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Justin Trudeau, un visitante incómodo

El lecho de Procusto

Por Abraham García Ibarra

Existe una constante en las destructivas secuelas de los fenómenos naturales que un año sí, y otro también, golpean los estados con más alta marginación socioeconómica de México: La expulsión de miles de familias nativas de sus territorios de origen, que se codifica bajo el eufemismo fenómeno migratorio.

Huelga decir que esas entidades son las del sur-sureste del país y que los expulsados son invariablemente miembros de comunidades indígenas víctimas al abandono secular.

Esas corrientes tienen fatalmente dos destinos: La Zona Metropolitana de la Ciudad de México y, por el litoral del Pacífico, los valles agrícolas del noroeste como escala hacia los Estados Unidos.

El impacto de los terremotos recientes, como ocurrió con los de 1985, genera una variante: La movilidad de personas y familias urbanas completas, preferentemente a los estados del norte del país, donde el grado de desarrollo económico ofrece mejores oportunidades.

En estos días uno de los sectores en que se observa esa movilidad es el de la burocracia pública. Se registran ya algunas solicitudes de permuta, de suerte que el desplazamiento esté garantizado por una ocupación segura.

Como sucede con la migración tradicional, sin embargo, los nuevos desplazados se mueven con la intención de cruzar la frontera hacia los Estados Unidos en busca de refugio con familiares o grupos sociales ya arraigados en el vecino país. O, donde sus habilidades laborales tienen mercado relativamente seguro.

Seguro es un decir, dada las políticas discriminatorias que ha exacerbado la presidencia de Donald Trump.

Guajardo se niega a que la cuestión laboral sea tema del TLCAN

Desde el pasado mes de mayo, previo al arranque de las renegociaciones del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), el secretario de Economía, Edilberto Guajardo fue categórico al afirmar que, para México, la cuestión laboral no es prioritaria y queda como asunto doméstico con base en el régimen obrero-patronal interno.

No es esa cuestión de poca monta habida cuenta que, sobre todo en aquellas zonas en que se ha desarrollado la industria maquiladora, los empleadores de mano de obra son corporativos extranjeros que se asentaron aquí atraídos por las ventajas comparativas consistentes en los bajos salarios y la negación de Seguridad Social.

La semana pasada, cuando en Palacio Nacional Enrique Peña Nieto recibió al primer ministro de Canadá, Justin Trudeau, quiso compartir una expresión de su huésped, referida a ganar, ganar, ganar en la revisión del TLCAN. Como diría el clásico, quedó como una frase fuera de contexto.

Trudeau convoca a inspirarse en Juárez

Esa percepción fue allanada por el propio Trudeau en su comparecencia en el Senado mexicano. Ahí, el canadiense repitió aquello de ganar y ganar, pero puso el acento en una iniciativa: Incluir normas laborales que protejan a los trabajadores.

Concreta y textualmente: Se requiere un comercio justo en el que todos se beneficien, sobre todo la clase media. Tenemos que asegurarnos de que las familias sigan prosperando en Canadá y México.

Que los trabajadores sepan, insistió Trudeau, que los gobiernos y sus empleadores los cuidan.

El ministro canadiense mentó la soga en casa del ahorcado. Recomendó inspirarse en el pensamiento de Benito Juárez: “Entre los individuos, como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz”.

Qué visitante tan subversivo. Uno puede imaginarse al secretario del Trabajo, Alfonso Navarrete Prida resistiendo la tentación de solicitar se le aplicara el artículo 33 de la Constitución. Es cuanto.


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