Voces del Periodista Diario
Norberto Hernández Montiel Opinión

A propósito de dos revoluciones en comunicación

Ojo Público
Por Norberto Hernández Montiel

El anuncio del presidente Andrés Manuel López Obrador respecto a la forma en que se llevará la señal de Internet a todo el territorio nacional por medio de la empresa de telecomunicaciones Altán, representa una revolución en cuanto al acceso a contenidos e información, a través de las Tecnologías de Información y Comunicación (TIC).

Es muy interesante lo relativo a esta compañía, creada en el sexenio anterior, a través de la entrega de concesiones y crédito de Nacional Financiera, pero no será el tema en esta ocasión.

Resulta oportuno revisar, a vuelo de pájaro, las circunstancias y la forma en las cuales surgió otra revolución en nuestro país: la llegada de la televisión, que también representó el reto de informar y comunicar masivamente a los mexicanos.

El invento de John Logie Baird, que para 1936 ya había iniciado trasmisiones en Gran Bretaña y tres años más tarde en Estados Unidos, llegó a México hasta 1947.

Nos ahorramos la fascinante historia y sólo recordaremos que la TV en México pudo ser un medio público, como la British Broadcasting Corporation (BBC) de Londres.

El entonces presidente de México, Miguel Alemán Valdés, encargó una investigación para determinar qué modelo se implantaría aquí. El responsable fue Carlos Chávez, director del Instituto Nacional de Bellas Artes, y éste comisionó a dos personajes notables de la época: el escritor y periodista Salvador Novo y el inventor Guillermo González Camarena.

No obstante se evaluó seriamente la posibilidad de que la televisión fuese pública, decidió el supremo dedo de Alemán, con la idea de favorecerse a sí mismo.

La primera concesión no se entregó al empresario de la radiodifusión, Emilio Azcárraga Vidaurreta, fundador de la dinastía, sino a Rómulo O’Farril, y la transmisión pública inaugural, realizada el 31 de agosto de 1949, fue precisamente el Informe de Gobierno de Alemán Valdés.

A lo largo de su historia, la televisión en México se consolidó como el negocio privado al que desde el principio le había echado el ojo Azcárraga Vidaurreta, quien ya se había consolidado como empresario de la comunicación a través de su ambiciosa radiodifusora XEW.

El complejo que hoy se localiza en Avenida Chapultepec 18 inicialmente sería Radiópolis, pero el primer Azcárraga de los medios lo transformó en Televicentro, el cual inició operaciones el 12 de enero de 1952.

Entre sus primeros programas exitosos estuvo Telecomedia de Manolo Fábregas. A pesar de que esa emisión, como otras de las iniciales, tenía marcada influencia teatral, el entretenimiento fácil se iba abriendo paso y comenzó a predominar.

Directores de cine, como Miguel Zacarías, desde muy temprano, denunciaron lo que veían mal en la televisión. En la película Necesito dinero, estelarizada por Pedro Infante y Sarita Montiel, Zacarías mostró los humillantes y tramposos programas de concurso por medio de los cuales se engañaba a los ingenuos competidores que trataban de convertirse en estrellas.

El nuevo medio se iba transformando en una miscelánea de distracción, donde cabían lo mismo las funciones de lucha libre que los cuentos de hadas del Teatro Fantástico de Enrique Alonso, mejor conocido como Cachirulo.

Para hacer justicia, es necesario decir que tanto O’Farril como Azcárraga Vidaurreta pusieron su capital en riesgo cuando había pocos televisores en México, y apostaron al futuro, pero el segundo trasladó su experiencia de entretenimiento en XEW a la televisión, y supo explotarla.

Sigamos con el desarrollo de la empresa. Para 1955, O’Farril le propuso a Azcárraga la fusión de sus televisoras, durante el sexenio de Adolfo Ruiz Cortines, quien consintió, a pesar de que se estaba formando un monopolio, contrario al espíritu del Artículo 28 de la Constitución.

Así, ese año nació Telesistema Mexicano (TSM), el antecedente de Televisión Vía Satélite (Televisa), la empresa de Azcárraga Milmo, surgida de la fusión entre ésta y la efímera Televisión Independiente de México (TIM), propiedad de la familia regiomontana Garza Sada. Tal operación se concretó en enero de 1973 y persistió el esquema monopólico.

Respecto a la programación, una buena parte de los mexicanos, latinoamericanos y la población del sur de Estados Unidos consumían telenovelas, fut bol soccer y programas de variedades, los puntales que constituían la oferta del monopolio.

En 1982 México tuvo un organismo público descentralizado cuyo nombre fue Instituto Mexicano de la Televisión (Imevisión), el cual operó, inicialmente, los canales 13 y 22 en el entonces Distrito Federal, y posteriormente el Canal 7. La historia es más larga y compleja, pero estamos ofreciendo una visión panorámica.

