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Los héroes están fatigados

EL LECHO DE PROCUSTO Por: Abraham García Ibarra

En la muy activa perspectiva de 2018 -pasando por la escala  obligada del emblemático y definitorio Estado de México, cuna y tronera de Enrique Peña Nieto-, es aventurable un diagnóstico: Los reductos populistas del PRI y lo que queda de la izquierda “políticamente correcta” del PRD, poco tienen que hacer en la sucesión presidencial adelantada, salvo buscar “de lo perdido, lo que aparezca”.

Vistos los resultados electorales del pasado 5 de junio, que quebraron las dirigencias nacionales tricolor y amarilla, con razonable realismo puede aceptarse el triunfalismo del jefe nacional del PAN, Ricardo Anaya: Los azules están de regreso en la ruta hacia Los Pinos.

Las tribus del partido fundado por Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano no encuentran el sastre que pueda remendar el sedicente pero deshilachado “representante único y verdadero” de las izquierdas partidarias.

Con independencia de los saldos logrados por el PRD a remolque del PAN en los pasados comicios en 14 entidades de la República, la salida del ex priista  Agustín Basave de la dirigencia nacional era un asunto descontado: Metido con camisa de fuerza al encargo, fue previamente acotado para impedir que actuara en la definición de la candidatura presidencial para el 18.

Los Chuchos, al basurero de la historia

El flanco vulnerable del PRD, es la fracturada hegemonía de Los Chuchos enquistados como facción dominante con el membrete de Nueva Izquierda. Esta secta no tiene más opción para retomar el control nacional que la secretaria general Beatriz Mojica, contra quien se enfrenta incluso el híbrido jefe de Gobierno de la Ciudad de México, Miguel Ángel Mancera.

En estricto rigor, Mancera -que se ha autopostulado para el 18-, mea fuera de la bacinica. Ha ligado dos derrotas consecutivas en un año: En 2015, el PRD fue desplazado del territorio metropolitano por el partido del Movimiento Regeneración Nacional (Morena) que la repitió la dosis en la reciente elección de diputados a la Asamblea Constituyente de la Ciudad de México.

Andan tan mal las cosas en el partido de la izquierda “políticamente correcta”, que las únicas opciones ahora en pugna son las del Atila tabasqueño Graco Ramírez y el también impresentable gobernador de Michoacán, Silvano Aureoles Conejo.

De los dos procesos electorales en la sede de los poderes federales y epicentro político del país comentados, hay una consecuencia no precisamente accesoria: El PRI ha sido refundido al cuarto sitio en la tabla de los partidos con registro nacional.

En el mapa republicano -pendiente lo que depare particularmente el Estado de México-,  al iniciarse 2017 el tricolor habrá perdido por primera vez en casi nueve décadas -en manos del PAN- la mayoría poblacional bajo  gobiernos “institucionales”. Esto no se dio ni en 2000.

Un itamita metido con calzador

No se sabe a ciencia cierta, si por ofuscación o como producto de una pensada intencionalidad, Enrique Peña Nieto tomó la decisión de arrebatar a la militancia priista el liderazgo nacional, imponiéndole como sucesor de Manlio Fabio Beltrones a un tecnócrata formado en el Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM), cuyos egresados han sido durante el último medio siglo, desde posiciones de mando estatal, heroicos cruzados de las privatizaciones neoliberales: Enrique Ochoa Reza.

Nada gana el priismo -como movimiento doctrinario y programático- con el arribo de Ochoa Reza. La  orientación gerencial que induce el ITAM, es diametralmente opuesta a los postulados que, al menos en los textos de sus documentos fundamentales, propone el PRI.

La reacción a bote pronto de algunos segmentos del  paleolítico del partido indica qué ocurre y ocurrirá en las estructuras de mando tricolor. Los protagonistas de ese sainete no son hueso fácil de roer.

Puede documentarse que en 1999 esos rejegos socavaron la candidatura presidencial de Francisco Labastida Ochoa, que derivó en la entrega de Los Pinos al panista Vicente Fox.

A mediados de la década pasada, provocaron el resquebrajamiento interno del “revolucionario”, que desembocó en la expulsión de la cacique magisterial Elba Esther Gordillo, y la consolidación de su franquicia, el partido Nueva Alianza, a cuya vejiga el tricolor ha recurridos ahora para flotar electoralmente en algunos estados y sumar votos -pocos pero determinantes- en las cámaras del Congreso de la Unión.

No es previsible de inmediato una estampida del PRI, en cuyo caso se allanarían focos de conflictividad que pondrían en aprietos a Ochoa Reza.

Es precisamente la permanencia de esos remisos en el PRI y su belicosidad lo que no facilitará un liderazgo estable, afectado además por el hecho de que, durante 43 meses peñistas, cinco dirigentes nacionales suman apenas en promedio ocho meses y días en Insurgentes norte 59 de la Ciudad de México, donde son contables más moscas que miembros leales.

Es recomendable mantener entre corchetes el Estado de México donde, al margen de los partidos de oposición, son visibles al menos cuatro corrientes tricolores en pugna por la sucesión de Eruviel Ávila Villegas quien, contra la voluntad de su jefe y paisano, quiere por su lado asegurar su retirada a lomo de sus pretensiones de llegar a Los Pinos.


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