Espacios del Club de Periodistas

La oscura caverna del porfirismo

Voces del Director

Por Mouris Salloum George (*)

La Historia no se da como tramos mostrencos y aislados. Como la democracia, es un proceso de incesante y heroica construcción.

Las usurpaciones del poder político no tienen tampoco garantizada su perpetuidad.

Surgen, sostiene Roberto Michels, “nuevos acusadores para denunciar a los traidores; luego de gloriosos combates, acaban de fusionarse con la vieja clase dominante. Después de lo cual, otra vez y a su turno, son atacados por oponentes recientes…”.

Hoy, hoy, hoy, un 9 de septiembre pero de 1988, se acometió una maquiavélica operación por la que México fue retrotraído a “la oscura caverna del porfirismo”.

Antecedió a esa perversa maquinación otra fecha macabra. La noche del 6 de julio, llenó de espanto a la nomenclatura del PRI, lo que después Miguel de la Madrid describió como un “terremoto político”, que tumbó el sistema de cómputo electoral.

El 9 de septiembre, las promiscuas maniobras del Colegio Electoral para la calificación presidencial, asestó lo que el entonces diputado priista, el constitucionalista don Antonio Martínez Báez, codificó como “Golpe de Estado técnico”.

Llegó a Los Pinos para quedarse -en obscenas mutaciones- Carlos Salinas. Ahí empezó la tragedia transexenal de los mexicanos.

La Historia no se da en tramos aislados, pero suele resbalar en profundos baches de los que ahora se llaman “socavones”. Algunos de estas cavidades, son más peligrosas que “El triangulo de las Bermudas”.

Exactamente tres décadas después, México asiste en 2018 a un renovado momento de destino. Nada cambia, dice el clásico, todo se transforma.

Todavía en junio de 1988, si bien el observatorio pronosticaba marejadillas leves, no se sospechaba del tsunami que se desencadenaría la noche del 6 de julio. Fue, aquél, un verano ardiente.

Con tan dolorosa experiencia, la sociedad civil defraudada y humillada logró arrancarle al establishment un ensayo de reformas a la institución electoral. Es la misma que, ahora, sin el factor sorpresa, abona la parcela para una tercera usurpación presidencial (la segunda contemporánea fue la de Felipe Calderón).

La amenaza democrática que se esbozó en 1988, puso en alerta a las fuerzas dominantes del sistema, pero la mudanza y el maquillaje de los órganos electorales dejan mucho a deber.

Pongamos la situación en perspectiva. A mitad del siglo XIX, la aristocracia italiana empezó a sudar sangre. ¡Ya vienen las hordas de Garibaldi!

El joven Tancredo, perteneciente a la realeza siciliana, le anuncia a su tío que se incorpora al frente de batalla de lado de los “casacas rojas”. El tío, aterrorizado, trata de persuadirlo: “Vas a morir entre esas bandas de salvajes”.

Sonriente, el imberbe recluta le replica: “Tiote”, si no nos metemos a la Revolución, los triunfadores se alzarán con el santo y la limosna.

El autor de la trama fue Giussepe di Lampedusa, su obra “El Gatopardo”, de donde viene ahora gatopardismo. El tío de Tancredo fue don Fabrizio Corbera, “Príncipe de Salina”. Salina, dijimos, no Salinas. Lo mismo da. México vive un gatopardismo renovado pero igual de cínico.


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