Peña y Córdova: Lenguas sangrantes

El lecho de Procusto

Por Abraham García Ibarra

Si uno repasa el desempeño de los ratoncitos verdes en el Mundial de Fútbol al través de los gritos de los cronistas mexicanos, antes de que terminara el primer tiempo del choque con Alemania ya se había decretado que el título se encontraba en México.

Todavía esta mañana, en los comentarios preliminares antes del juego con Suecia, esos delirantes cronistas no encontraban sinónimos para implantar la convicción de que la selección mexicana es un nuevo paradigma para el mundo.

Estando aún el marcador 0-0, los heraldos del juego de las patadas aseguraban que México era líder de su grupo. Ya se había perdido en la noche de los tiempos el peritaje de que los jóvenes futbolistas juegan como nunca… y pierden como siempre.

Durante el juego inicial con Alemania, dos de los candidatos presidenciales se quitaron las casacas rojas y los chalecos azules, y se presentaron a sus actos de proselitismo vistiendo la verde.

Después del triunfo de México sobre Corea del Sur, uno de los candidatos, eufórico, hizo la metáfora de su imaginario ascenso en las encuestas sobre la intención del voto, “como lo ha hecho la selección mexicana en el Mundial de Rusia”.

Al abanderar a la selección en Los Pinos, Enrique Peña Nieto dio en firme el retorno de los muchachos enarbolando el título mundial. Todavía el pasado lunes, recapituló: Les dije que los esperábamos con la copa en las manos. Muchos hicieron burla de ello; pero no, tenemos fe y confianza en que así va a ocurrir

¡Bienvenidos a la realidad todos los que quieren y aman el fútbol!

Algo que a otros nos parecía estimulante, no fue nota para las cadenas de medios electrónicos que mercadean el futbol: Los jóvenes mexicanos que participaron en la XX Olimpiada de Matemáticas de Centro América y el Caribe, regresaron al solar nativo con dos medallas de oro y dos de plata.

La pugna por las pantallas televisivas y las banquetas

Cambio de página: Es cosa sabida que las elecciones generales de 2018 son publicitadas como las “más grandes de la historia de México”. Por nuestra parte hemos acotado que, en tratándose de la formación de nuevos poderes públicos, por menos grandes que fuesen son, como apuesta al futuro, las más trascendentes.

“Lo normal” sería que los protagonistas de ese irrepetible proceso fueran los partidos políticos y los candidatos, aun los independientes. El actor central, sin embargo, es el elector de a pie que, en una suma de casi 90 millones, son los titulares del derecho a votar, según lo mandata la Constitución, libremente.

Ese elector del llano ha pasado como convidado de piedra en toda la promoción electrónica e impresa de la sucesión presidencial. En algunos  comerciales, en los que se dice que la elección es de todos, sólo aparecen unos cuantos insaculados por productores y programadores por su presencia escénica y guion en mano, que abandonan para expectorar sus filias y sus fobias.

La escena sucesoria ha sido invadida sistemáticamente por dos actores de los que, por su alta responsabilidad de Estado, se esperaría cierto margen de neutralidad, imparcialidad -ésta, uno de los principios rectores de la función electoral- o por lo menos de discreción.

No es así: El presidente de la República, Peña Nieto, y el consejero presidente del INE, Lorenzo Córdova, se han instalado en la laxitud de la normatividad electoral para tratar de influir, el primero, en el ánimo y criterio del votante; el segundo, para hacer ostentación de su frivolidad.

Peña Nieto tiene como fauna de acompañamiento a todo su gabinete legal y ampliado. Córdova, a sus pares carnales y los altos mandos burocráticos del INE.

El efecto que se convirtió en “defecto” para el PRI

Ya desde su condición de gobernador del Estado de México y en campaña presidencial en 2012, al mexiquense se le dieron masajes al ego presentándolo como el efecto Peña Nieto en las campañas estatales del PRI. La compulsión sicológica ha hecho que el Presidente se considere factótum en la suerte de los candidatos de su partido en 2018.

Pretendiendo acotar sus preferencias partidistas, Peña Nieto ha machacado tercamente en que los mexicanos deben dejar de lado su irracional humor social, ponderar y revalidar con sus votos el 1 de julio la continuidad de las reformas “transformadoras”.

En condiciones de competencia, hay quienes, por mera testarudez, son omisos en el personal e institucional ajuste de cuentas respecto del pasado: Lo del “efecto Peña Nieto” en los triunfos de PRI entre 2009 y 2011, dio como producto por lo menos cinco gobernadores priistas imputados o procesados ya por actos de corrupción.

Entre 2016 y 2017, el PRI perdió la mayoría de las gubernaturas por las que compitió. De 32 entidades federativas, sólo es gobierno en 14. Es resultado de la pérdida de cinco millones de votos a partir de 2013.

El candidato presidencial del PRI, José Antonio Meade Kuribreña, al cerrarse hoy las campañas, sigue anclado en el tercer sitio de las encuestas. El partido, abajo del sexto lugar.

¿Tiene conciencia Peña Nieto de esa debacle partidista? Si la tiene, la oculta: El pasado 25 de junio, el mexiquense empezó por decir que se ha mantenido auténticamente respetuoso del proceso electoral.

Como si los mexicanos fueran menores de edad, el mandatario les aconseja un ejercicio de reflexión para estudiar las propuestas de los candidatos: “Yo deseo que realmente haya una valoración razonada y objetiva de los postulados”.

Eso de la reflexión pedida, (examen detenido de una cosa que hace el alma), parece porfiar en el diagnostico que ha venido haciendo Peña Nieto sobre el clima que priva en el escenario electoral: El irracional humor social. ¡Serénense!, pues.

