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Fin a la bonanza petrolera de Campeche; aparece la criminalidad

El colapso petrolero penetró ya hasta las esferas más sombrías y clandestinas del puerto, como la venta de droga… Los pasos van hacia el último asentamiento irregular, que destruyó parte de la laguna costera declarada desde 1994 área de protección de flora y fauna.
Hace cuatro años cientos de familias sin vivienda devastaron una zona de manglares para levantar barracas de lámina, cartón y otros desperdicios. Según registros vecinales, viven aquí más de 3 mil personas en 800 casuchas. La nombraron colonia Nueva Ilusión y se ha convertido no sólo en un bastión del narcomenudeo sino en ejemplo de que el auge energético tuvo sus olvidados: hombres y mujeres vistos con desprecio de las empresas del sector, invisibles para el progreso, forzados al trabajo informal y hoy arrastrados aún más por el abismo petrolero.
Aquí rivalizan narcotienditas de tres cárteles: Zetas, del Golfo y Pura Gente Nueva, formado por desertores de los otros grupos.
—Antes las piedras de a gramo costaban 200 pesos—, cuenta Emanuel de la Cruz, alma errante en esta franja sórdida donde falta agua potable y los árboles de agua salada fueron reducidos a un paisaje tétrico.
— ¿Antes?
-Aquí también llegó la crisis petrolera… Los narcos saben que los clientes ya no pueden pagar 200 pesos; desde el año pasado las bajaron a 150, luego a 100 y ahora a 50. El chiste es vender y reproducir a los adictos. Total, le ponen más harina.
Habla de las piedras, desechos de cocaína combinados con anfetaminas, talco, harina, lactosa u otras sustancias traicioneras, como la droga predilecta, por lo menos la más accesible.
ALUCINES Y ALCOHOL.
Pese a la riqueza circulante en la ciudad y sus campos marinos, casi la mitad de los carmelitas ha vivido en pobreza… aún en la época próspera. Un espejo de la realidad estatal, donde 44 por ciento de la población es pobre y otro 36 por ciento es vulnerable por carencias sociales e ingreso: 8 de cada 10 campechanos, es decir 714 mil de los 822 mil habitantes. “Al ser isla es imposible crecer el suelo urbano, lo que encareció terrenos y excluyó a sectores sin acceso a viviendas de interés social o mejores servicios. Lo que les quedó fue invadir manglares o zonas federales”, describe Moisés Frutos, investigador de la Universidad Autónoma del Carmen (Unacar).
Plataforma petrolera; otrora eje de la economía de la Sonda de Campeche
-¿Quiénes son estos excluidos?
-Migraron con la idea de emplearse en la industria petrolera, pero al carecer de las capacidades técnicas habitaron zonas de marginación y comenzaron a trabajar en el comercio ambulante o diversos oficios: herreros, albañiles, electricistas, carpinteros.
—Al menos tenían trabajo…
—Sí, pero el problema fue en qué gastaron el excedente: alcohol y droga. Uno de los efectos de la petrolización ha sido el uso insalubre del tiempo libre en una ciudad sin espacios deportivos, culturales o juveniles. Carmen tiene el más alto índice de accidentes automovilísticos por consumo de alcohol o estupefacientes: 2 a 1 en relación con la capital del estado. Y un creciente número de muertes violentas: suicidios, homicidios, accidentes.
Antiguos trabajadores petroleros en los años de bonanza
Antiguos trabajadores petroleros en los años de bonanza
Según el empresario Miguel Aparicio, dueño de Catermar, “las grandes compañías instaladas en el puerto tras el esplendor petrolero vinieron del norte del país, con fortunas que les permitieron obtener jugosos contratos, mientras en Campeche predominaba la falta de capacitación: en los 70, 80 y 90 nadie sabía qué era Pemex, la mayoría se dedicaba al camarón y cuando abrieron los ojos, viejos lobos de mar habían ocupado las mejores posiciones”.
—¿Y los gobiernos estatales?
—No se preocuparon por Carmen; agarraron la lana y tantán. Ahora la inestabilidad social es factor peligroso. Es de temer la proliferación de violencia, robos, extorsiones y secuestros.
Para Esther Lozano, otra académica de la Unacar, “la depauperación de la población más gruesa de Carmen ya viene de décadas. Llegaron de zonas rurales del estado u otros donde la situación era peor. Muchos ahora están doblando turno, en ventas, oficios o como martillos”.
— ¿Martillos?
