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Por una dictadura sin retoques

Voces del Director

Por Mouris Salloum George (*)

Según es del dominio público, el Instituto Nacional Electoral autorizó licencia a unos 40 de los 80 solicitantes de registro como aspirantes a la presidencia de la República al amparo de la figura de independientes.

El requisito de ley ineludible para cada solicitante, es acreditar 866 mil firmas de ciudadanos con credencial de elector que apoyen su pretensión. Los 40, pues, teóricamente tendrían que reunir más de 36 millones de firmas.

A un corte de esta semana, apenas media docena de pretendientes ha reportado firmas. En conjunto, no pasan del millón. Algunos de plano, brillan por su ausencia.

Esos audaces aspirantes a su hospedaje en Los Pinos -algunos comentaristas los identifican como sin partido y sobre todo los que renunciaron al suyo al cuarto para las doce- conocían de antemano las reglas del juego. Aun así, se apuntaron alegremente para participar en la sucesión presidencial.

Ahora se quejan de las dificultades tecnológicas para capturar digitalmente las firmas de apoyo, pues dependen de sus teléfonos móviles para procesar el citado requisito.

El voluntarismo personal, las desbordadas ambiciones, no bastan a la ilusión de cruzarse un día la banda presidencial. Pero eso queda para la frustración individual.

Desencanto con la democracia “representativa”

 Lo que refleja el fracaso del experimento es, no la falta de simpatía hacia algunos de los contendientes, sino el desencanto que desde hace tiempo expresan los mexicanos con el modelo de democracia “a la mexicana”.

Primero, porque se le codifica como representativa cuando hay monumentales evidencias de que los políticos producto de elecciones a puestos de elección popular, en el ejercicio del poder sólo representan los intereses propios.

Es tal la desconfianza derivada de la terca burla a la voluntad popular, que estudios científicos abordados en los últimos 15 años revelan que un desconcertante  porcentaje de mexicanos encuestados preferiría una dictadura sin más retoques.

 Un ingrediente que contribuye al escepticismo ciudadano, es la escasa o nula credibilidad en los órganos que arbitran los procesos electorales.

La corrupción en y de Estado, los detonantes

El más pesado fardo que carga la sociedad mexicana, sin embargo, es la peste de la corrupción pública.

No existe poder humano -del divino ni hablar- que venza la resistencia de los hombres del poder a poner freno a la profunda putrefacción que pasa por las instituciones públicas hasta la descomposición de las relaciones de producción.

El cinismo que impera en los poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial, y en los órganos autónomos del Estado  frente al clamor social, es el principal caldo de cultivo de la indignación colectiva.

Si el paso por dos usurpaciones del poder presidencial en las dos recientes décadas no fuera suficiente para explicar el desaliento y la ira ciudadanos, los procesos electorales de 2015 a 2017, primados por las conductas criminales de gobernadores salientes y en activo, confirman que el grupo dominante no tiene remedio.

Más grave aún: Frente a ese fenómeno subversivo y socialmente disolvente, no hay asomo de voluntad política para restablecer la institucionalidad en la formación y el ejercicio del poder público.

Lo hemos dicho en otras ocasiones y lo repetimos hoy: Cuando un Estado (un gobierno) muere, no se precisa la autopsia: Murió por suicidio. Suele ocurrir.


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