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De cómo se hundió el acorazado tricolor

De cómo se hundió el acorazado tricolor

EL LECHO DE PROCUSTO Por: Abraham García Ibarra

En mayo pasado, el filósofo dirigente nacional del PRI, Enrique Ochoa Reza, andaba muy ocupado en el estado de México, contratando albañiles para tapar la oscura caverna del populismo. Por eso, no recordó una fecha-presagio que marcó a fuego el sino del tricolor en el corto plazo.

El 21 de mayo de 1999, abandonó la Secretaría de Gobernación (Segob) Francisco Buenaventura Labastida Ochoa para asumir en automático la candidatura presidencial del PRI-2000.

Se le hundió el barco al mexiquense Emilio Chuayffet

Doble significación histórica tiene aquel acontecimiento. El sinaloense Labastida había llegado a la titularidad de la Segob en suplencia del mexiquense Emilio Chuayffet Chemor, en enero de 1998.

El mexiquense había sido traído de Toluca por Ernesto Zedillo para presentarlo, en 1996, en un excepcional acto en Palacio Nacional, como responsable de la política interior.

De la lectura de aquel rumboso evento, los zahoríes adivinaron que don Emilio era el “hombre de la providencia tricolor” para 2000.

El mexiquense fue reventado en diciembre de 1997 por la Matanza de Acteal (Chiapas).

Dejó huella, sin embargo, aquel mexiquense secretario de Gobernación: Fue factótum en la segunda reforma política trascendente después de la Gran Reforma 1977-1778.

Zedillo pretendía la Reforma del Poder

Por el alcance de esa reforma, que revisó 19 artículos de la Constitución, los politólogos la interpretaron como la Reforma del Poder. Su clave: El gobierno quedaría fuera de la gestión de los órganos electorales.

El presidente Zedillo se la jugó. La advertencia fue entonces que el PRI perdería finalmente su declinante hegemonía electoral; proceso iniciado en 1988. No desistió.

Tanto en la Cámara de Diputados como en el Senado, la iniciativa contó con el beneplácito de los legisladores federales y de las legislaturas estatales.

El jefe nacional del PAN, Felipe Calderón Hinojosa pretendió dinamitar la reforma, condicionando la aprobación de las leyes secundarias a que se reconociera al PAN un triunfo municipal rural, en Huejotzingo, Puebla. Se quedó con su pataleta-chantaje.

La reforma entró en aplicación para las elecciones federales intermedias, de diputados, de 1997. El PRI perdió 59 curules respecto de su registro de 1994 y se enfrentó a una nueva correlación de fuerzas en San Lázaro.

En el Distrito Federal empezó el naufragio

No solo: El PRI perdió su posición nuclear en el Distrito Federal. El ex priista Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano dejó a la vera del camino al priista mexiquense Alfredo del Mazo González.

Ese año, el Partido de la Revolución Democrática (PRD) dio la clarinada: Para 1998, el PRD se alzó por primera vez con las gubernaturas de Zacatecas, Tlaxcala y Baja California Sur. El Partido Acción Nacional (PAN) se colocó en Nuevo León y Querétaro.

Fue cuando los politólogos domésticos y extranjeros empezaron a hablar de la transición democrática en México. Días promisorios. A ese proceso, Zedillo lo tipificó como de restauración de la normalidad democrática.

El conductor del PRD en ese periodo al alza se llama Andrés Manuel López Obrador.

El “candado” contra los tecnócratas

Zedillo, como se ve, aunque de apariencia intransigente, en otro trance supo ceñirse a los dictados del PRI, con el que había declarado una “sana distancia”.

El momento fue la asamblea nacional del PRI de 1996 que coordinaron Santiago Oñate Laborde y Juan Sigfrido Millán Lizárraga.

En ese encuentro tricolor, hubo serruchos afilados previamente, hasta sopletes autógenos, para romper un candado estatutario: La condición de que los aspirantes a la candidatura presidencial del PRI hubieran pasado antes por un puesto de elección popular.

Se le tipifico entonces como una cláusula contra los tecnócratas o financistas. El único de los precandidatos que salvaba ese dique era el ex gobernador de Sinaloa, Francisco Buenaventura, quien entonces despachaba como secretario de Agricultura.

Acaso por eso, Zedillo colocó al sinaloense en la plataforma idónea en enero de 1998 en lugar del mexiquense Chuayffet Chemor: En la Secretaría de Gobernación.

El 21 de mayo de 1999, en estridente acto, Labastida Ochoa renunció a la Segob. Su relevo lo asumió el priista oaxaqueño Diódoro Carrasco Palacios, quien había escalado por las estructuras de la Confederación Nacional Campesina (CNC), sector agrario del PRI.

Ahora, el ex priista oaxaqueño repite como secretario general de Gobierno de Puebla donde, desde 2016, opera en favor de la precandidatura presidencial del también ex priista ex gobernador poblano Rafael Moreno Valle.

El PRI fue echado de Los Pinos

Para la primavera de 2000, el candidato presidencial del PRI, Labastida Ochoa, estaba en la punta de las expectativas tricolores. Algunas encuestas sobre la intención del voto le asignaban una ventaja de entre 12 y 15 por ciento sobre el panista Vicente Fox.

El panista Vicente Fox llegó a Los Pinos. No llegó sólo, sin embargo: A la sede de los poderes federales arribó como jefe de Gobierno del Distrito Federal, quien se sigue llamando Andrés Manuel López Obrador, nominado por el PRD.

El 21 de mayo pasado, el filósofo dirigente nacional del PRI, Enrique Ochoa Reza, andaba en el estado de México contratando albañiles para tapar la oscura caverna del populismo. Por eso, no quiso recordar el trágico 21 de mayo de 1999. Quién sabe si lo haga en agosto próximo, en ocasión de la Asamblea Nacional del PRI.

Otro filósofo, pero de altos vuelos, don José Ortega y Gasset advertía que, aquellos que no aprenden de los errores del pasado, están condenados a repetirlos.

Un verdadero líder del PRI, el hoy difunto don Jesús Reyes Heroles, en la línea orteguiana, recomendaba a los militantes aprendices estudiar la Historia, para sacarle rendimientos políticos.

Pero el juicioso consejo de Reyes Heroles era para los que pretenden navegar en la Política de altura, no para los que terminan ahogados en la política de cabotaje. Es cuanto.


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