracia electorera, como la mexicana, no implica que la democracia política devenga en automático democracia económica.

Ahí centramos nuestra reflexión alejados del mundanal ruido mediático. Es cuanto.

 



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