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Reparto de la riqueza: El potrero ha reverdecido; el potro sigue flaco

Lic-Mouris-5-890x395_c-300x133-1-150x133Voces del Director

Desde Filomeno Mata 8

Por Mouris Salloum George

En graves horas de destino, como las que vive México -con todo lo que el concepto entraña-, nuestro infantil deseo navideño sería que, en plena pugna por el poder presidencial, el raciocinio, no la Providencia, permitiera encontrar hombres de Estado que pensaran en las futuras generaciones y no sólo en las próximas elecciones.

Por desgracia para la gran comunidad nacional –124 millones de compatriotas-, frente a los grandes problemas nacionales, los aspirantes a la presidencia de la República agotan su “discurso” público en la más procaz chacota.

El tejido social no soporta los rayos X

Pasado por un laboratorio de radiología, el organismo nacional aparece cargado de tumores malignos. Si se habla de un tejido social roto, cualquier estudiante de Sociología podría especular con bastante acierto que la descomposición celular tiene su origen en la escasez de nutrientes vitales para la supervivencia.

El tejido social no se ha roto únicamente a causa de la barbarie criminal. Ésta no es la causa, sino el efecto. La causa radica en las estructuras de la desigualdad socioeconómica que son la marca del casa del Estado neoliberal, y que se han venido polarizando al paso de tres décadas de administraciones tecnocráticas.

Las grandes fortunas en México se tasan en dólares. El ingreso de 26 millones de hogares mexicanos es denominado en pesos mexicanos.

Una familia de clase media, cuyo proveedor puede ser un profesional con posgrado de Maestría o Doctorado, aun acreditado en universidades extranjeras, depende para su subsistencia de un ingreso promedio de 18 mil pesos al mes.

No es casual, ni gratuito, que algunos estudiosos llamen a ese fenómeno sociológico, desclasamiento de las clases medias.

La Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal/ ONU) ha venido documentando tercamente esa irracional situación y un reporte sí, y otro también, denuncia que tan sombrío paisaje lo traza la injusta distribución de la riqueza nacional.

Vamos a tasar también en dólares el Producto Interno Bruto: Un billón cien mil millones de dólares. En cinco años, hasta el tercer trimestre de 2017, el PIB ha tenido un magro crecimiento promedio de 2.49 por ciento anual.

A cada inicio de mandato sexenal, el Presidente debutante promete un mínimo de 3 por ciento de crecimiento. El locuaz Vicente Fox llegó ofrecerlo en 7 por ciento anual.

Carlos Slim y “Juan Pérez Jolote”

Aquella suma: 21 billones 442 mil millones de pesos, la genera el total de producción de bienes y servicios, cuya carga pesa sobre los hombros de más de 56 millones de mexicanos que forman la Población Económicamente Activa (PEA), la mayoría ocupada en la economía informal, que algunos especialistas codifican como Economía negra.

Ahora bien, la insoportable distribución del ingreso nacional de la que habla la Cepal,  se calcula con base en el producto per cápita. Cuando se pasa a este cálculo, los estadígrafos gubernamentales colocan en el mismo casillero al magnate Carlos Slim y a Juan Pérez Jolote, dicho para darle identidad a la población indígena, identificada por sus biógrafos como la más pobre entre los pobres. Nos podemos remitir a Oaxaca, Yucatán, Chiapas, Guerrero, Michoacán, etcétera.

Respecto del ingreso de un habitante de a pie  de la Ciudad de México o del área metropolitana de Monterrey, un poblador de aquellos estados, si bien le va, recibe hasta cinco veces menos de ingreso.

Al diablo con la Justicia Social

Hablamos líneas antes de causas y efectos: La primera generación de tecnócratas que se hicieron del poder público en México -la del salinato– se formó académicamente con los textos de los llamados Padres del neoliberalismo.

Citemos a dos: Friedrich von Hayek y Milton Friedman. Su bandera filosófica fue “liberar” a las sociedades del control del Estado; por supuesto, del control de la economía. Desde ese enfoque, consideraron una monserga la Justicia Social.

Más sociedad, menos Estado, fue una de las premisas de Carlos Salinas de Gortari al arrancar sus “reformas estructurales”.

Ya para la década de los noventa, el sector empresarial, para el caso la Confederación Patronal de la República Mexicana (Coparmex), creyó posible exorcizar la lucha de clases.

Para lograr tamaña hazaña, esa central privada sedujo a los representantes de la clase obrera (con la Confederación de Trabajadores de México a la cabeza), con la iniciativa de una nueva cultura laboral.

La tal “nueva cultura laboral” no fue otra cosa que indexar el pago de los salarios a la productividad. Para entonces, el Banco de México ya había institucionalizado los topes salariales.

El resultado fue que, según lo reconocen los propios empresarios, la productividad se incrementó. Al menos eso dicen los mandarines del neoliberalismo mexicanos, que ofrecen ese factor para cubrir el peaje al mapa de la competitividad global.

El clásico definiría ese fenómeno de este modo: El potrero ha reverdecido, pero el caballo sigue flaco.

Trump le da otra vuelta a la tuerca

Los asustados conductores de la economía mexicana no logran desabrochar la camisa de fuerza que les impone la revisión del Tratado de Libre Comercio (TLCAN) y Donald Trump  les apretó otra acerada tuerca: La Reforma Fiscal, en debate ya en El Capitolio.

El senador y ex candidato presidencial, Bernie Sanders acaba de describir  ese proyecto con estas palabras: Esto es una lucha de clases.

Hace unos pocos años, el poderoso magnate estadunidense Warren Buffet lo dijo en estos términos: Sí, vivimos una guerra de clases… y nosotros la vamos ganando.

Sanders emplea la misma figura, pero se refiere al proyecto de nueva política fiscal propuesta por Trump y cuyo leitmotiv es darle carta de naturaleza a la fórmula 1 versus 99.

El primer guarismo, el de los privilegiados que se agandallan de la riqueza nacional de los Estados Unidos, a expensas del “resto” (99 por ciento) de sus compatriotas que generan el producto interno nacional.

Lo que se observa en “el manicomio de Washington”

En la semanaria sección que cada lunes remite el corresponsal David Brooks a La Jornada, describe la atmósfera en Washington con estas palabras:

La semana pasada, el espectáculo en el manicomio de Washington llegó a niveles que recuerdan otra era, donde todo estaba acercándose cada vez más hacia un precipicio con abierto desdén a las llamadas ‘normas’ de la llamada ‘democracia’, y donde los intereses más reaccionarios expresaron abiertamente su avaricia insaciable y su histórica -e histérica- batalla contra el pueblo: Es como si estuviéramos en una fiesta de principios de 1929.

Se refiere el autor a los días en que se estaba gestando La Gran Depresión que impactó al planeta y generó miles de suicidios aun en los mismos Estados Unidos.

¿Eso preocupa a los beligerantes por la Presidencia de México? Es obvio que no: Siguen chapoteando en el pantano de la chacota. La tecnocracia, la titulada y la accesoria, no tiene remedio.



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