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Yo también quiero ser Presidente

El lecho de Procusto

Por Abraham García Ibarra

De acuerdo con mi fama pública y con crédito a mis detractores, no puedo comprobar un modo honesto de vivir, en el Diario de debates de las legislaturas de las que he sido miembro, se me identifica como faltista y no existe iniciativa de ley de la que pueda blasonar; mi expediente en cargos administrativos gubernamentales ha pasado por indagatorias de la Secretaría de la Función Pública aunque, eso si, sin consecuencias sancionatorias.

No puedo explicar la fuente mi fortuna acumulada de la noche a la mañana y el Sistema de Administración Tributaria me tiene en el Buró de Crédito como causante remiso o evasor. Me resulta imposible, ni lo creo necesario, comprobar el origen de mis ingresos que me han permitido adquirir propiedades inmobiliarias aquí y en paraísos residenciales en los Estados Unidos.

Algunos malquerientes insinúan que tengo relaciones peligrosas con algunos lavadores de dinero del narco  y que es absurdo pretender que mi enriquecimiento proviene de mi instinto de jugador en el mercado bursátil o que la suerte me ha favorecido con grandes bolsas en los sorteos de Pronósticos deportivos o de la Lotería Nacional.

Por pergaminos académicos no paro

Con toda sinceridad, no fui muy adicto al estudio, pero me las ingenié para que un evangelista de la  Plaza de Santo Domingo, de la Ciudad de México, me diseñara un hermoso pergamino en el que aparece mi nombre con refulgentes letras mayúsculas y cursivas. Doctor o, mínimo, Maestro. De preferencia, por una prestigiada universidad de los Estados Unidos.

Dicho sea de paso, en la misma Plaza de Santo Domingo, compro facturas falsificadas para comprobar “gastos de representación” o aquellos requeridos por el fisco para merecer el privilegio de la deducibilidad. Uno aprende muchas mañas para transgredir la ley. Para eso sirve la impunidad.

En mis mocedades fui cargaportafolios de políticos encumbrados que facilitaron mi ingreso y ascenso en sus partidos, pero he intentado alzarme con algún puesto de elección popular y, frustrado por la negativa, me he convertido en tránsfuga con etiquetas tricolores, azules, verdes o amarillas.

Aprendí que “la ideología no se come”

En busca de identidad ideológica, primero fui incendiario y terminé en bombero; me enteré de que, el que no es comunista a los 16 años, es un idiota; pero si lo sigue siendo en su madurez, es un imbécil. Aprendí de mis líderes que la ideología no se come.

Tengo que confesar que, por esos disparate juveniles, me casé a temprana edad y supe que, cuando la necesidad entra por la puerta, el amor escapa por la ventana.

La compañera, a la que en la conquista llamé el amor de mi vida, resistió sin embargo, pero cuando mis cuentas bancarias empezaron a sumar dígitos encontré, no una, sino varias parejas, cuyo porte acomodara a mi nuevo estatus socioeconómico y a las nuevas relaciones sociales que con esmero cultivo. El éxito dinerario me permite ser personaje de las revistas del corazón, sobre todo si me exhibo con una estrellita de la farándula.

¿Los hijos? Algunos fueron voluntariamente concebidos; incluso los de temporal, pero otros fueron indeseados e indeseables. A la hora del divorcio, se les dejó a elección la potestad. La necesidad tiene cara de hereje. Obviamente, eligieron al padre que les pudiera garantizar confort. Ese soy yo.

Mi credo: El relativismo moral

En cuanto a creencias religiosas, no soy propiamente un apóstata pero encontré en el relativismo moral la forma de adaptarme a las cambiantes circunstancias con los consejos de mi asesor espiritual. Siempre lo encuentra uno.

Estoy en el cenit de mi existencia; ahíto de amores, salud y platita, pero la molicie no me satisface. Algo me falta para alcanzar la plenitud personal: El gran poder político conforme mi innato don de mando. Ya no sueño con ser diputado, senador o gobernador de mi estado: ¡Quiero ser Presidente de México!

La revista Forbes, la que acredita a los más ricos del mundo, me nombra, así sea por  debajo de El Chapo Guzmán. Aquí, otra que consagra a los 300 líderes de México, me tiene en su nómina. Corporativos extranjeros me dan título de ministro de Finanzas o de canciller del año. Escalafón en el sector público no me falta.

La construcción de un candidato

He consultado a los gabinetes especializados en imagen; la percha y la simpatía prefabricada son indispensables pasa irradiar carisma. Ya seleccioné la agencia encuestadora que vende posicionamientos electorales. Me dice que tengo potencial para convertirme en todo un trabuco.

Algún amigo incómodo me señala que, para registrarme como aspirante a inquilino de Los Pinos, tengo que presentar lo que él conoce como la Ley 3 de 3. Antes de me explique en qué consiste esta monserga, un tercero me aclara que entre los sujetos obligados, hay ancho margen para la excepción.

Si se trata de la declaración patrimonial, el tercero me dice que puedo hablar de herencias, de donaciones familiares,  de premios otorgados por la Diosa Fortuna y escriturar ésta a prestanombres, etcétera.

Para la declaración fiscal, mis contadores, especializados en doble o triple contabilidad, me aseguran que puedo registrarme, ahora sí, como pequeño contribuyente. Con suerte me beneficie algún régimen especial y hasta logre devoluciones de impuestos nunca enterados al SAT. Suele ocurrir.

¿Conflicto de intereses? No puede haber conflictos en quien, como yo, es producto de la cultura del esfuerzo.

La democracia, me informa mi asesor político-electoral, siempre depara sorpresas. Algunas las acomodan los algoritmos o los magistrados electorales.

Soy un audaz aventuro y un avezado francotirador: Estoy listo. ¿Quién dice que, cuando el 2 de diciembre me instale en Los Pinos, no se me ovacionará cuando proclame: ¡Aiga sido, como aiga sido!?

Soy un predestinado por la Providencia. Dios está conmigo. ¿Para qué necesito más? ¿Votos? ¿Quién necesita votos? Es cuanto.


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