La programación de los canales 7 y 13 ofreció algunas opciones interesantes de entretenimiento, entre las cuales destacó La Caravana, un programa itinerante, inspirado en las carpas que abundaron en la Ciudad de México desde inicios del Siglo XX. Éste terminaba con una notable parodia de los programas de concurso que caracterizaron a Televicentro-Telesistema Mexicano-Televisa.

Es necesario un breve comentario respecto a esta forma de entretenimiento, de la cual la cúspide fue el infortunado Sube, Pelayo, sube, cuya conducción estuvo a cargo de Luis Manuel Pelayo, un excelente actor de doblaje, habilitado como burlón conductor de una imitación de feria de pueblo.

Una de las secciones más humillantes era la conocida como “P’arriba, papi, p’arriba”, en la cual se colocaba a la esposa e hijos del participante sobre una plataforma, a la que éste debía llegar corriendo sobre un resbaloso plano inclinado, con el fin de ganar varios premios. Sobra decir que el titánico esfuerzo implicaba muchas caídas frente a los ojos de la familia impotente y el numeroso público televisivo.

Este tipo de programa, llevado al extremo por Chabelo, quien humillaba a niños en su emisión En familia, fue el parodiado en Imevisión. Ausencio Cruz y Víctor Trujillo se encargaban de representar a los eternos protagonistas, el conductor Johnie Latino y el concursante, quien siempre se iba con las manos vacías, después de escuchar la cantaleta “lástima, Margarito, lástima”.

No todo en Televisa fue igual. Entre los intentos por hacer algo distinto estuvieron varias telenovelas de carácter histórico, como La Tormenta, El Carruaje y Senda de gloria. Hubo, inclusive un breve y tímido ensayo, de mediados de los 80 a 1990, para convertir al canal 9 en una opción cultural.

La conducción de este experimento la encargó Emilio Azcárraga Milmo a Miguel Sabido, pero el magnate, conocido como El Tigre, no quiso saber nada de ello. Inclusive, cuando se refería a este canal era sumamente peyorativo. Sintetizó su visión del púbico que lo enriqueció como “jodido”, en un célebre discurso que pronunció en 1993.

Ese mismo año surgió Televisión Azteca, a partir de la desincorporación de Imevisión, durante el gobierno de Carlos Salinas de Gortari, pero esa, parafraseando una serie de anuncios de ese sexenio, “es otra historia”.

Regresemos ahora a estos tiempos. El 3 de agosto de 2020, ante la persistente pandemia del COVID-19, durante la mañanera, el presidente Andrés Manuel López Obrador y el entonces secretario de Educación, Esteban Moctezuma Barragán, anunciaron que el lunes 24 iniciarían las clases de la SEP por televisión, para el ciclo 2020-2021.

Así es como la televisión privada se unió con Canal Once, Ingenio TV, el Sistema Público de Radiodifusión y la red de 36 radiodifusoras y televisoras educativas y culturales de nuestro país, para llevar la educación a los hogares.

De acuerdo con la información que proporcionó Moctezuma Barragán en aquella oportunidad, se producían y transmitían más de cuatro mil 550 programas de televisión y 640 de radio en 20 lenguas indígenas, con base en planes y programas de estudio de educación inicial, preescolar, primaria, secundaria y bachillerato.

Tal esfuerzo, de acuerdo con Emilio Azcárraga Jean, resultó “único en el mundo”. Fue por demás curioso que el SARS-CoV-2 unificara a las televisiones pública y privada, con el fin de llevar contenidos educativos a una población objetivo calculada en más de 30 millones de alumnos.

Aproveché el anuncio del presidente López Obrador para recordar que la televisión privada le debe al pueblo de México, no al gobierno, un esfuerzo mayor para dignificar su programación y ofrecer una calidad que vaya más allá del ámbito puramente tecnológico.

En ese sentido, cabe hacernos varias preguntas. ¿Qué imagen de mexicanos y mexicanas se difunde y promueve desde las televisoras? ¿Se sigue haciendo televisión para “jodidos”? ¿Qué más pueden aportar estas empresas, en favor de la educación y la cultura? ¿Qué vamos a hacer como sociedad?

Son unas cuantas del cúmulo de inquietudes que las audiencias tenemos respecto a los empresarios del sector. Esto nos pone además frente al reto que enfrentan los difusores de información y creadores de contenidos para Internet.

Hay una gran creatividad en México, pero también hay muchos influencers acostumbrados a consumir y trasmitir chatarra. Podemos sumar muchas fortalezas, y todo el país está involucrado.

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