La sombra de Trump sobre las riberas del Potomac

La sombra de Trump sobre las riberas del Potomac

VOCES OPINIÓN Por: Lic. Mouris Salloum George.

Al confirmar el vocero presidencial Eduardo Sánchez y la canciller Claudia Ruiz Massieu el encuentro de Enrique Peña Nieto con Barack Obama, en unas líneas de la agenda se asegura que se abordarán temas, como “la institucionalización de los mecanismos bilaterales en marcha durante los últimos años”.

Críptico el lenguaje, será en Washington donde al final de esa jornada se sepa a ciencia cierta de qué mecanismos bilaterales se está hablando.

La cuestión central del asunto estriba sobre  si, en los escasos meses que le restan a su segundo mandato, el huésped de la Casa Blanca estará en voluntad de ánimo para asumir responsabilidades en plena campaña para su relevo, delegando hechos consumados a su sucesor.

Pongamos las cosas del siguiente tamaño, ante la eventualidad de que en noviembre pudiera ser Donald Trump el heredero de la Presidencia imperial.

En septiembre de 2015, remota aún la posibilidad de que conquistara la candidatura del Partido Republicano, Donald Trump fue categórico respecto del Tratado de Libre Comercio (TLCAN): Lo renegociaremos o lo anularemos. Acotó: Es cuestión de tener negociadores inteligentes.

En esa ocasión, fue consultado el profesor de la Universidad Dartmouth y experto en comercio internacional estadunidense, Douglas Irwin. Dijo que aquellas opciones son posibles a condición de que se avise con seis meses de anticipación a las contrapartes implicadas.

Subyace, sin embargo, la duda de si ese procedimiento unilateral debe pasar por los filtros de El Capitolio. Como sea, el discurso de campaña le dio a Trump los rendimientos esperados, que lo consagran como candidato con altas posibilidades de llegar al Salón Oval de la Casa Blanca. Y en ese discurso estuvo el TLCAN.

En medios académicos norteamericanos, especializados en Constitución y las aplicaciones del Derecho Internacional, subsiste el cuestionamiento sobre si en materia de comercio trilateral lo que finalmente aprobó el Senado de los Estados Unidos fue un tratado o un acuerdo.

En los primeros meses de su mandato, cuando ya se habían puesto a caballo las negociaciones al respecto, en consultas del Senado mexicano, Carlos Salinas de Gortari precisó que el objetivo era un acuerdo, pues un tratado implicaría compromisos como la moneda única, política de Defensa común, etcétera.

Por aquellos días, en Canadá las oposiciones plantearon sus demandas y pusieron a salvo temas como la soberanía cultural y educativa y en algunos recursos naturales, como el agua.

El muro, y no de las lamentaciones

Frente a la resistencia de algunos legisladores estadunidenses a ese proyecto, que señalaron el celo de los mexicanos por la defensa del régimen constitucional en materia de petróleo, los simpatizantes del acuerdo respondieron que los presidentes mexicanos eran duchos en darle rodeos a la Constitución.

Ese dato se consigna porque, a fin de cuentas, lo que aprobó el Senado fue denominado técnica y jurídicamente Tratado y, según fuentes de El Capitolio, Salinas de Gortari metió secretamente la cláusula sobre hidrocarburos.

La Reforma Energética de Peña Nieto en esa materia, más de dos décadas después, despejó la duda de aquellos legisladores norteamericanos reticentes.

El punto es que Donald Trump, en la aceptación de su candidatura, reafirmó su propósito de ser congruente con sus compromisos de campaña. Incluso en la convención republicana, el tema del muro fue objeto de porras de los delegados.

Cuando se habla aquí de “institucionalización de mecanismos bilaterales en marcha durante los últimos años” en el encuentro con Obama, ¿no se colarían de contrabando los trilaterales?

Lo temible, pero realista, es que la sombra de Donald Trump rondará sobre las riberas del Potomac. Quien no quiera ver fantasmas, que no salga de noche.

Redacción Voces del Periodista

Redacción Voces del Periodista


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