Espacios del Club de Periodistas

Memorias de la prepotencia tiránica

El lecho de Procusto

Por Abraham García Ibarra

Sólo los patriotas que verdaderamente se preocupan por lo que ha sido y es de México (la partidocracia no, la burocracia tampoco, la tecnoburocracia menos- tienen nociones de lo que informa la Historia mexicana sobre el origen de nuestra tragedia nacional, atrapada hasta la fecha en un proceso sin solución de continuidad.

Por esta vez, del Julio mexicano que recuerda la muerte del restaurador de la Republica Benito Juárez y del asesinato de Álvaro Obregón, pasamos a graves acontecimientos que marcan a fuego, literalmente, el último medio siglo.

Durante la primavera-verano de 1967, hace, pues, 50 años, el Partido Revolucionario Institucional (PRI) entró en crisis interna por la pugna del gobierno de Sonora. El partido en el y del gobierno apeló a la sanguinaria Ola verde para reprimir la resistencia popular contra la imposición electoral.

En aquel episodio, las armas nacionales se cubrieron de gloria. Paracaidistas al mando del general José Hernández Toledo, a pedido del gobernador priista sonorense, Luis Encinas Johnson, tomaron por asalto la Universidad Autónoma de Sonora (UAS), considerada foco de subversión “contra el sistema” político.

El general paracaidista  ya había hecho escoleta en la Universidad Nicolaita de Michoacán, cuya comunidad defendía, entre otras causas, la reciente Ley Orgánica de su institución. Tener presente a Hernández Toledo.

Desde la Plaza de la Ciudadela

Entre el 22 y 23 de julio de 1968, en las inmediaciones de la Plaza de la Ciudadela de la Ciudad de México y a metros del viejo palacio de Cobián, residencia de la Secretaría de Gobernación, se escenificó una zacapela juvenil entre estudiantes de las vocacionales 2 y 5 del Instituto Politécnico Nacional (IPN) y de la secundaria incorporada Isaac Ochoterena.

La brutal represión gubernamental desembocó en la toma de la Voca 5 por comandos de granaderos, ordenada por el Departamento del Distrito Federal.

Aquél era el año que sociólogos e historiadores caracterizan como el de La Revolución Cultural, que tuvo su epicentro en Francia y se extendió a los Estados Unidos, donde las movilizaciones  tenían como leitmotiv la Guerra de Vietnam. Aquí era el año de los Juegos Olímpicos.

La Ciudad de México era una plaza caliente desde los meses anteriores en que el gobierno pretendió aplastar movimientos de protesta como el de médicos y enfermeras de las instituciones públicas.

Desde el asalto militar a las universidades de Michoacán y Sonora, pasando por el Movimiento Revolucionario del Magisterio y el  Movimiento Ferrocarrilero (El vallejazo), el espectro de los presos políticos era un ingrediente de ruptura entre el Estado y la sociedad civil.

El tema de los presos políticos fue incorporado a la agenda de los estudiantes de las vocacionales 2 y 5, cuya demanda inicial fue la desaparición del cuerpo de granaderos.

El remedio poco caso no funcionó

Entre el 22 y el 25 de julio de 1968 los estudiantes politécnicos se mantuvieron activos ya con el apoyo de alumnos y profesores de la UNAM, Chapingo y contingentes magisteriales de la escuela pública. Algunas universidades de los estados hicieron lo propio en las capitales estatales.

Con el alineamiento de militantes de la Juventud Comunista y de la Central Nacional de Estudiantes Democráticos, a la agenda se incorporó, el 26 de julio, de conmemoración del XV Aniversario del Asalto al Cuartel Moncada y de solidaridad con la Revolución Cubana.

Las instalaciones del Partido Comunista Mexicano (PCM) en la Ciudad de México fueron allanadas violentamente y capturados algunos de los miembros del Comité Central.

Era una “conspiración internacional” del oso ruso

Al son tocado por Washington, el gobierno y sus bocas de ganso empezaron a denunciar una conspiración internacional urdida desde Moscú. (Más tarde, ex agentes de la Agencia Central de Inteligencia -CIA- de los Estados Unidos dieron testimonio editorial de que esa agencia se infiltró en el Movimiento Estudiantil).