—Así se les llama a los taxistas. Unos habían logrado comprar un carrito propio, pero están volviendo ya como choferes, a la renta.
EL JALE.
La provisional colonia Nueva Ilusión comienza tras una torre retorcida de luz, donde algunas familias se colgaron para alumbrar sus chozas.
—¿Busca piedras?—, es la primera oferta en estos terrenos lodosos. La droga parece destino.
—Es el jale, muchos han salido así de pobres -dice Emanuel, avezado en los negocios del narco y quien por unos billetes acepta ser acompañante en esta andanza macabra—; los aguadores, que cuidan afuera de las narcotienditas, ganan de 200 a 250 el día, y los halcones, que andan en moto, 500.
—¿Y los sicarios?
—Se paga por ejecución: entre 25 y 30 mil pesos.
—¿Y cuál es la ganancia en narcotienditas?
—Les va re’ bien, por lo menos 150 o 200 mil pesos al día, porque los clientes no sólo son de aquí, también vienen de fuera, de otras colonias de Carmen.
— ¿Qué tal las disputas entre los cárteles del narco?
—Ahorita andan más o menos tranquilos: traen pacto, cada cual su mercado. Si hay traicioneros, los matan. Apenas la semana pasada ejecutaron a un chavo de 20 años.
—¿Y la gente?
—Los adictos bien, a gusto, por el bajón de precios. Los demás callados, porque los jefes del negocio les ayudan con la matazón de manglar y el relleno de calles, o les regalan tabique o concreto.
Más allá del trasiego, están los porrazos de la decadencia energética… Doña Nelly, otra habitante en el fango, atiza la lumbre: “Aquí comemos una sola vez al día”, dice. La masa está lista para las tortillas que ya saborea don Belisario, su esposo, hundido en una silla deshilachada. ¿El menú? Tacos de salsa de tomate y manteca.
Desde hace 20 años el hombre vende tortas de jamón y pollo en el puerto industrial Laguna Azul, pero las ventas han caído frente a la escasa actividad petrolera: “Apenas sale para reinvertir, se fueron los clientes y ya no es como antes que en día bueno sacaba hasta mil pesos”.
Antes ofrecía otros antojitos, pero la artritis y el dolor de huesos se lo impiden ahora.
Llegó a este escondrijo costeño hace tres años, después de una vida errante.
—¿Qué hará con el negocio de tortas?
—Ya ni sé… Tal vez ofrecerlas en otros lados, de casa en casa, pero el cuerpo no me da.
—¿Trabajó alguna vez en plataforma?
—Subí sólo dos veces hace varios años como ayudante de cocina, pero luego las autoridades obligaron a sacar la libreta de mar, un dizque curso de sobrevivencia que algunos vivos comenzaron a cobrar hasta en 5 mil pesos, ¿y cómo le hace uno? Con lo que ganas no alcanza para cursos.
Una de las primeras en ocupar la reserva natural, machete en mano, fue doña María de los Ángeles Vázquez, líder vecinal: “Estamos luchando por regularizar nuestros terrenos. Los adinerados sí pueden invadir manglares o áreas de palo de tinte (árbol de la familia de las leguminosas que desde tiempos mayas era usado como colorante) para construir centros comerciales o clubes privados y no los llaman asesinos o invasores como a nosotros. Llegan con su maquinaria y destruyen plantas y animales, ¿acaso los pobres no tenemos derecho? Sí, tumbamos árboles y deforestamos, pero nos obligaron”.
—¿Quiénes?
—Pues el gobierno: tenemos derecho a un hogar y a ver por nuestros hijos. Con o sin petróleo, siempre hemos estado abandonados. Los del Club de Yates (colindante al asentamiento) exigen nuestro desalojo, porque dicen que afeamos sus instalaciones, pero pocos nacen en cuna de oro, la mayoría somos pobres… Muchos vendemos comida y las ventas ya no dan para comer. Los petroleros se fueron y todos andamos en el empeño.
Usiel, un chiquillo descalzo, retoza en un columpio que cuelga de un ramal. El alboroto atrae a los olvidados…
Se asoma doña Petra, trabajadora doméstica en una agencia automotriz y a quien no le pagan desde hace un mes… También La Barbie, de oficio teibolera: “No hay jale ni en los puteros”, se queja.
Y don Vicente, un vigilante ávido de compartir la noticia más fresca: “Ayer agarraron a tres petroleros robando sardina, porque no tenían qué comer”.
La petición es unánime: “Que nos haga justicia el petróleo y nos dejen quedar aquí”… Donde había manglar, ellos prometen sembrar coco, zapote y limón.
 
(Reportaje de Daniel Blancas Madrigal para La Crónica)

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