Constitución del 17: Requiescat in pace

Constitución del 17: Requiescat in pace

EL LECHO DE PROCUSTO Por: Abraham García Ibarra

Ay, las tentaciones del absolutismo: “El Estado soy yo”. (Luis XIV). “Después de mi, el diluvio”. (Luis XV). Tenía 16 años el rey sol cuando desafió al Parlamento de París, en defensa de sus 16 edictos de reforma fiscal para rehabilitar las finanzas de la Corona: Aquí nomás mis chicharrones truenan.

Eran reyes los Luises y, al fin de cuentas, su poder “dimanaba de Dios”. Buena rima. Menos polveadas las pelucas, dos siglos después desde una de ellas, como la del “Señor cosa”, se escuchó: “Si la realidad no se ciñe a mis designios, peor para la realidad”.

Del despotismo tecnocrático mexicano -poco ilustrado, pero igual de pretensioso- sus vocaciones son, primero, la arrogancia; segundo, la infalibilidad.

“Al Presidente no se le contradice; menos a Salinas de Gortari”, dijo veinte años después de haber sido despojado de la gubernatura de Guanajuato, el increíble Hombre de San Felipe Torres Mochas, Ramón Aguirre Velázquez.

De Carlos Salinas de Gortari, se dice que su mandato se concibió como transexenal y algunos maliciosos sostienen que el Salinato sigue trotando hoy mismo en los bosques de Los Pinos. En el México de Kafka, todo es posible.

Precisamente, desde el sexenio del primer usurpador (el segundo fue Felipe Calderón Hinojosa), los cenáculos pinoleros dictaron el decreto de que en, lo sucesivo, las ideas-fuerza revolucionarias que se sustanciaron en la  Constitución de 1917 no eran más que dogmas y mitos que había que suprimir de los códigos neoliberales.

Entre 2012 y 2014, el fáctico Pacto por México se encargó de imprimir en el texto constitucional lo que aleteaba en la retórica de la tecnoburocracia.

Hace medio siglo, el profesor emérito de la UNAM, don Raúl Cervantes Ahumada, en la cátedra, en los libros y en algunos espacios editoriales sostenía que México pasó de ser un Estado aconstitucional, a uno inconstitucional y no le temblaba el aliento para profetizar que llegaría a ser un Estado anticonstitucional.

En 1990, el ataque a la Constitución de 1917 empezó por desnaturalizar el sentido de los artículos 27 y 28 para entregar a los especuladores particulares el usufructo del sistema de banca y crédito. A lo largo de la aplicación de esas reformas, el Estado mexicano perdió hasta su soberanía en el control del Sistema de Pagos.

Otra embestida en aquel sexenio contra el artículo 27 se asestó a la propiedad social de la tierra, exponiendo a terceros los derechos ejidales y comunales de los campesinos. Hoy la alimentación de los mexicanos depende de la importación de los principales productos agropecuarios.

Por supuesto, para cerrar las tenazas sobre la clase trabajadora del campo y la ciudad, se consideró preciso hacer jirones el artículo 123 de la Carta fundamental. Hoy gimotean los plutócratas porque el infelizaje –Empléate a ti mismo– vegeta en la economía informal que amenaza a la Economía criminal de los delincuentes de cuello blanco.

Relacionado con “el monopolio del espíritu”, que algún tiempo detentó el clero católico, tenemos el artículo Tercero de la Constitución del 17. Basta con ver el paisaje social y político de nuestros días para medir las subversivas consecuencias de su revisión.

¡Qué cachaza! la de los “padres conscriptos”

“Constituyente permanente”, dicen los que saben del Poder Legislativo mexicano. Cuidando nuestra vacía billetera, hemos visitado en las últimas semanas el Palacio Legislativo de San Lázaro, donde medra la Cámara de Diputados.

Los “padres conscriptos” andan muy afanosos en foros especiales, preparatorios de “la celebración” del Centenario de la Constitución de 1917.

Lo que subleva de la actitud de los acerdados legisladores, no es estrictamente su cachaza, sino que insulten la inteligencia de los mexicanos pretendiendo que hay algo que celebrar de la Ley de Leyes del 17, cuando pesan toneladas las lápidas que se han  encimado sobre la memoria de los aquellos constituyentes y su magna obra. Es cuanto.

Redacción Voces del Periodista

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