Vándalos, el tiempo y el abandono destruyen la Casa de Cortés, en La Antigua

Vándalos, el tiempo y el abandono destruyen la Casa de Cortés, en La Antigua
Donde ya de por sí huele a olvido oficial, se suman a diario nuevas huellas de vandalismo… Consignas, símbolos indescifrables, nombres, fechas, alusiones políticas o futboleras y hasta declaraciones de amor.
La casa del conquistador español Hernán Cortés —en el municipio de La Antigua— y la fortaleza de San Juan de Ulúa —en el puerto jarocho—, dos de las construcciones con mayor valor histórico y patrimonial del estado, resienten ya las marcas y pintas en sus viejos muros, restregadas por turistas o visitantes.
Son trazos salvajes realizados con clavos, piedras, monedas, desarmadores, navajas y otros artículos afilados; en la casa, los guías turísticos calculan unas 3 mil; y en San Juan, más de mil 500.
Además de las fechorías personales, en el descuido confluyen la falta de seguridad, el desorden reglamentario y las pugnas por el control administrativo.
La Antigua, primer ayuntamiento de América y ciudad designada por Hernán Cortés como la Villa Rica durante el siglo XVI, no sólo recibe con sus ceibas de mil brazos torcidos y su puente colgante de 140 metros sobre el río Colibríes, sino con un mensaje de alerta frente a la Casa de Cortés: “Basta, paremos el vandalismo”.
Es una alusión a pintarrajeadas y demás heridas en sus paredes, ya descascaradas por los años; entre 2011 y 2012 se esbozó en el Instituto Nacional de Antropología e Historia su restauración, pero el proyecto quedó en el aire, en promesas…
Hoy el INAH es ajeno al derrotero del inmueble, el cual depende en exclusiva del ayuntamiento de La Antigua a cargo del alcalde panista Felipe de Jesús Fabián Medina, conocido como El Negro, quien se limita a colocar cartulinas en contra de la destrucción.
Un par de empleados municipales se concentran en el mantenimiento de los jardines aledaños, pero nadie vigila ni controla el acceso a la casa, a disposición de bandoleros. De ahí los rayones disímbolos: desde el “yo estuve aquí” al “muera el mal gobierno”, desde “arriba las Chivas” al “viva la anarquía”. La colección de garabatos incluye iniciales, corazones, motes, frases libertarias y mofas.
Una decena de guías ofrecen recorridos por el lugar —en vacaciones se duplican— a cambio de una propina voluntaria; algunos lo han hecho durante 20 o 25 años y ha sido su forma de subsistencia. No hay, todavía, cobros oficiales. Les inquietan las pintas, pero se mantienen enfrascados en una disputa con las autoridades locales por el manejo turístico. Ante la lejanía de instancias federales y estatales, el municipio planea a corto plazo privatizar la casa y que sean sus propios trabajadores de limpieza quienes atiendan a viajeros y les cuenten relatos mágicos.
Y mientras sabe a discordia, el desastre se acelera…
“Rayan con lo que tienen a la mano, hasta con llaves o piedras puntiagudas, lo que les interesa es destruir y que se vea feo porque no tienen conciencia de la historia del país ni de su pasado”, dice Juvencio Sánchez, explorador de la región desde hace más de 15 años.
-¿Quiénes son, pobladores o visitantes?
-Los que destruyen vienen de afuera; los de aquí no, porque saben que muchos vivimos de esto.
-¿Se ha incrementado el vandalismo?
-Desde hace tres meses se ha notado más, por eso colocaron la manta, como un acto desesperado.
-La casa, para algunos historiadores, es la edificación colonial más antigua de Norteamérica
—Data del siglo XVI. Fue construida con piedras y arena de río, corales y arrecifes. Pese a su ruina, embruja por su misticismo, por las raíces de árboles centenarios aferradas a sus muros, penetrantes, entrelazadas de roca y roca, y entre los recovecos de su aplanado de cal; y hechiza también por las historias narradas por los lugareños, convencidos hasta nuestros días de que sirvió de morada al conquistador Cortés, quien incluso —dicen— ordenó levantar una habitación principal con tres ventanas y dos puertas para garantizar una visión estratégica.
Otros cronistas refieren un uso distinto: como casa de contratación, aduana y centro de almacenaje de mercancías, en especial oro y plata.
“No queremos que nadie haga negocio con la casa y nos quiten el sustento”, dice don Nemesio, otro de los guías.
-Pero necesita custodia, ya ve cómo están las paredes…
-Que entre el INAH, pero que nos dejen trabajar.
Las familias aquí subsisten por el turismo: habrá unos 30 lancheros cuya oferta son recorridos por el afluente del río también llamado Huitzilapan, con la posibilidad de un remojón en alguna playa desolada, “pero sin contaminación por drenaje, como en el puerto”; otras se dedican a la pesca de mojarras o robalos, rematados después en una franja de fondas maltrechas, a excepción del Delicias, un restaurante donde se han grabado telenovelas y películas: su etiqueta farandulera le permite duplicar el costo del menú.
En el campo se siembra caña, naranja, maíz, frijol y aguacate; y los más desventurados se alquilan para el corte de elote y mango, o se entregan a la suerte de tejer bolsas, monederos, sombreros o cachuchas con ramas de lirio acuático.
“Andamos a las vivas para que no haya más destrozos, pero un descuido y se nos escapan”, dice Juvencio.
-¿Se han acercado a las autoridades estatales o federales para alertarlas de la situación?
—A turismo nacional y al gobernador, pero nadie hace caso…
Es la Antigua de la Ermita del Rosario, la primera capilla cristiana del continente; de la Iglesia del Buen Viajero, donde se encuentra el Cristo moreno traído por Cortés en aquel viaje de conquista y la imagen de la Virgen del Rosario, encontrada por pescadores en el fondo del río hace más de un siglo y ahora paseada por todo el pueblo con un vestido nuevo cada primer domingo de octubre; y del rechoncho árbol de la ceiba donde el conquistador español amarró sus embarcaciones al llegar a territorio nacional en 1519.
Hoy el río está a más de 100 metros, cada vez más lejos de la casa remota carcomida por los forajidos…
 
(Nota de Daniel Blancas Madrigal para La Crónica)
Redacción Voces del Periodista

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