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¡Quédate, Enrique! Te perdonamos

El lecho de Procusto

Por Abraham García Ibarra

Si en el cuestionario que los industriales de las encuestas presentan a los ciudadanos se incluyera la pregunta, ¿quiere usted que haya elecciones? un ejercicio de imaginaria nos podría remitir a las siguientes respuestas.

Los que detentan el poder, reconocen que no han podido sacar el buey de la barranca y sobreviven en medio de la repulsa popular, responderían: Si es posible, que adelanten el calendario.

Los que están hartos de la insoportable artillería de spots que no respeta ni a los medios de comunicación de instituciones educativas y culturales con estatuto de autonomía, con tal de sacudirse esa monserga desearían que ya hubiera pasado el 1 de julio.

Aquellos que, atrapados en su burbuja televisiva, se gratifican con su pretendida indispensabilidad, desearían ser depositarios de una segunda oportunidad y estarían tentados a incitar al golpe de Estado que les permita la continuidad. ¿Para qué elecciones? En fin.

Sólo los beligerantes por el poder coincidirían a coro en que las elecciones van, porque son el único medio para, “en democracia”, dar la felicidad a su pueblo.

En última lectura, los que tienen la gestión de casi 50 mil millones de pesos que hasta ahora cuestan los preparativos del 1 de julio, no sólo consideran imprescindibles las elecciones, sino que les satisfaría que los miembros del Poder Judicial -¿por qué sólo el Ejecutivo y Legislativo- también pasaran por las urnas populares.

Ignotos escenarios del 2 de julio

Como sea, en 48 horas terminan las precampañas presidenciales y tenemos que los dirigentes de los partidos nacionales dan por hecho que sus precandidatos son los bienamados de la gente. No el del otro frente.

Las agencias encuestadoras, según el contratista que pague sus servicios, arman sus graficas digitales para tratar de convencer a quien quiera ser convencido de que su cliente es el mejor posicionado.

Los encuestadores que fingen neutralidad ya anuncian resultados en tercios. Como son tres los precandidatos con potencial real, pues con cualquiera que resulte “atinaron”.

PRD, el perdedor nato

Haciendo abstracción de las candidaturas nominales, ¿quién gana o quién pierde entre los cuatro partidos que traen al resto remolque?

El perdedor neto es el Partido de la Revolución Democrática (PRD). Su gallo Miguel Ángel Mancera no calificó ni siquiera para octavos de finales. Más realistas, los gobernadores de Michoacán, Silvano Aureoles Conejo, y de Morelos, Graco Ramírez, prefirieron permanecer en sus feudos saqueando las tesorerías y, el segundo, tratando de imponer sucesión dinástica.

La candidata del PRD para la Ciudad de México, Alejandra Barrales, busca más calor en los huertos azules porque cada vez que se presenta en las madrigueras amarillas, como en los establos, nomás las patadas suenan.

Antes de que se inicien las campañas constitucionales, por lo que reportan las precampañas es posible sospechar que ya actúan más perredistas fuera del PRD, que dentro, donde sólo permanecen y medran los jefes de las tribus de Los chuchos y de Alternativa Democrática Nacional (ADN).

Si el libreto de las precampañas se repite en las campañas bien podría escucharse algún clamor no tan lejano: ¡Quédate, Enrique! Te perdonamos. Es cuanto.



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