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Alguna vez los mexicanos apostaron al Nacionalismo

La Piedra en el Zapato

Por Abraham García Ibarra

Entre las reflexiones que propusimos ayer como saludo de año nuevo, apelamos a la tesis de Ernest Renán, quien sostiene que la construcción de la nación, es el plebiscito de todos los días. Afirmamos, por nuestra parte, que la revolución electoral pacífica de 2918, se condensa en la voluntad popular de restaurar la nación mexicana; desafío a auténticos titanes.

En abril de 1993, un conspicuo barón del poder económico nativo hizo una incursión al estado de Utah (EU), en Salt Lake denunció que las elecciones presidenciales de un año antes le fueron robadas al PAN y clamó por la intervención internacional para resolver nuestros conflictos internos. En 1985, ese personaje pretendió la gubernatura de Sinaloa. En 1988 aspiró a la Presidencia de México; con resaltados frustrantes en ambos lances, por mandato en las urnas.

En las elecciones presidenciales de 1982 contendió por el PRI el ex secretario de Programación y Presupuesto, Miguel de la Madrid. Hecha la transferencia de la banda presidencial, José López Portillo se autoproclamó el último Presidente de la Revolución mexicana.

En línea con la entrega de ayer: 2020: México, a orillas del hoyo negro, retomamos a Renán, cuya tesis, escribimos, ha sido asumida por los seguidores de su pensamiento como venero del Nacionalismo.

La soberanía, enviada al costal de los dogmas y los mitos

Nos viene a modo la cuestión porque, después del mandato de De la Madrid, a partir de su sucesión se pretendió adjetivar como dogmas y mitos los principios de soberanía nacional, implantados desde mitad del Siglo XIX y reafirmados en la Constitución mexicana de 1917.

Dado que las elecciones presidenciales de 1982 y 1988 son tipificadas como parteaguas entre el viejo régimen y el Estado neoliberal, el ejercicio de nostalgia nos remite a las Siete tesis fundamentales que De la Madrid enarboló en campaña.

Caracterizamos la correspondiente al Nacionalismo revolucionario, la más combatida por la reacción neoliberal mexicana, aun antes de 1982, atribuyendo su inspiración en los textos de Lenin.

De la Madrid discernió con acentos rehyesherolianos: El Nacionalismo es el valor fundamental de la esencia mexicana; representa la síntesis de nuestra voluntad de constituirnos en una comunidad social, cultural, política y económicamente independiente. Como flecha al blanco.

Conciencia de constituirnos en Estado soberano

Continua De la Madrid: Una gran conciencia nacional logró, en el curso de nuestra Historia, la amalgama de razas y culturas que nos hizo mexicanos y nos mantiene mexicanos. Esa conciencia es nuestra voluntad de constituirnos en Estado soberano. Si el nacionalismo perdiera su sentido original, el resto de nuestros valores; sin el nacionalismo no podríamos concebir la libertad, la democracia y la justicia.

Si queremos ser realmente libres, vivir nuestra propia democracia e implantar nuestra propia idea de justicia, debemos tener clara la conciencia de nuestra identidad y de la dirección de nuestra proyección colectiva.

Este último punto nos remite a otra de las siete tesis: La Sociedad igualitaria, según nuestra lectura, la que nos proyecta a la democracia sustancial.

Imperativo, regulación de la concentración económica

Propone De la Madrid la igualdad en todas sus dimensiones: En la economía, mediante la promoción del empleo, la protección del salario, la regulación de la concentración económica; impuestos proporcionales y equitativos, gasto público redistributivo del ingreso y el crédito a las necesidades nacionales y populares. Un destinario en especial: La incorporación de las comunidades indígenas al desarrollo nacional

Esa propuesta de igualdad gira en torno a la Justicia Social. Cuando en el siguiente sexenio se dio el giro hacia el corporativismo empresarial, dicho imperativo pasó al inventario de los mitos y dogmas denunciados por el neoliberalismo.

Ahí estábamos parados cuando la oferta de la cuarta transformación en 2018 volcó a los mexicanos a las urnas, exigiendo un profundo y verdadero cambio; sobre todo, del modelo económico.

Todavía, en 2020, esperamos el verdadero y radical ajuste de cuentas con el pasado, dicho desde un enfoque filosófico. Es cuanto.

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