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2019: Apostando por la Teoría del Caos

La Piedra en el Zapato

Por Abraham García Ibarra

La vieja lucha de los partidos históricos mexicanos, se inspiró en el imperativo de abolir la dictadura perfecta, representada por el partido casi único, cuya marca de la casa era, en el campo electoral, de todas, todas.

El partido invencible, el de la aplanadora en toda contienda por el poder, fue el objetivo de la Gran Reforma Política 1977-1978 que, al postular la civilidad en la lucha de los contrarios, dio su sitio a las minorías partidistas y sociales, incluso a los agentes que habían optado por la acción armada.

En 1988 fue fracturada, a fuerza de votos, la hegemonía del añoso partido de la Revolución. En lo sucesivo, la nueva correlación de fuerzas en el Congreso de la Unión y en algunos de los estados de la República, fue una realidad universal y pacíficamente aceptada.

De cómo aplicar el método de gobernar oponiéndose

A ello siguió la primera alternancia partidista en el poder presidencial. Sin bien el PRI aceptó a regañadientes su nuevo estatuto como opositor, durante dos sexenios en el exilio de Los Pinos supo administrar con eficacia su presencia dominante en 20 estados y su presupuesto parlamentario para ejercer la máxima política: La oposición gobierna oponiéndose.

De nuevo en Los Pinos en 2012, el tricolor aceptó cohabitar con el PAN y el PRD, sus enemigos políticos históricos, y fauna de acompañamiento, para concretar el fáctico Pacto por México y sacar adelante las iniciativas de gobierno que convenían a la nueva Presidencia.

La nueva generación de dirigentes de los partidos que impusieron su mayoría en dicho pacto, parece olvidarse de los objetivos de la Reforma Política del 77-78: Generar un sistema de partidos políticos que equilibre los derechos de la mayoría y las minorías, a fin garantizar el saludable funcionamiento del Estado, teniendo como prioridad los derechos de la sociedad civil.

Por mero ardor, dispararle a todo lo que se mueve

El ardor de la derrota del 1 de julio de 2018 sigue moviendo el instinto de los operadores de las formaciones de oposición, particularmente en el Congreso de la Unión, donde ejercen la práctica de dispararle a todo lo que se mueve.

Y lo que se mueve son iniciativas fundamentales para corregir el inadmisible estado de cosas, producto de casi cuatro décadas de operación del Estado neoliberal.

Un principio de resistencia de la bronca oposición contra el poder establecido, aun emanado éste de la mayoritaria voluntad popular, es centrar las tácticas operativas contra un punto único: En este caso, el titular del poder presidencial. Se cree que, debilitando al jefe del Ejecutivo, lo demás caerá por añadidura.

Si es una táctica que hace abstracción de los ingredientes de la política de altura, lo obvio es que los diseñadores del combate se abstengan de apelar a las ideas y la opción doctrinaria y programática, para apostar sólo por la anarquía.

Directos al terreno de la barbarie

Lo que ocurre con los partidarios de la teoría del caos, es que se llevan entre las espuelas a más de 45 millones que el 1 de julio pasado votaron por el cambio institucional e ideológico.

Así, pues, la democracia contratada es empujada al terreno de la barbarie. ¿Quién se salva del desenlace? Ni sus impulsores. Es cuanto.

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