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El derecho a dormir bajo los puentes

El derecho a dormir bajo los puentes

EL LECHO DE PROCUSTO Por: Abraham García Ibarra

 

Cuando los tecnócratas mexicanos adoptaron como padrecitos a Friedrich von Hayek y Milton Friedman, dictaron el decreto: ¡Al diablo con la justicia social!

En su política de tierra arrasada, los mandarines del neoliberalismo se llevaron entre las espuelas todos los derechos sociales: Al empleo, al salario remunerativo, a la tierra, a la vivienda, etcétera; lo que hasta los panistas en su tiempo de oposición leal postulaban como derecho a la vida. A los mexicanos sólo les quedó el derecho a dormir bajo los puentes.

Por hoy vamos sobre el tema de la vivienda y en este punto rescatamos un doble dato: En 1980, dos millones 500 mil hogares mexicanos carecían de vivienda propia. Para 2010, la cifra se había elevado a más de cuatro millones de hogares.

Contando personas, al entrar la segunda década del siglo XXI eran ya 36 millones de mexicanos sin habitación propia; obligados, pues, al pago de renta. A este concepto, según algunos estudios, va 60 por ciento del ingreso familiar.

Al arrancar la era neoliberal, los tecnócratas neoliberales indexaron el costo de la renta habitacional al incremento del salario mínimo, de suerte que año tras año los arrendatarios tuvieron que asumir en automático el incremento dinerario a su contrato habitacional.

Los impactos sobre la salud emocional

Al agregar entre sus encuestas la Nacional de Hogares, el Instituto Nacional de Geografía y Estadística (Inegi) introdujo una variante en su conteo: La salud emocional de los personas en condición de inquilinos. Huelga explicar los resultados.

Dos de esos aspectos de la salud emocional, nos dicen otros investigadores, son la desintegración y la violencia familiares.

Hay, sin embargo, otro enfoque del asunto que los economistas con sensibilidad social aplican a la inflación, como “impuesto indirecto a la pobreza”.

El Banco de México, que se ha resistido a incluir en la medición de la inflación las variables sobre el costo de los servicios y productos que ofrece el Estado, en cambio en una larga temporada ha culpado de la inflación al que denomina folclóricamente “pico de gallo”: Chile, tomate y cebolla.

Ahora ya reconoce que los gasolinazos (que abarcan el gas de uso doméstico) inciden en el incremento de la inflación que cabalga ya por encima del 5 por ciento.

La cuestión es que, en la Ciudad de México, donde se ha convertido en pandemia la fiebre inmobiliaria– usufrutuando  los servicios de infraestructura urbana  que pagan  los contribuyentes cautivos-, los que especulan con la vivienda se regodean con el incremento de la plusvalía de sus propiedades: Para 2017, en unidades departamentales (simples vecindades verticales), el incremento del valor es 12.6 por ciento. En casas individuales, hasta 19.3 por ciento.

Por supuesto, ese incremento es argumento para repercutirlo en el costo de los arrendamientos. Es un factor que el Banco de México da por ignorado a la hora de medir la inflación.

Si de vivienda se trata, no es casual que cientos de miles de interés social hayan vuelto al dominio de los entes burocráticos que las promueven, por que sus adquirientes no pueden costear el pago de los créditos con las que las contrataron.

Pero todo eso es pura imaginería. Según dice el oráculo pinolero,  está solo “en la mente de la gente”. El neoliberalismo no tiene madre, exclamó aquí el cardenal hondureño Rodríguez Madariaga. Lo suscribimos. Es cuanto.


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