Inmundicias, la marca de la casa de las campañas

En cuanto a “los postulados” de los candidatos, ¿cómo conocerlos si los medios de comunicación niegan tiempo y espacio a las plataformas electorales, para privilegiar las incriminaciones, los insultos, las diatribas, los denuestos, los retruécanos maliciosos, el rumor, el chisme de lavadero, etcétera?

A propósito de ese código agresivamente mendaz en las campañas, manifestado incluso en la despiadada tormenta de comerciales, autorizados por el INE, consejeros y magistrados electorales lo han institucionalizado con la coartada del nuevo modelo de comunicación política y de respeto a la Libertad de Expresión. Consta en las respuestas a las solicitudes de medidas cautelares y en sentencias de la instancia jurisdiccional.

El propio consejero Presidente del INE, Lorenzo Córdova, ¿acaso no ha incurrido en expresiones de racismo  al burlarse de las gestiones de algunos ciudadanos, sólo por su condición de indígenas?

La última puntada que se jugaron los consejeros del INE -como si los formatos de las boletas electorales no fueran de por si complejos y confusos-, fue instruir a los escrutadores electorales a que reconozcan y acrediten votos nominados por apodos.

No es, ese, mero asunto coloquial. Es la consagración del estigma: ¿A quién reconocer votos buenos con la leyenda El queso de puerco, El peje lagarto, Ricky Riquín Canallín, El Bronco o La Calderona?

Todo empieza con el comercio de padrones y listados electorales

Dos de los principios rectores de la función electoral, son los de certeza y objetividad. Si de certeza se trata, ¿existe cuando el Registro Federal de Electores y su listado nominal han sido expuestos a la mercantilización a postores que transgreden todo derecho a la privacidad de las personas?

A mayor abundamiento, esos datos han sido utilizados clandestinamente no sólo para coaccionar a los potenciales votantes, sino para inducir perversa e ilegalmente la intención del voto.

La certeza es fracturada por sistema, cuando -lo denuncian las agencias de investigación de opinión pública acreditadas por su seriedad- irrumpen el espacio de los estudios demoscópicos despachos anónimos contratados por los partidos o los candidatos para difundir resultados con tendencias falaces.

“La producción de opinión” es una estrategia manipulativa. La practican, sobre todo, los poderes fácticos. Sirve, no obstante, para que resultados de esas encuestas, reales o prefabricadas, creen estado, y los favorecidos por ese tipo de obscenas maniobras den por consumado un hecho que no se ha registrado ni certificado.

El INE hace más bolas el engrudo

Para todo efecto legal, una aproximación a las tendencias del voto después de la jornada, debe estar a cargo del Programa de Resultados Electorales Preliminares (PREP). Lo confirman las sesiones de cómputo 72 horas o una semana después; de lo que sigue, sobre todo para la elección presidencial, su calificación por los magistrados electorales, que hacen la declaratoria de Presidente electo.

La subversión aparece cuando, a veces a media jornada electoral o antes de que se cierren las casillas, empiezan a divulgarse encuestas a boca de urna, no siempre espontáneas, de las que se apropian algunos candidatos para proclamar su triunfo.

Conocidas esas experiencias, sin embargo los consejeros electorales han contribuido a hacer más bolas el engrudo. Aun objetada por los magistrados electorales la intención de anunciar la misma noche electoral las tendencias, el INE se enredó en sus propias telarañas insistiendo en su propuesta primera; ahora, aplazando para el día siguiente su reporte, seguramente apoyado por el PREP.

Por supuesto, eso no evitará los albazos de partidos y candidatos para tener excusa de impugnación de los resultados finales. Más de 50 mil litigios calcula el Tribunal Electoral federal se presentarán en 2018. Con eso está dicho todo.

La violencia política pasa de noche a los ojos de la autoridad

Está el ingrediente fatal, del que ni el jefe del Ejecutivo federal ni los consejeros electorales quieren darse por enterados: Blasonan de “nuestra condición democrática; la devoción cívica y la armonía” pero, ¿y la violencia política?

A Lorenzo Córdova se le llena la boca con los anuncios de que por ningún lado del territorio nacional ve focos rojos. Será porque es daltónico.

En los debates presidenciales, los candidatos hablaron mucho de inseguridad pública e hicieron votos por la restauración de la paz; cada quien con su propia estrategia, denunciada por los otros, que tienen “la más eficaz”.

No es ese el punto: La violencia política empieza desde la falsificación de la información para provocar miedo, y el uso de fiscales y jueces de consigna para eliminar adversarios. La violencia política se presenta en la coacción y compra del voto

Son esas formas de violencia prevenibles y castigables por la autoridad electoral.

La más grave forma de violencia política es la de las intimidaciones y la acción directa que ha costado la vida a decenas de dirigentes políticos y a medio centenar de beligerantes electorales asesinados. No hay precedente de esa magnitud ni en la historia electoral de México en siete décadas, ni en países latinoamericanos en la actualidad, salvo el caso de Nicaragua.

De ella no hablan los partidos más que cuando alcanza a sus militantes; no quieren hablar ni la Secretaría de Gobernación ni otras instancias de autoridad civil. (La sombra de los convoyes militares señorea  la noche de la mayoría de los estados.)

Hablan las organizaciones no gubernamentales mexicanas y hablan ahora la Organización de las Naciones Unidas y la Organización de Estados Americanos, pero nuestros optimistas árbitros electorales casi las acusan de injerencismo.

La gran cuestión es que, por andar pintándonos  paraísos democráticos color de rosa, los agentes del Estado fingen no darse cuenta que el territorio nacional está cuajado de rojo. El color de la sangre. Y eso es que estamos apenas en las vísperas. Es cuanto.

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