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Atila, ¿un tecnócrata neoliberal?

EL LECHO DE PROCUSTO Por: Abraham García Ibarra

Le apodaron El azote de los dioses pero, visto desde nuestros días, su instinto y poder destructivo lo dejan como un simple párvulo al lado de los tecnócratas neoliberales.

¿Cuánto costó la devastación perpetrada por las hordas comandadas por Atila? Es posible que, para su cálculo, bastaran unas cuantas bolas del ábaco. El sistema digital nos reporta que, sólo en un año y en un solo sector, la corrupción en México tuvo un costo de mil 600 millones de pesos con cargo a los empresarios.

Con cargo a todos los mexicanos, aun de los nonatos, pesa una deuda pública de diez billones de pesos. En términos de la actual capacidad de pago, puede catalogarse como una deuda eterna.

“Deja que arda  Roma”.

Para cuando el “problema de caja” del que habló en su momento el secretario de Hacienda Jesús Silva Herzog Flores, pasó a ser denuncia sobre el monstruoso saqueo del patrimonio nacional y los usureros de cuello blanco de Wall Street apretaban la última tuerca sobre la deuda externa mexicana, José López Portillo le ordenó al responsable de las finanzas públicas, entonces en Washington: ¡Deja que arda Roma!

Los acreedores extranjeros reaccionaron con maliciosa flexibilidad. Para mediados del sexenio de Miguel de la Madrid, sin embargo, la crisis económica perseveraba. El Presidente se pronunció por la moratoria. El Fondo Monetario Internacional (FMI) salió al quite sólo para pintarle otra raya sobre el charco. Se oteaba la sucesión presidencial de 1988.

Pero aquellos eran tiempos populistas. Ahora, los “transformadores” de la posmodernidad neoliberal reciben el aviso de un pagaré vencido. No problem. Búscate otro prestamista, firma y que transfieran el libramiento a cuenta de alguno de los viejos acreedores, aunque no sea más que para abonar al costo de los servicios del débito.

A estas alturas, el motivo de alarma de las calificadoras internacionales radica en que, mientras la deuda pública (la privada está en otro casillero) supera ya el 50 por ciento del Producto Interno Bruto (PIB), el crecimiento de la economía productiva sigue estancado o a la baja, en tanto la economía especulativa, reflejada en el mercado bursátil, alcanza máximos históricos por encima de los 50 mil puntos del Índice de Precios y Cotizaciones (IPC).

El PIB, para decirlo con una obviedad, es la suma total del valor de la producción de bienes y servicios. Es el caso, por ejemplo, que el PIB del sector manufacturero anda por las calles de la amargura.

Al fiambre de la gallina asesinada no le quedan ni las plumas

Citamos a aquel sector, porque su viejo dinamismo dependió de una buena gestión de la renta petrolera. Ya lo dijo el oráculo: Matamos la gallina de los huevos de oro.

Es hora, no obstante, que al cadáver gallináceo no se le quiere dejar la última pluma para que descanse en paz. Esta misma semana, se informó que la Comisión Nacional de Hidrocarburos (CNH) inició un procedimiento administrativo sancionatorio contra Petróleos Mexicanos (Pemex) en su división Exploración y Producción.

El crimen de Pemex consiste en que esta “empresa productiva del Estado” no acreditó tener los permisos para la perforación de diez pozos correspondientes a tres asignaciones, así como comprobantes de pago de derechos y aprovechamiento de cuatro pozos.

Los exégetas de la Reforma Energética porfían en la falacia de que el petróleo sigue siendo de todos los mexicanos. Pero la empresa insignia de México, que algunas veces estuvo entre las primeras cinco más importantes del mundo, no tiene ni para pagar gabelas por derechos y aprovechamientos. O para contratar un propio que lleve a la CNH los comprobantes de pago.

No hay modo de que, como en 1938, se llame a los mexicanos a privarse de sus escasos bienes para, con el producto de su remate, rescatar a Pemex. En los bolsillos de las familias del llano, como diría Ernesto Zedillo, no hay cash. En los hogares, apenas las despensas de la Cruzada Nacional contra el Hambre.

Los 210 mil “buenos mexicanos”

Tampoco hay solidaridad social: Los “buenos mexicanos” millonarios lo son, precisamente, porque no son damas de la caridad. Contra la situación de 80 millones de compatriotas que vegetan entre la pobreza y la miseria, la Comisión Económica de América Latina y el Caribe (Cepal/ ONU) acaba de reportar que México califica entre las 20 naciones del planeta con mayor número de millonarios.

Son la cáfila de especuladores en Bolsa, donde se esfuman hasta los fondos para el retiro de los trabajadores, expuestos al rapaz forcejeo entre el gobierno y los plutócratas privados.

De acuerdo con ese informe de la Cepal, son 210 mil “mexicanos” que se alzan con el 22 por ciento del PIB. Si, para hacer una estimación conservadora, el PIB de México alcanza 20 billones de pesos, esa casta dorada se embuchaca unos cinco billones de pesos de la riqueza nacional.

Otra forma de medir el espejo de las estructuras de la desigualdad, es el cálculo de los activos físicos y financieros existentes en México: 76.7 billones de pesos. Si se desagregan esos activos físicos y financieros, el catálogo incluye depósitos bancarios e inversiones financieras, propiedades inmobiliarias, automóviles, etcétera.

Perico de los palotes, ¿juega sus apuestas en la Bolsa Mexicana de Valores, viaja a los paraísos de tentación, ahora de moda en el Medio Oriente, o pilotea un Ferrari, un Rol Royce o un Mercedes? Sospechamos que no.

Más de una vez hemos repetido aquí una acusación del cardenal hondureño Rodríguez Madariaga: ¡El neoliberalismo no tiene madre!

Con acento menos poético, pero más profético, hace unos meses los zapatista chiapanecos cuestionaron a quienes, ante la catástrofe y la tormenta que vienen, siguen recurriendo a los mismos métodos de lucha: A las marchas, reales o virtuales; con elecciones, encuestas, con mítines, como si el Estado fuera el mismo de hace 20, 40, 100 años…

Las mismas formas de explotación, represión, discriminación y despojo. Como si allá arriba el poder hubiera mantenido invariable su funcionamiento. Como si la hidra no hubiera regenerado sus múltiples cabezas (…) Lo que vemos no es nada bueno. Vemos algo terrible, más destructivo si posible fuera, pero esta vez vemos que  quienes piensan y analizan nada dicen de eso.

Lo suscribimos, pero seguimos preguntándonos si Atila fue o no un precursor del neoliberalismo a la mexicana. Es cuanto.


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