Voces del Periodista Diario
Abraham García Editorial Opinión Voces del Periodista Edición 384

Los símbolos transparentes de nuestra “democracia”

Abraham García Ibarra

Fieles por formación cívica al santoral republicano somos, sin embargo —por oficio asumido e irrenunciable—, observantes del calendario periodístico.

De nuestra libreta de reportero, rescatamos el 2 de octubre de 1968 (Matanza de Tlatelolco), 24 a 28 de noviembre de 1975 (inicio de la expropiación de latifundios en Sinaloa y Sonora), 1 de septiembre de 1982 (Expropiación bancaria/ Campaña empresarial México en la Libertad), 19 de septiembre de 1985 (sismos que devastaron la Ciudad de México), 6 de julio de 1988 (terremoto político provocado por las tendencias dominicales del voto en la elección presidencial), 31 de enero de 2013 (explosión en la Torre de Pemex en la Ciudad de México)…

Historias que no terminan aún de escribirse

Del octubre negro del 68 se dijo una década después que, de la crisis de conciencia, pasamos a la conciencia de la crisis. Se legisló la Gran Reforma Política de 1977-1978,

Las afectaciones agrarias produjeron la primera ruptura entre el poder económico y el poder presidencial. La expropiación del sistema de banca y crédito provocó la segunda ruptura. Ocho años después, fue revertido el decreto del 82: Se inició el proceso de desnacionalización del sector bancario y financiero, ahora extranjerizado.

La campaña México en la Libertad devino nuevo corporativismo empresarial y, a la larga, asociaciones público-privadas que exacerbaron el contratismo público y la corrupción.

Los sismos de 1985 generaron en la Ciudad de México nuevos movimientos sociales emergentes que, en 1997, desplazaron al PRI del poder en el Distrito Federal.

El “terremoto político” de 1988 auspició la primera usurpación del poder presidencial contemporánea; la segunda se registró en 2006.

La explosión en la Torre de Pemex fue premonitoria de la Reforma Energética a mitad de sexenio pasado, maquinada en el seno del fáctico Pacto por México.

Verdades históricas por decreto

De 1968 al otoño de 2014 hemos recibido verdades históricas que han dejado más preguntas que respuestas.

La masacre del Jueves de Corpus el 10 de junio de 1971, fue un choque entre grupos antagónicos; el asesinato del cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo, el 24 de mayo de 1993, fue producto de un fuego cruzado, el atentado contra Luis Donaldo Colosio, el 23 de marzo de 1994, fue obra de un asesino solitario. La desaparición de Los 43 de Ayotzinapa sigue entre corchetes…

La verdad histórica de la que hacemos memoria en esta entrega, se dio a conocer por el procurador general de la Republica, Enrique Álvarez del Castillo, apena 33 horas después de la gran conflagración que devoró áreas emblemáticas del Palacio Legislativo de San Lázaro, la madrugada de 5 de mayo de 1989.

Ese mismo día, vimos derretido sobre el salón de plenos el metal, chapeado de oro, con que se grabaron nombres de próceres mexicanos, desde Miguel Hidalgo. Quedaron casi irreconocibles los bustos de José María Morelos, Ricardo Flores Magón y Lázaro Cárdenas, entre otros.

Las llamas en el recinto parlamentario de la Cámara de Diputados se iniciaron un viernes a las 3:45. Para la tarde del sábado siguiente, Álvarez del Castillo, daba a conocer los resultados del casi instantáneo e irrebatible peritaje.

Traviesos ratones conspiraron el atentado

El fuego fue iniciado en el espacio de las asambleas generales por ratones que mordieron sobre las alfombras líneas de alimentación eléctrica, provocando un corto circuito. Ahí se acabó el corrido y empezaron las especulaciones sobre la verdad sospechosa.

Durante los violentados Colegios Electorales en la Cámara de Diputados del verano del 88 -de autocalificación de legisladores y de dictamen de la elección presidencial-, los servicios de Seguridad interceptaron a la entrada del salón de plenos a un español naturalizado norteamericano, acreditado como fotógrafo, en cuya mochila se encontraron plásticos explosivos. El sujeto fue ocultado y beneficiado con la deportación.

El procedimiento legislativo por el que se dio la presidencia a Carlos Salinas de Gortari, fue tipificado por el constitucionalista y diputado priista, don Antonio Martínez Báez, como un Golpe de Estado técnico.

Desde que, a principios de septiembre, la Comisión de Gobernación, presidida por el priista Miguel Montes García, distribuyó copias del proyecto de dictamen, las bancadas de la oposición pretendieron, por encima de la custodia militar, apoderarse y abrir los paquetes electorales del 6 de julio, depositados en algunos cajones del estacionamiento subterráneo del complejo arquitectónico de San Lázaro.

Sobre el pleno deliberativo, el diputado por el Frente Democrático Nacional (FDN), Félix Salgado Macedonio —abriendo unos costales— había esparcido cenizas de boletas electorales quemadas a orillas de ríos y arroyos de Guerrero, presuntamente probatorias del fraude en la elección presidencial.

Legitimidad de gestión por concertacesiones electorales

Con ese expediente, la primera versión esgrimida por los diputados del FDN y del Partido Acción Nacional a la LIV Legislatura, respecto del incendio del 5 de mayo de 1989, giró sobre un acto premeditado con la intención quemar los paquetes electorales.

Tres meses después del “golpe de Estado técnico”, el candidato presidencial del FDN, Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano, se había replegado. El del PAN-Poder Ciudadano (Coparmex), Manuel de Jesús Clouhier del Rincón, había sido traicionado por la dirigencia nacional azul, jefaturada por Luis H. Álvarez.

Para el 2 de diciembre de 1988, ya estaba “planchada” en Los Pinos la Alianza Estratégica pactada por el PAN con el usurpador, conforme una permuta: Legitimidad de gestión versus concertacesiones electorales.

Finalmente, en la siguiente legislatura, con el consentimiento del coordinador de la bancada azul en San Lázaro, Diego Fernández de Cevallos, los afamados y disputados paquetes electorales del 88 fueron incinerados.

Fernández de Cevallos se baja del carro triunfal

Fernández de Cevallos fue candidato presidencial del PAN en 1994. Abandonó después de haber ganado de calle —12 de mayo— el primer debate presidencial a su adversario más temido, el candidato suplente de Colosio, Ernesto Zedillo Ponce de León, y a Cárdenas Solórzano; éste, ahora en segunda vuelta.

En 1997, con el propio Cárdenas Solórzano, el PRI perdió la joya de la corona, la sede de los Poderes de la Unión. Tres años después, el “partido casi único” entregó Los Pinos al PAN.

Lodos de aquellos polvos contaminan la transición

Medio siglo de esta narrativa, dos alternancias en Los Pinos y dos tentativas después, despacha en Palacio Nacional Andrés Manuel López Obrador.

Lodos de aquellos polvos, se habla ahora de Cuarta Transformación. La verdad histórica real es que, después de más de dos décadas, algunos siguen pronunciando, ahora muy quedito, el concepto transición democrática.

Lo que tenemos hoy, es un Estado neoliberal que se niega a morir y el nuevo Estado no acaba de diseñarse y ponerse a caballo. Una obra histórica no es miel sobre hojuelas. Hay muchos fierros en la lumbre. Es cuanto.

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