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El mejor indio, ¿el indio muerto?

El mejor indio, ¿el indio muerto?

EL LECHO DE PROCUSTO Por: Abraham García Ibarra

Cuando -entre 1975 y 1982- se relanzó la lucha de clases en México, fue del dominio público que empresarios mexicanos -afiliados principalmente a la Confederación Patronal de la República Mexicana (Coparmex)- empezaron a asistir a algunos talleres de instrucción de corte ideológico en bases militares de los Estados Unidos.

A partir de la presidencia de Ernesto Zedillo Ponce de León, mandos superiores de las Fuerzas Armadas mexicanas son enviados a juntas de jefes de los ejércitos estadunidense y latinoamericanos para definir estrategias de Seguridad Hemisférica. Los altos oficiales de nuestro Ejército, antes formados en el Heroico Colegio Militar, ahora lo son en el Colegio de la Defensa.

Lo más sobresaliente de ese periodo, sin embargo, fue la emigración de jóvenes universitarios mexicanos hacia centros de estudios superiores de la Unión Americana.

Doctorados en Darwinismo Social

Una de las universidades favoritas de esos jóvenes mexicanos fue y sigue siendo la de Harvard. Por este plantel pasó en sus mocedades Franklin Delano Roosevelt. Diría después que las lecciones de Economía en esa institución le sirvieron muy poco en su carrera política y administrativa que culminó en la Casa Blanca, donde instituyó el Nuevo trato, que rescató a la sociedad estadunidense de los devastadores impactos de la Gran Depresión.

A la luz de la actual y reincidente crisis de la economía mexicana, podría afirmarse que a los tecnócratas que aquí han tomado por asalto el poder político, tampoco les han servido de algo sus estudios de esa disciplina en las universidades norteamericanas.

La evaluación que podría hacerse ahora es que, de su formación neoliberal adquirida en el extranjero, esos administradores públicos, sin distinción de partido, lo que mejor han aprendido es la asignatura de Darwinismo Social.

A la marginación secular de grandes segmentos de la población mexicana, hoy se añade la exclusión rigurosamente calculada. Confirman esta hipótesis los cuadros sobre el reparto de la riqueza nacional: Pocos cada vez más ricos y desesperadas legiones de cada vez más pobres.

En eso de las políticas públicas neoliberales, lo que más se acentúa es la vocación de exterminio de la población indígena. Algunos movimientos civiles han llegado a codificar ese  proceso como genocidio.

El despojo de la propiedad social y comunal

En la corta pero atroz era neoliberal, los recursos naturales, en especial los regidos por la propiedad comunal, han sido expuestos a la depredación de los corporativos privados, muchos de ellos extranjeros.

Destacan, sobre todo a partir del sexenio de Zedillo,  durante las presidencias panistas y la del retorno del PRI a Los Pinos, las concesiones mineras, en las que predominan empresas canadienses. En este sector, además de los minerales, por supuesto,  el oscuro objeto del deseo es el agua.

La nueva Reforma Energética ha afilado la Espada de Damocles sobre los habitantes de los territorios con potencial petrolero; territorios poblados por supervivientes de nuestras naciones originarias.

El neoliberalismo ha revertido la política indigenista que caracterizó el régimen posrevolucionario a cargo del general Lázaro Cárdenas del Río, que incorporó a los indígenas a las políticas de Estado.

Un dato que acomoda a este tema es el siguiente: No obstante que al gobierno de Miguel Alemán tocó consolidar la gestión del capitalismo de Estado con el inicio de la etapa de industrialización, sin embargo en 1948 abrió espacio a la creación del Instituto Nacional Indigenista (INI).

Durante el mandato de Luis Echeverría, los indígenas pasaron de ser estampa del folclor mexicano a la de comunidades con derecho a participar en la economía productiva.

Los indómitos siguen en pie de lucha

El primer gobierno confesamente neoliberal, el de Carlos Salinas de Gortari, con su contrarreforma agraria, se llevó entre las espuelas la propiedad social de la tierra, representada por los ejidos, y la comunal, endosada históricamente a los pueblos indígenas.

En ese sexenio, el gobierno del estado de Oaxaca denunció que la marginación estaba provocando ya la expulsión hasta de 100 mil indígenas al año, muchos de ellos enganchados al servicio de terratenientes de los valles del noroeste mexicano y posteriormente al de los rancheros de los valles californianos.

Hacia 2006, ese fenómeno incorporó a la estadística de expulsión de indígenas al estado de Chiapas. Fue a finales del gobierno de Vicente Fox.

Causa y efecto: A mediados del sexenio foxiano se urdió la extinción del Instituto Nacional Indigenista para sustituirlo con un organismo de pomposa pero falsa denominación: La Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas.

Para decirlo pronto: En los recortes presupuestales para 2017, se reduce la partida para el “desarrollo” de pueblos indígenas en más de 11 mil millones de pesos. Lo que queda es más para pagar burocracia que para el tal desarrollo.

El neoliberalismo, no obstante, ha fracasado en su brutal ofensiva de exterminio indígena. Todo lo contrario.

Agua para tod@s, agua para la vida

Hoy, 12 de octubre, es el Día de la Raza. Todavía hasta hace unos años, era común observar a activistas indígenas al pie de la estatua de Cristóbal Colón en la avenida de la Reforma de la ciudad de México, lazándola y tratando de derribarla. Acto simbólico, nomás.

Hoy, los indígenas están en pie de lucha en sus propios territorios, de donde no han logrado expulsarlos los criollos y mestizos locales; tampoco los capataces extranjeros. Pero se han enlazado en redes nacionales de defensa común.

En estos mismos momentos, dicho para ilustrar ese combate indio, se promueve una Iniciativa Ciudadana para la Ley General de Aguas: Agua para tod@s/ Agua para la vida, es su lema.

Al impulso de esa iniciativa convocan más de medio centenar de formaciones indígenas que tiene ya solidaria respuesta en universidades públicas de los estados y de algunas organizaciones sindicales y no pocas de la sociedad civil.

El agua es el imperativo del momento. Pero en la defensa de otros recursos naturales y de la vida misma, los indómitos no rinden bandera.

Dijo el filósofo: Nada de lo que es humano, me es ajeno. Si la Patria tiene esperanza, ésta la sustentan Los condenados de la Tierra. Es cuanto.

Redacción Voces del Periodista

Redacción Voces del Periodista


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