Ciudad asfixiada en su propia placenta

Ciudad asfixiada en su propia placenta

VOCES OPINIÓN Por: Lic. Mouris Salloum George.

El grave problema de la “era del conocimiento” y de la globalización económica en general, es que democratizan instantáneamente los malos hábitos y no tienen poder para facilitar la socialización de las buenas prácticas entre los políticos y los agentes del libre mercado.

A causa de lo anterior, la función pública añade nuevas razones para que los gobernados empiecen por la repulsa al poder y terminen renunciando a las vías de la política activa para tratar de reorientar la res pública.

Preferimos el término poder al de autoridad porque, dada la subcultura del fraude electoral que impera en México, los individuos que ocupan puestos de elección popular surgen de procesos de dudosa legalidad y, en última lectura, cuando llegan a la legalona, carecen en absoluto de legitimidad.

No importa, suelen decir los cínicos, yo no llegué al poder para escribir tratados de Derecho o de Ética, sino a que los ujieres me conduzcan a la Tesorería. Eso es lo que los politólogos llaman “poder sin autoridad”.

Incita el abordaje de ese tema un dato espeluznante: Dado el escepticismo, la suspicacia y el hartazgo por los que atraviesa la comunidad metropolitana, los estudiosos estiman que el abstencionismo en la jornada para elegir la Asamblea Constituyente de la Ciudad de México podría alcanzar hasta 80 por ciento.

Estamos hablando de población de más de 18 años, que en la suma del listado nominal que formula el Registro Federal de Electores rebasa los siete millones 410 mil individuos.

Aritmética de la autocracia

¿Tenemos una democracia saludable, si sólo un millón 482 mil individuos asisten a las urnas para delegar su representación a quienes tendrán a su cargo la redacción de la máxima norma con la que funcionara jurídicamente una entidad poblada por casi 12 millones de habitantes, muy superior la de no pocas repúblicas reconocidas por la ONU?

Obviamente no. Y el fenómeno de apatía tiene una explicación de suyo vergonzosa. La Asamblea Constituyente dispondrá de 100 bancas. Aun  antes de que, para ese efecto, se reformara la Constitución federal, cuatro individuos (c-u-a-t-r-o) se alzaron con el santo y la limosna: Se auto endosaron 40 plazas.

Al potencial de votantes de la Ciudad de México -menos tres que ni siquiera son nativos de esta entidad; dos no tienen mandato electoral directo, pues son pluris- “le permiten” repartirse, según la densidad de la votación, los 60 restantes.

En promedio para los grandes electores que se comieron la torta antes del recreo: Diez per cápita. Ni siquiera invitaron a la Suprema Corte de Justicia de la Nación, que por ser sus ministros custodios y garantes, de Constitución sabe algo.

A cada más 123 mil potenciales votantes de la Ciudad de México le corresponderá elegir un  representante. ¡Qué manera de matar al poeta!

¿En dónde se ha visto ese modelo de democracia?

El ciudadano de a pie no tiene ni siquiera la oportunidad de un teléfono abierto en los medios electrónicos o un redactor de medios impresos para hacer escuchar su opinión. A la partidocracia y a los propios órganos electorales se les han pagado más de nueve millones de spots.

Después de los terribles terremotos de 1985, el periodista e historiador sonorense Humberto Musacchio escribió el libro Ciudad Quebrada. Es llegada la hora de que prepare el texto Ciudad Asfixiada (placenta propia).

Redacción Voces del Periodista

Redacción Voces del Periodista


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