Espacios del Club de Periodistas

El drama de Los condenados de la Tierra

El lecho de Procusto

Por Abraham García Ibarra

Por más que uno deseara disponer el espíritu para recordar a los Héroes que nos dieron Patria (Hidalgo y su decreto contra la esclavitud; Morelos, con su reclamo de moderar la opulencia y la miseria), no hay manera.

Los terremotos y los huracanes que en estos días asuelan México, con su cauda de muertos y damnificados, nos confirman que la mayoría de las víctimas son aquellos descendientes de los pueblos originarios que hace 500 años fueron perseguidos y arrinconados por los conquistadores en los territorios más inhabitables y peligrosos, donde continúan expuestos no sólo a las fuerzas de la Naturaleza, sino a las felonías de los nuevos colonizadores.

Los terremotos de 1985 que devastaron la Ciudad de México exhibieron a un gobierno pasmado pero reivindicaron la capacidad de acción y solidaridad de los menos favorecidos de la comunidad metropolitana.

Mal que bien, la reacción de la sociedad civil permitió evitar que la tragedia se agigantara y los movimientos sociales emergentes generaron una nueva correlación de fuerzas políticas en el Distrito Federal.

Víctimas propiciatorias del Darwinismo social

Los elementos naturales han descargado de nuevo su furia en los estados del sur-sureste de México con predominio de población indígena y las peores prácticas de exclusión. Para decirlo en otra forma: El escenario más revelador del Darwinismo social.

Los medios electrónicos metropolitanos, que suelen programar sus barras informativas a semana inglesa, se prodigaron su mayoría a relatar en tiempos extras los sucesos de agosto-septiembre, con un verdadero clímax representado por los mortales sacudimientos telúricos de la semana pasada, con especial atención en los estados de Chiapas y Oaxaca.

Observamos un contrapunto en las imágenes aparecidas en las pantallas televisivas: El viejo juchiteco recogiendo entre los escombros el lábaro patrio y, con amoroso respeto, alisando el paño con las manos para atarlo al asta y ondearlo de nuevo.

En los montajes de la burocracia, entre las ruinas y el primer recuento de cadáveres, un rótulo mercantil que promete Vida nueva. La estampa del viejo juchiteco duró poco. La del rótulo permaneció como si fuera spot.

Todo mundo es convocado a la solidaridad y a la reconstrucción. Sólo destaca una imprevisión (cuestión de calendario): No hace falta la cuantificación de los daños materiales -los muertos aparecen entre los inmuebles y las orillas de ríos y arroyos en el caso de inundaciones- para saber que se requieren millonadas para poner manos a la obra.

Nadie habla todavía del monto de las partidas requeridas para poner de pie a los estados colapsados ni su inclusión en el Presupuesto de Egresos de la Federación para el ya cercano 18. Eso sí, a unas cuantas horas de los sismos, empezaron a aparecer en las pantallas televisivas números de cuentas bancarias para que los solidarios hagan depósitos en efectivo.

La mula no era arisca; la hicieron a palos

En los montajes in situ no se hicieron esperar los consabidos compromisos con los damnificados. Se giraron instrucciones para que, de inmediato, obras sean amores.

Existe algo que, informado por la experiencia, nuestro fuero interno se resiste a tomar a título fe.

En 1968, Oaxaca fue sacudido por una serie de tres terremotos en menos de seis meses. En 1978, otro de la misma magnitud (entre 7 y 8 grados). Esos fenómenos desaparecieron enteras cientos de comunidades indígenas. Diez años después, al ponerse en marcha el Programa Solidaridad, según nos enteramos por miembros del Consejo Consultivo, se reportaban subsidios a aquellas comunidades borradas del mapa oaxaqueño.

Todavía en los noventa, en recorridos por la zona rural, encontrábamos familias damnificadas “viviendo” a la intemperie.

Como si fueran las ruinas de Pompeya

En 1983, hizo erupción el volcán El Chichonal, en Chiapas. Más de seis días las cenizas volcánicas oscurecieron la región; las tinieblas llegaron hasta Puebla y Veracruz. Fue tal el espanto después de una semana de minisismos que, en San Cristóbal las Casas, el obispo Samuel Ruiz García celebró una misa para tranquilizar a su asustada grey.

El Centro no se dio por enterado de la tragedia. Los indígenas, de la nación zoaque, llenan tripa de mal año con las propinas que les obsequian turistas que viajan a ese lugar como si fueran a conocer Las ruinas de Pompeya.

Fueron los huracanes los que en 2005 devastaron Chiapas. Vicente Fox comisionó a la secretaria de Desarrollo Social, Josefina Vázquez Mota como responsable de la reconstrucción para la que se habrían presupuestado, de entrada, más de 10 mil millones de pesos.

Vázquez Mota dejó tirados a los damnificados. Se vino a la Ciudad de México a coordinar la campaña presidencial de Felipe Calderón. De todas formas, en 2006 Fox proclamó: ¡Chiapas está de pie

Monumento tal que todavía hace unos tres años no veían obispos de las diócesis del sur, que sí veían en cambio a cientos de familias víctimas de la devastación ciclónica que nunca recibieron los auxilios prometidos.

En Guerrero, después de los embates de la naturaleza en 2013, la misma película en estos días.

Ese es el verdadero drama de las poblaciones damnificadas. Llegan raudos los auxiliadores, se aplacan las placas telúricas, toma la siesta Eolo y los burócratas retornan a la Ciudad de México extenuados después de sus gloriosas jornadas mediáticas. Hasta que doña Naturaleza vuelva a las andadas. Es cuanto.


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