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País de instituciones y de leyes, ¡a lo bestia!

VOCES OPINIÓN Por: Mouris Salloum George

País de instituciones y de leyes, ¡a lo bestia! </span></p> VOCES OPINIÓN Por: Mouris Salloum George

Cuando en la convocatoria fundacional del Partido Nacional Revolucionario (PNR) hace nueve décadas, su creador Plutarco Elías Calles anunció un México de instituciones y de leyes, nunca imaginó que sobrarían llaves para abrir la Caja de Pandora.

Al implantarse la era neoliberal, para los archivistas del Estado fueron un alivio los hallazgos de la cibernética y la informática que les han permitido el uso intensivo y exhaustivo de los prodigiosos ingenios digitales para almacenar billones de palabras y números.

A la usanza previa, faltarían naves de tipo industrial, estantes y códigos, personal desde luego, para guardar y consultar tantos y tantos expedientes impresos que hacen del México un país de Kafka.

De 1982 en adelante, instituciones como el Banco Mundial y foros como el Económico Mundial de Davos, Suiza, coinciden en que entre los países del Primer Mundo o en desarrollo, México destaca por la abundancia de leyes e instituciones, cuya eficacia, por lo demás, sirve para maldita la cosa.

El interminable rosario de ordenamientos jurídicos

México cuenta con una Constitución general y 32 constituciones de las entidades federativas. En cada Carta constitucional, sobran artículos básicos y un alto porcentaje de transitorios, tipificados por los litigantes como “las letras chiquitas”, al modo de los contratos mercantiles.

A pesar de lo que diga la doctrina constitucional, son evidentes los regímenes de excepción en favor de ciertos intereses. Los más visibles son los de carácter fiscal, en el que predomina la figura de los causantes cautivos. Los indefendibles. Al otro lado de ese casillero, tratamientos especiales, condonaciones, devoluciones, etcétera.

De esas constituciones derivan leyes, muchas leyes. Especialistas en la materia codifican algunas como lex simulata. La que se dicta sobre las rodillas sólo para salir al paso a la coyuntural presión de la opinión pública, sin ánimo de observancia.

Otros papeles son conocidos como letra muerta. La Ley del embudo caracteriza legislaciones que son invocadas cuando se trata de  favorecer a los de arriba. El crimen organizado ha puesto de moda la ley de plata o plomo.

A las leyes secundarias corresponde su respectivo reglamento. De los reglamentos siguen las normas, muchas normas. Tenemos ahora las reglas de operación.

En lo que toca a la acerdada burocracia, es típica la Ley del menor esfuerzo. Esta codificación podría ser materia de infundio. Los burócratas sí que se esfuerzan cuando tienen a la vista estímulos o incentivos para desahogar trámites de urgencia para el ciudadano.

Las aceiteras que lubrican al sistema

Ese montón de constituciones, leyes, reglamentos, normas y obtusos, pero no gratuitos criterios burocráticos, son el caldo de cultivo de la corrupción.

Un inversionista extranjero o nacional, según su ramo de interés, tiene  que pasar por las horcas caudinas de las secretarias de Hacienda, Economía, Energía (y sus comisiones), Medio Ambiente y Recursos Naturales, etcétera; las áreas de contratación de bienes públicos y las direcciones de adquisiciones.

Ahora tenemos, además, los institutos autónomos del Estado, procuradurías para esto y esto otro. Hasta el infinito.

Los corporativos extranjeros -lo ven ya como asunto “institucional”-, al calcular su inversión en México, reservan una partida de entre 10 y 12 por ciento de su capital como concepto de “comisiones” (antes le llamaban brutalmente la mordida) para los responsables de aprobar una concesión, contrato, franquicia, licencia o permiso; cuota extensiva a los líderes de sindicatos que venden contratos de protección para liberar la contratación de personal.´

En arca abierta, hasta el justo peca

Cómo aquí impera la regla de todos coludos o todos rabones, los legisladores y los administradores de las Cámaras federales le dieron institucionalidad al moche.

En las campañas electorales, los partidos y los candidatos han santificado ahora la mordida, la comisión y el moche. Ahora le llaman diezmo. Todas esas figuras entran en un genérico: Extorsión, cuyos signos consustanciales son el cohecho o el soborno.

En los tiempos del “partido casi único”, era un clamor la exigencia de los empresarios de seguridad jurídica. Era el santo y seña de denuncia contra la intervención del Estado.

Desde que llegó la tecnocracia al poder político, México fue aclamado por sus políticas de desregulación: Ley de Inversión extranjera, sistemas bancario, financiero, de seguros y fianzas, industrial; sectores externo, energético, telecomunicaciones, agropecuario, etcétera.

Campeones mundiales en corrupción

Con todo y desregulación, instituciones como Transparencia Internacional, el Instituto Mexicano para la Competitividad y otras instancias colocan a México en sus Índices de Percepción de la Corrupción de las instituciones públicas y privadas entre los países más reacios al combate de la corrupción. Su calificación, en escala de 100 puntos, fluctúa entre y 30 y 35 puntos; si bien nos va.

Pero la máquina infernal de hacer constituciones, leyes, reglamentos y normas inoperantes sigue pita y pita. De lo que se trata es de darle dimensiones industriales a la tramitología. Si no, ¿de dónde salaría la mordida, la comisión, el moche y el diezmo? Por eso estamos como estamos.


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