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La paja en el ojo ajeno…

La paja en el ojo ajeno…

EL LECHO DE PROCUSTO Por: Abraham García Ibarra

Resulta deprimente admitir que, después de tres décadas de haberse proclamado la implantación en  México de la transición democrática y el fin del partido casi único, la vieja narrativa sobre la criminalidad electoral, al uso de caciques como Gonzalo El alazán tostado Santos, parezca reseña de juego de párvulos frente a las prácticas de estos días en que el oficio de mapaches se ha convertido en Patente de Corso.

Entre dos usurpaciones del poder presidencial (1988-2006), el régimen electoral mexicano ha sustituido la vieja Celestina encarnada por la Comisión Federal Electoral (CFE)  con el Instituto Nacional Electoral (INE) y el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (TEPJF).

Se ha perfeccionado el sistema de partidos, dando oportunidad a las minorías ideológicas y aun simplemente numéricas, a integrarse en los cuerpos de representación legislativa.

Se han liberado las campañas electorales de la tentación de financiarse en fuentes privadas, con una política de subsidios públicos que transparenten la gestión económica de esos procesos y aproximen a los contendientes al principio de equidad democrática.

Contra el interés de los poderes fácticos bien focalizados, se ha regulado el control de la publicidad electoral para evitar privilegios sesgados o excesos retóricos que lastimen la imagen de los beligerantes.

Las incesantes reformas electorales han instituido incluso la figura de candidatos independientes, como opción para aquellos ciudadanos que no comulgan con  La ley del hierro de la oligarquía partidaria.

A mayor abundamiento, se han legislado alternativas de democracia participativa para subsanar deficiencias o insuficiencias de la democracia representativa, al través de la consulta popular, la iniciativa ciudadana, etcétera.

En síntesis, se han deslindado los campos administrativo y jurisdiccional con la finalidad de dar cauce al derecho a la impugnación en los casos en que los partidos en pugna se llamen a perjudicados por resoluciones de las primeras instancias responsables de organización, vigilancia y sanción electorales.

Vuelven las “elecciones de Estado”

Para todo efecto jurídico, la electoral se codifica constitucionalmente como una función de Estado, delegada a los órganos que la propia Carta fundamental autoriza. No es casual ni gratuito, que los partidos políticos tengan también el carácter de “entidades de interés público”; esto es, de instituciones estatales subordinadas al interés general.

Nada parece suficiente, sin embargo, para acreditar la buena fe en la lucha de los contrarios con derecho a la formación de los poderes públicos.

La Gran Reforma Política legislada de 1977-1978 tuvo como fin desarmar el argumento de las oposiciones que antes, durante y después de cada proceso, denunciaban la preparación y los resultados de los comicios como una elección de Estado. Por decir la injerencia del gobierno en las campañas, a fin de asegurar la continuidad del partido en el ejercicio del poder.

El espectáculo que se observa en estos días en los estados de México, Coahuila y Nayarit, con cambio de gobernador y congresos estatales, y Veracruz, con elección de gobiernos municipales, es prueba fehaciente de que no existe voluntad política para hacer de la sucesión presidencial de 2018 una experiencia civilizatoria y pacífica.

Desde el jefe del Ejecutivo federal, los miembros del gabinete presidencial, incluyendo a secretarios aspirantes a la sucesión de 2018, y una cauda de funcionarios de variado nivel en la administración federal, en presencia física y derroche de presupuesto público, actúan, sobre todo en el Estado de México,  como activistas oficiosos del partido en el y del gobierno, aplicando sin escrúpulos La ley del embudo.

Resulta por ello cuestionable, por decirlo suavemente, que el gobierno mexicano se diga preocupado por la crisis de Estado por la que cruza Venezuela, porque, afirma, deteriora “la normalidad democrática” en  la patria bolivariana.

Antes de mirar la paja en el ojo ajeno, hay que procurar no exhibir la viga en el propio. Es cuanto.


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