Conviene consignar que, desde años previos al 68, la UNAM era atacada por bandas criminales movilizadas por el ultraderechista Movimiento Universitario de Renovadora Orientación (MURO); la Autónoma de Puebla, por facciones armadas de la Federación Universitaria Anticomunista (FUA) y la Universidad de Guadalajara por bárbaras facciones de Los Tecos, que tuvieron su placenta en la Universidad Autónoma de Guadalajara (UAG).

Más tarde, Guadalajara sería sede de la Liga Mundial Anticomunista, financiada por Washington y creada en el enclave de Formosa (Taiwan). Los Tecos extendieron su “área de influencia” a universidades del Bajío y, “casualmente”, a Sonora.

La resistencia universitaria (luego identificada como movimiento estudiantil popular) dio pie al hostigamiento incesante sobre el campus de la UNAM, cuya rectoría era ejercida entonces por el ingeniero Javier Barros Sierra.

La coartada gubernamental consistió en establecer el supuesto de que la resistencia tendría como propósito reventar los Juegos Olímpicos.

La denuncia contra el Hapartheid

No es un dato anecdótico apuntar que un signo de la organización de tal evento, es que el Comité Olímpico Mexicano cursó invitación a Sudáfrica, cuyo gobierno era cuestionado por su régimen de Apartheid, ya condenado por la ONU.

Intelectuales progresistas mexicanos, incluso los orgánicos, militaban en un Comité de Solidaridad con el Pueblo Africano, en cuyo continente se extendían los movimientos de Liberación Nacional que pugnaron, en algunos casos exitosamente, contra la colonización europea.

Dicho sea, no tan de de paso, Egipto lideraba en el norte de África la ofensiva independentista. Cuando nacionalizó el Canal de Suez, el coronel Gamal Abdel Nasser confesó su inspiración cardenista, en referencia a la Expropiación Petrolera en 1938. Nasser murió siendo presidente de la República Árabe Unida (RAU).

La institución y acción del Batallón Olimpia

Para el gobierno, todo era conjura internacional. De julio a septiembre se amplió el abanico de la crisis. Se supo entonces de la existencia del Batallón Olimpia, con su extensión operativa: La brigada blanca.

Así llegó el 2 de octubre de 1968. La Operación exterminio fue comandada por el afamado general paracaidista José Hernández Toledo, ya bragado en asaltos universitarios. De ahí data La matanza de Tlatelolco.

Aquellos eran tiempos de próxima sucesión presidencial priista, la de 1970. El general secretario de la Defensa, Marcelino García Barragán, confesaría después que fue tentado a movilizar al Ejército para dar Golpe de Estado.

El 1 de septiembre de 1969, Gustavo Díaz Ordaz asumió toda la responsabilidad histórica, ética, política,  social y personal de aquel genocidio.

A la Liga Comunista 23 de Septiembre

Bloqueadas las vías de la lucha política pacífica por el poder, el desencanto empujo a la juventud mexicana a la opción armada. Su fuerza más representativa fue la Liga Comunista 23 de Septiembre, cuya denominación hacia referencia al Asalto al Cuartel Madera, en el estado de Chihuahua.

Se abrió así el periodo de la odiosa Guerra sucia en México, cuya segunda edición es ubicada en el sexenio panista 2006-2012.

En 1978, José López Portillo hizo una reflexión crítico-filosófica “sobre el estado que guarda la nación”: Hemos pasado de la crisis de conciencia a la conciencia de la crisis, anunció.

Congruente con sus dichos, El último presidente de la Revolución mexicana, promulgó y publicó la Gran Reforma Política, diseñada por el ex presidente del PRI, don Jesús Reyes Heroles, a a la sazón secretario de Gobernación, para humanizar la lucha de los contrarios.

Fueron liberados, al amparo de la Ley de amnistía, los presos políticos y algunos partidos políticos fueron rescatados de la proscripción. Todo empezó en julio de 1968.

Nada me han enseñado los años…

Estamos de nuevo a lomo de la Sucesión presidencial de 2018. La partidocracia, la burocracia y la tecnoburocracia cantan con la partitura de José Alfredo Jiménez: Nada me han enseñado los años: Siempre caigo en los mismos errores

Cuando un Estado (un gobierno, un partido) muere, sentenció el clásico, no se precisa la autopsia: Murió por suicidio. Es cuanto.


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