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Y los mexicanos, con el gato en la hornilla

Y los mexicanos, con el gato en la hornilla

VOCES OPINIÓN Por: Lic. Mouris Salloum George.

En tiendas de autoservicio y mercados públicos el limón mexicano, no de la mejor calidad por cierto, se ha estado vendiendo en esta primavera hasta en 48 pesos el kilo, cuando hubo temporadas no lejanas en que se adquiría entre nueve y doce pesos.

La tortilla, el jitomate y el aguacate, productos mexicanos por excelencia, se han convertido en artículos de lujo en todo hogar, donde el devaluado poder adquisitivo del peso no alcanza a satisfacer la canasta básica alimentaria.

Las abuelas identificaban a las familias pobres con una plástica expresión: Está el gato en la hornilla. Querían decir que en la fría hornilla no había nada que calentar.

Cuando era gobernador del Banco de México (instituto encargado de mantener a raya la inflación), Guillermo Ortiz Martínez puso de moda un  chivo expiatorio en el disparo del índice inflacionario: El pico de gallo. Chile, tomate y cebolla. De risa.

En enero pasado, la inflación agrícola se elevó 6.19 por ciento respecto del último mes de 2015. Dicen los que saben: 17 veces por encima de la inflación general. El acumulado anual fue de 17.38 por ciento.

¿Qué explica ese fenómeno? La devaluación del peso. Es que la producción agropecuaria de México depende de semillas (especuladas por Monsanto y Pionners, entre otros corporativos extranjeros), fertilizantes, herbicidas e insecticidas, etcétera; todos, de importación.

Gracias al Tratado de Libre Comercio y la contrarreforma agraria maquinados por Carlos Salinas de Gortari en 1993 -que acuchillaron toda ilusión de soberanía alimentaria-,  en la actualidad México gasta casi 26 mil millones de dólares al año en importación de productos e insumos agropecuarios. Saque el lector la conversión a razón de casi 19 pesos por dólar.

Los productores avícolas, que habían logrado autosuficiencia para atender el mercado nacional de consumo, denuncian que cada día aumentan las importaciones del ovoide.

Sin maíz, no hay país

Sin maíz no hay país. Reza un elocuente lema de organizaciones que defienden ese producto emblemático de la cultura nacional. Un alto porcentaje de ese grano se importa de los Estados Unidos a precios de dumping, pues los agricultores estadunidenses son subsidiados por su gobierno. De la leche, ni se diga.

El frijol, en algunas de sus variedades, nos llega de China, de donde también  nos penetran el chile.

Somos, pues, importadores natos y netos de productos que forman nuestra dieta básica.

Ahora resulta que el queretano titular de la secretaría de largo nombre: Agricultura, Ganadería, Alimentación, Pesca y Desarrollo Rural (Sagarpa), José Calzada Rovirosa, se ha lanzado a una cruzada por los convulsionados países del Medio Oriente ofreciéndole a sus gobiernos la salvación de la crisis alimentaria.

Entre reyes y emires que financian las masacres de poblaciones indefensas, Calzada Rovirosa se siente a sus anchas. Sus anfitriones no le han preguntado a la mexicana: ¿Con qué ojos, mi querida tuerta? ¿Cómo puede ser México socio estratégico de aquellos  gobiernos genocidas en el suministro de alimentos? Son preguntas.

Redacción Voces del Periodista

Redacción Voces del Periodista


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