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La tentación  del garrote vil contra catalanes

Voces del Director

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Por Mouris Salloum George (*)

El garrote vil es una rudimentaria máquina medieval que, sobre todo en manos monásticas, fue el instrumento para aplicar en España la pena capital a los réprobos.

La pena capital fue la condena favorita del dictador Francisco Franco contra los detractores de la tiranía. Pero fue también el recurso para aplastar las aspiraciones de independencia y soberanía de algunas comunidades peninsulares.

El juicio más primitivo ordenado por Franco en la década de los setenta fue contra 16 militantes de la organización nacionalista armada Euskadi Ta Askatasuna, animadora del autonomismo del País Vasco, acusados de homicidio.

Sólo el clamor de la comunidad internacional impidió la ejecución de los  condenados, a los que se les conmutó la pena por prisión perpetua. México denunció los que entonces se conocieron como Los Juicios de Burgos.

Después de la muerte del generalísimo Franco y al entrar España en transición, en 1978 la pena capital fue abolida por la nueva Constitución.

Vuelve a Madrid el discurso bárbaro

Las tentaciones extremas para castigar a los disidentes, como ocurre ahora mismo contra Cataluña, ha dado pie a que el discurso bárbaro dictado desde Madrid se reproduzca sin asomo de piedad para someter a los seguidores de Carles Puigdemont, ahora refugiado en Bélgica.

Como si el Partido Popular del presidente Mariano Rajoy rechinara de limpio, las bocas de ganso de la Casa Real pretenden descalificar la aspiración soberana de los catalanes, llamando a la formación política que ha impulsado la declaración de Independencia, partido de corruptos.

“Profetas del miedo, bolívares de masía” son, entre otros, los calificativos asestados a los independentistas por las cajas de resonancia del PP.

En el delirio, sin embargo, hemos leído en alguna prensa madrileña la invocación al garrote vil asociándolo al “pecado mortal del golpe de Estado”, según pretende tipificarse el movimiento catalán, no obstante haber apelado a las urnas para acreditar la voluntad de la mayoría.

Los pueblos crueles fue un libro de hace más tres siglos, de factura religiosa, por el que, denunciando las experiencias inglesa y francesa, se pretendió justificar la institución y operación del Santo Oficio (léase La Inquisición) fuera de territorio español. En la Nueva España (México), entre otras colonias.

¿Cómo puede Madrid hablar de democracia, según lo hacen la Corona y el Partido Popular, mientras invoca las formas más incivilizadas de la convivencia humana? Se lo dejamos de tarea al canciller Luis Videgaray Caso.

(*) Director General del Club de Periodistas de México



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