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Sainete en Casa Blanca, ¿golpe de Estado?

Sainete en Casa Blanca, ¿golpe de Estado?

VOCES OPINIÓN Por: Mouris Salloum George

El término entre interrogantes, es de la factura made in USA. Lo aplican ya en algunos textos analistas de algunos de los más influyentes medios estadunidenses.

Históricamente, cuando se habla de golpe de Estado en el hemisferio, en automático se sospecha de mano negra de Washington y se asocia con el uso República bananera.

Ahora, los que escriben en los Estados Unidos de la crisis política del republicano Donald Trump, estarían trazando la órbita del búmeran. Hablan los analistas de que se ha fracturado el orden constitucional.

El detonante del espectáculo norteamericano fue el fulminante cese del director de la Oficina Federal de Investigaciones (FBI), James Comey.

En este mismo espacio, la semana pasada comentamos la comparecencia de dicho funcionario ante comisión del Senado, requerido por el asunto de los mensajes de la ex secretaria de Estado y ex candidata presidencial demócrata, Hillary Clinton, operados desde un servidor privado.

Si la reapertura de la investigación sobre aquella revelación una semana antes de la votación presidencial hubiera incidido en el resultado electoral, dijo Comey, “es un asunto que me provoca nauseas”.

Pero no fue lo de los mensajes manejados de forma anómala por Clinton lo que provocó la defenestración del director de la FBI. Es del dominio público que el FBI iba sobre una pieza mayor: El supuesto de que gentes del equipo de campaña del republicano habrían tenido contactos con agentes del gobierno Vladimir Putin; en cuyo caso configuraría un acto de injerencia rusa en el proceso electoral interno.

Ayer mismo se dio un fenómeno climático: En el Salón Oval de la Casa Blanca fue recibido en audiencia privada el asesor de Richard Nixon, Henry Kissinger.

Fue lo que le puso color y sabor al intríngulis palaciego que dio pie a las especulaciones sobre “golpe de Estado”.

Es que relanzó el fantasma del Watergate (el espionaje de la campaña demócrata en el marco de la relección presidencial), que en 1973 causó la caída de Nixon. Por lo menos Nixon calentó el sillón del Salón Oval por más de cinco  años.

En estricto rigor, los lodos de la campaña presidencial de 2016 no han pasado a la condición de polvo.

Desde que asumió Trump, algunas instancias del Poder Judicial le han venido mojando la pólvora al republicano con la revocación de algunas de sus órdenes ejecutivas.

En El Capitolio, las bancadas demócratas le abrieron un boquete a la iniciativa de Trump para derogar y sustituir el sistema de salud, anunciada en campaña. El Presidente exhibió como trofeo la aprobación por la Cámara de representantes a una iniciativa sobre la misma materia reformada.

Esos temas, con el naufragio de la intención de revisar o acabar con el TLCAN y la política migratoria persecutoria, dieron pasto a una de las más disolventes ofensivas mediáticas que haya sufrido un Presidente norteamericano.

El fulminante cese del director del FBI colocó el balón en la cancha del Congreso.

Si es el asunto de los contactos de cuadros del cuarto de guerra de la campaña de Trump con agentes rusos es el centro de gravedad de la pugna, la minoría demócrata en el Senado, encabezada por Chuck Schumer, exige que la investigación quede en manos de un fiscal especial. Sería el resultado de la indagatoria un potencial riesgo para la permanencia de Trump en la Casa Blanca.

Ni nos beneficia ni nos perjudica, sino todo lo contrario

La reacción en México de la mayoría de los líderes de opinión es de celebración. ¿Qué puede celebrarse de la eventual caída del Presidente?

La Constitución estadunidense establece que, en caso de renuncia o juicio político contra el Presidente, asume el vicepresidente; para tal efecto, Mike Pence, también del Partido Republicano.

Desde su gestión como congresista, Mike Pence, de perfil conservador, se ha visto rodeado de las organizaciones ultraderechistas de los Estados Unidos.

Cuando cayó Nixon, lo relevó en la Casa Blanca el vicepresidente Gerald Ford. En los pocos meses de su permanencia no cambió las líneas sustanciales de gobierno.

En última lectura, de radicalizarse la crisis política interna en los Estados Unidos, para México ese proceso significa prolongar la incertidumbre en una hora en la que está a caballo la sucesión presidencial de 2018.

En la clásica mexicana, un relevo en la Casa Blanca no nos beneficia, ni nos perjudica, sino todo lo contrario. Podríamos caer en el fuego por escapar de la sartén.


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