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El pan de cada día, impórtanoslo, señor

EL LECHO DE PROCUSTO Por: Abraham García Ibarra

Ya es de suyo grave que ciertos políticos -cada vez más- se obstinen en gobernar con la negación, en vez de lidiar la negociación con los opositores; incluso, con los correligionarios en situación de conflicto.

Si a ello se agrega un compulsivo afán por rehuir la realidad, se completa el cuadro del despotismo; lo mismo da si éste es ilustrado que cerril.

Cuando Vicente Fox -obcecado en implantar clamorosos records respecto de la gestión de sus antecesores priistas- relanzó con el nombre de Oportunidades el Programa Nacional de Solidaridad salinista, nunca estaba satisfechos con las estadísticas que le presentaban los responsables de la política social sobre la suma de sus beneficiarios.

Los que le redactaban o revisaban el discurso público, le aconsejaban a Fox no falsificar innecesariamente al alza determinados datos, sobre todo aquellos que se integrarían al informe anual de Gobierno o para un evento referido a las políticas públicas.

“Señor Presidente, no se pase en estas estadísticas, que ya están cotejadas en el Inegi”, le recomendaba algún asesor pinolero. Insolente, el mandatario replicaba: Dile al que tenga dudas que vaya y los cuente (a los millones de mexicanos que se asistía con alguna despensa electorera o alguna prestación adicional Pa´ quete alcance).

Viene a cuento esa cuestión, porque es del dominio público que desde finales de 2014, a mediados de 2015 y más recientemente, la Secretaría de Hacienda ha procedido a ajustes presupuestales que, sin lesionar seriamente el gasto corriente, castigan la inversión productiva, particularmente la destinada  al campo.

Durante más de tres y medio años de gestión del Peñismo, en la Ciudad de México y en las capitales de la mayoría de los estados se han registrado cientos de movilizaciones campesinas en protesta ya no sólo por las engorrosas reglas de operación de los programas específicos para el agro -que terminan anualmente en subejercicios-, sino por la ostensible reducción del gasto en ese sector, mientras que la importación de productos agropecuarios sigue a galope.

Con repetida insistencia, las representaciones del sector social de la economía rural actualizan sus estudios que indican -para poner los casos más representativos por referirse a la dieta histórica de los mexicanos, y a la generación de excedentes para la exportación- que maíz y frijol son adquiridos en mercados foráneos subsidiados, mientras productores domésticos son obligados con dilaciones a abaratar el precio de sus cosechas o a entregarlas a los “coyotes” que hacen llegar aquellos alimentos al consumidor final a precios en algunos casos inaccesibles, hasta 150 y 200 por ciento más del pagado a boca de surco.

De la supervivencia a la tienda de raya

Ese tema invariablemente se relaciona con el jornalerismo y la emigración hacia los Estados Unidos de ejidatarios y comuneros que desde la contrarreforma agraria de Carlos Salinas de Gortari crecen año con año, dando pie incluso a que en algunos estados se dé por restaurada la “tienda de raya” que implantaron los hacendados durante la dictadura porfirista.

 La semana pasada, en Charo, Michoacán (estado que tiene tanta o más población campesina en los Estados Unidos que en su propio territorio), Enrique Peña Nieto se ufanó porque, a su decir, México cerrará 2016 con un registro histórico de sus exportaciones agroalimentarias superior a los 30 mil millones de dólares.

Con esas cuentas, la balanza agropecuaria durante lo que va del sexenio alcanzaría un record superavitario en ventas  al exterior que sumarían más de 76 mil millones de dólares.

Según las investigaciones más autorizadas, esas exportaciones serían de aguacate y pimientos, que se suman a legumbres y hortalizas que desde que se mejoraron en los años cincuenta la disposición de agua y los sistemas de riego en el noroeste del país, sostienen altos rendimientos de la agricultura de exportación.

En la contraparte de la balanza se tiene que más de la mitad del suministro alimentos en México proviene de mercados extranjeros, en cuyo caso el costo de las importaciones supera los 10 mil millones de dólares (casi 200 mil millones de pesos) en maíz, trigo, frijol, arroz, leche, soya, algunos productos del mar y aceites para cocinar.

En un recuento de Carlos Fernández-Vega (MEXICOSA, La Jornada) se informa que a partir de 1994 en que empezó a aplicar el Tratado de Libre Comercio asestado a los mexicanos por Salinas de Gortari, aquel sexenio terminó con 370 millones de dólares en importaciones; Ernesto Zedillo importó tres mil 700 millones de dólares durante su mandato; Felipe Calderón sumó 13 mil millones de dólares.

Peña Nieto podría terminar su sexenio con un gasto de más de 17 mil millones de dólares en ese renglón, 46 veces más que el balance salinista en esa materia. Al tipo de cambio actual: Más de 320 mil millones de pesos.

No obstante esa monumental realidad -una de cuyas consecuencias es el reciente cese del secretario de Agricultura, Enrique Martínez Martínez-, la propaganda oficial se aferra a un ilusionismo cuya más dramática expresión es la Campaña Nacional contra el Hambre llevada a zonas que en alguna época fueron autosuficientes no sólo para la subsistencia de los labriegos, sino para colocar sus productos en los mercados metropolitanos.


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