Voces del Periodista Diario
Opinión

11 de Septiembre

Por José Luis Avendaño C.

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Existen dos conmemoraciones del 11 de Septiembre, en las que Estados Unidos es protagonista. La primera data de 1973, cuando fue derrocado el régimen constitucional de Salvador Allende, elegido tres años atrás, con la ayuda del inefable Dr. K. (Henry Kissinger, Premio Nobel de la Paz), cuando se entronizó la dictadura de Augusto Pinochet (sobrevive su Constitución), y Chile se convirtió en el laboratorio del modelo neoliberal, que se implantaría en casi todo el mundo, gracias a la pareja Reagan-Tatcher, en la década de los ochenta.

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El otro 11 de septiembre, es de 2001, cuando un avión secuestrado se estrelló en las Torres Gemelas de Nueva York, en el centro financiero de Wall Street. Ese día, otros dos aviones se estrellarían: uno en el Pentágono, centro del poder militar estadunidense.

Dicha acción, terrorista, le serviría al presidente George W. Bush inaugurar una ola de patrioterismo, reelegirse y desatar una ofensiva de terror, culminando la tarea de su padre, el también presidente George H. Bush. Ofensiva que dura hasta la fecha.

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Un informe de la Universidad de Brown, bajo el título: Costos de la guerra (Costs of War), revela que, en todo este tiempo, al menos 37 millones de personas en el mundo han sido desplazadas –en su mayoría, civiles— debido a las guerras contra el terrorismo (terror wars) emprendidas por Washington, y que comenzó tres semanas después, el 7 de octubre, con la invasión a Afganistán, el mayor productor de opio, bajo el control, ambos –territorio y producción-distribución—, de EU.

Lo anterior se acompaña de una fobia anti islamista y una política de fronteras cerradas a los refugiados y a los migrantes en general, que se convirtieron, todos, en terroristas.

El número real oscila entre los 48 y 59 millones de personas. El informe no incluye operaciones antiterroristas más pequeñas en Burkina Faso, Camerún, República Centroafricana, Chad, República Democrática del Congo, Malí, Nigeria y Somalia.

David Vine, profesor de Antropología de la American University y principal autor del informe, califica la participación de Estados Unidos de “horriblemente catastrófica

The New York Times Magazine, 9/9/2020.

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11 de Septiembre, Día contra el terrorismo, escribe Eduardo Galeano:

Se busca a los secuestradores de países.

Se busca a los estranguladores de salarios y a los exterminadores de empleos.

Se busca a los violadores de la tierra, a los envenenadores del agua y a los ladrones del aire.

Se busca a los traficantes del miedo.”

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“Enero de 1959. Con la preocupación de la campaña presidencial, ni Salvador ni sus partidarios comprendieron que en el Caribe estaba gestándose un huracán que remecería las fundaciones de la izquierda latinoamericana”.

Así comienza el capítulo: Ecos tropicales, del libro: Salvador Allende. Una época en blanco y negro (El País/Aguilar. Argentina. 1998), que es una profusa biografía del médico y político socialista , que debo al amigo Domingo Cadín, en aquel tiempo (1970-1973), primero estudiante y después preso político, que llegaría a México exiliado, al que llamo chilemex.

En ese mismo mes de enero de 1959, llega a Cuba Salvador Allende, donde conoce al Che Guevara, en el Cuartel de la Cabaña, que tiene un ataque de asma:

“Mire, Allende, yo sé perfectamente quien es usted. Yo le oí en la campaña presidencial del ’52 dos discursos, uno muy bueno y uno muy malo. Así que conversemos con confianza, porque yo tengo una opinión muy clara de quién es usted”.

Che andaba, en ese tiempo, después de graduarse de médico en su natal Argentina, de pata de perro, recorriendo Latinoamérica.

Más tarde, le regalará su libro: Guerra de guerrillas, con la siguiente dedicatoria: “A Salvador Allende, que por otros medios trata de obtener lo mismo. Afectuosamente, Che”.

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…no se olvida.

Me refiero al 11 de septiembre de 1973, cuando el bombardeo al Palacio de la Moneda, en Santiago de Chile, que terminó, violentamente, con la experiencia socialista del presidente constitucional Salvador Allende. Más que la Revolución Cubana, lo que daba miedo era el socialismo por la vía democrática. Era y es un pésimo ejemplo. Tan siquiera buscar un manejo independiente y soberano de nuestros recursos es una herejía para la doctrina neoliberal.

Desde el mismo día del ascenso de Allende, el 4 de septiembre de 1970, el Departamento de Estado, de la mano de Henry Kissinger, operó para derrocar a la Unidad Popular, proceso que culminó con el golpe de Estado de Augusto Pinochet. Miles de torturados, asesinados y desparecidos, y la implantación, a sangre y fuego, del modelo neoliberal, y en el que Chile sirvió de laboratorio. Un modelo excluyente y expoliador del trabajo y recursos, en beneficio del gran capital.

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Dice Rosa Luxemburgo en Reforma o Revolución (1899):

“Las instituciones, aunque democráticas en su forma, son en su contenido instrumentos de los intereses de la clase dominante. Esto se demuestra en el hecho más palpable en el hecho de que, en cuanto la democracia muestra una tendencia a negar su carácter de clase y a convertirse en un instrumento de los intereses reales de las masas populares, la burguesía y sus representantes en el aparato del Estado sacrifican las formas democráticas”.

A sangre y fuego.

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“A las 7:20 Allende llega a La Moneda con información confusa sobre el movimiento de tropas. Estaba confirmado el alzamiento de la Armada, pero también podía tratarse de un hecho aislado. Él y su escolta sabían que ingresaban al preámbulo de la batalla. Al entrar en el palacio presidencial, Salvador Allende asumía el riesgo de quedar aislado de los comandos comunales de trabajadores y de los obreros y militantes de izquierda que circulaban por los barrios obreros y la zona de los cordones industriales. Se trataba de una decisión republicana y constitucional. No podía sino tener claro que sería cercado y sometido a un duro ataque, que sólo podría evitar con su rendición”.

—Patricio Rivas: Chile, un largo septiembre (Ediciones Era. México. 2006).

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Fotos: Esa bala no miente. Así titula su narración Eduardo Galeano:

“Santiago de Chile. Palacio de Gobierno, septiembre de 1973.

“Se ignora el nombre del fotógrafo. Ésta es la última imagen de Salvador Allende: tiene puesto un casco, camina con el arma en la mano, mira al cielo, los aviones escupen bombas.

“El presidente de Chile, votado en elecciones libres, había dicho:

—Yo no salgo vivo de aquí.

“En la historia latinoamericana, es una frase de rutina: la han pronunciado muchos presidentes que a la hora de la verdad prefieren sobrevivir, para seguir pronunciándola.

“Allende no sale vivo de allí.”

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“¿Qué queda de Allende ya muerto, ‘ya muerto, ya de pie, ya inmortal, ya fantasma’, en el decir de Borges?” Es la pregunta con la se abre el último capítulo: In Memoriam, del libro: Salvador Allende. Una época en blanco y negro (El País/Aguilar. Argentina. 1998),

Una de tantas respuestas, la adelanta él mismo en su último mensaje por radio, que escuché, horas más tarde por Radio UNAM, de regreso de CU, ese 11 de septiembre de 1973, a manera de promesa o, si se quiere, de utopía: “Mucho más temprano que tarde se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre para construir un mundo mejor”.

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“El único punto de partida posible para una buena negociación, con militares que fueran realmente antigorilas, es: el inmediato abandono de la Junta Militar del gobierno, el encarcelamiento y sometimiento a juicio popular de sus cuatro miembros, de todas sus autoridades militares y civiles de gobierno, e incluso la Corte Suprema y los miembros del poder judicial, comprometidos en masacres, asesinatos, torturas y mutilaciones a trabajadores. La lucha será larga y difícil. Recién comienza. Hemos recibido algunos golpes, los hemos superado, más golpes vendrán. Sabemos que en esta lucha se nos puede ir la vida, pero la continuaremos hasta la victoria”.

— Miguel Enríquez, dirigente del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), el 10 de septiembre de 1974, en un documento citado del partido. Citado por Patricio Rivas: Chile, un largo septiembre (Ediciones Era. México. 2006).

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Eduardo Galeano cuenta la historia de un pueblo que no tenía nombre. Alguien, que un día recorría una sierra por el norte de México, se encontró un pequeño libro que hablaba de un personaje del que nunca había oído hablar. Lo leyó y cuando regresó, dijo: “Ya tenemos nombre”. Y leyó para todos.

Desde entonces, el lugar de llama Salvador Allende.

* Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista de Voces del Periodista.

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