Voces del Periodista Diario
Norberto Hernández Montiel Opinión

Aquel verano de 1985

Ojo Público
Por Norberto Hernández Montiel

Hace dos años publiqué por primera vez esta crónica, en Facebook.
La publico nuevamente, ahora en “Voces del Periodista Diario”,
con algunas correcciones, porque ni aquella herida ni la de 2017
se han cerrado totalmente.

El 19 de septiembre de 1985 tenía apenas cuatro meses de casado y habitaba, con mi amada esposa Silvia, un departamento en Artículo 123, a unas calles de “La Jornada”, que se ubicaba en Balderas 68; ella coordinaba la Síntesis Informativa de Banca Serfín, frente al Palacio de Bellas Artes, donde entraba a trabajar a las 7:30, hora fijada por los directivos de la institución, nacionalizada con el resto de la banca tres años atrás.

Anoto el dato por si a algún colega le parece insólito el horario, debido a que la hora habitual para iniciar labores de esa naturaleza son las cuatro de la mañana.
Por ese motivo, a las 7:19 todavía estábamos en casa, cuando la puerta de nuestra recámara comenzó a

azotarse violentamente contra la pared. Yo estaba todavía en la cama, disfrutando el recuerdo de la celebración adelantada del primer aniversario de “La Jornada”, el cual por algún motivo se llevó a cabo el día 18, con todo y El Grito, que dio Carlos Payán, en el Salón Margo.

–¡Está temblando!– alertó la voz de mi amada, desde la cocina, donde preparaba el desayuno.

Traté de tranquilizarla, sin levantarme todavía de la cama, porque hasta entonces ningún sismo me había dado motivos de alarma. Ella llegó a la recámara cuando el movimiento, que había comenzado como oscilatorio, cambió a trepidatorio.

A pesar de que no nos ofrecería gran resguardo, para tranquilizarla le indiqué que en el marco del clóset podríamos protegernos de algún posible derrumbe. Realmente no creía que esa estructura aguantara, pero tampoco suponía que el departamento podría caer.

Fue una verdadera proeza recorrer los tres metros que separaban la cama de nuestro supuesto refugio, ante la violencia del movimiento. Llegamos al guardarropa, abracé a Silvia y escuchamos un imponente estruendo, con el cual se mezclaron gritos y sonido de cristales rotos. Tuve la ilusión óptica de que el departamento caía sobre nosotros. El tiempo se alargó y ni el sismo ni el miedo cesaban.

Cuando la tierra dejó de moverse salí al pasillo que conducía a la puerta de entrada y advertí una ligera nube de polvo. Abrí la puerta del departamento y vi una densa polvareda, mezclada con hedor a gas, que me lastimó la garganta de inmediato, así que cerré y regresé con mi esposa, que estaba en shock.

Le dije que debíamos salir sin demora, así que me vestí y nos dirigimos al departamento de enfrente, habitado por Rosita, una afable anciana hispana que vivía sola. Tocamos y abrió, apenada por “tanto desorden”. Le explicamos lo sucedido y le pedimos que nos acompañara a la calle, porque ignorábamos si el edificio era un lugar seguro.

Bajar por la escalinata semicircular, con Rosita de la mano, era lo más parecido al descenso por la ladera de un cerro, a causa de escombros cuyo origen no atinábamos a imaginar. Más tarde sabríamos que provenían de los pisos superiores de la Central Victoria de Telmex –localizada a espaldas de nuestro inmueble–, los cuales se habían derrumbado a causa de varias toneladas de sobrepeso en cables. El terremoto había sorprendido a un grupo de infortunadas telefonistas que desayunaban, después de su cambio de turno.

La calle era un caos de personas que lloraban o deambulaban, atónitas ante tanta destrucción. Caminamos hacia la Alameda Central sin darnos cuenta, y ahí hallamos al viejo Hotel Regis convertido en escombros, con su letrero incompleto coronando las ruinas. Los sentimientos se agolparon. Había sido no sólo sitio de referencia, sino de reuniones estudiantiles, después de que asistíamos a alguna función en su cine, donde vimos películas que sólo se programaban en la Cineteca Nacional, incendiada en 1982, o en la Muestra Internacional de Cine.

Mi esposa y yo nos dirigimos a Balderas 68, el edificio de “La Jornada”, porque no le habían permitido la entrada a trabajar en el banco. Fuimos los primeros en llegar y ella me ayudó a monitorear los noticieros de radio, porque las instalaciones de Televisa habían caído también.

Los datos comenzaron a fluir. Se había tratado de un terremoto de 8.1 grados en la escala de Richter, con duración de casi cuatro minutos y epicentro en Michoacán. Poco a poco nos fuimos enterando de la magnitud de la desgracia: los derrumbes del edificio Nuevo León, en Tlatelolco, la Torre del Hospital Juárez, el Hospital General, el Centro Médico, los talleres de costura de Tlalpan, edificios de departamentos completos. Era imposible creer lo que se iba conociendo paulatinamente.

No supe a qué hora llegó mi ahora fenecido colega Enrique Garay –homónimo del famoso especialista en deportes–, pero recuerdo que ambos, al enterarnos que el entonces presidente, Miguel de la Madrid Hurtado, realizaba un recorrido por el Centro Histórico, y en ese momento se hallaba en la esquina de Juárez y Balderas, acudimos y participamos en una conferencia de prensa improvisada en la calle.

Debido a los imperativos del trabajo, ese día sólo pude hacer una nota en la que se detallaban daños en las delegaciones (hoy alcaldías) del gobierno capitalino, y dejé este relato para más adelante, pero nunca creí que fuera a hibernar 35 años.

Constaté que mis padres se hallaran bien y esa noche mi esposa y yo pernoctamos en la casa de mi suegro, quien nos brindó su hospitalidad, en una zona de construcciones de una sola planta, porque no queríamos regresar a Artículo 123 ni a lugar alguno donde hubiera edificios.

Después me dediqué a dar seguimiento a la problemática de los afectados y las organizaciones que se agruparon en la Coordinadora Única de Damnificados (CUD).

La información se acumulaba con una velocidad vertiginosa. Se supo de los cuerpos con señales de tortura en la Procuraduría General de Justicia del DF; de las costureras atrapadas, mientras sus patrones rescataban telas y bienes; edificios pésimamente construidos y una enorme cadena de irregularidades, además de desgracias inevitables.

El trabajo periodístico implica mantener cierta distancia respecto a los hechos, pero eso fue imposible, con más razón al saber que los fallecidos tenían nombres y apellidos muy cercanos. María Eugenia Morales Barragán y Minerva Venegas Crespo, hermanas de dos de mis mejores amigos de la adolescencia, habían estado entre las víctimas letales.

La familia de María Eugenia iba a salir de la ciudad y ella se quedó en casa, muy cerca del Metro Insurgentes. Su hermano, mi amigo Félix, estaba con sus padres, su hermano y hermana en el Aeropuerto Benito Juárez y no pudieron abordar. Cuando regresaron, el edificio donde vivían estaba convertido en escombros. Minerva, hermana de mi amigo Francisco, tenía muy poco tiempo de haber terminado la carrera de Medicina, y murió en el Centro Médico; se quedó a dormir ahí porque había participado en varias cirugías y se hallaba agotada.

Leticia Hernández López, mi ex novia, una soprano excepcional, había quedado, con su progenitora y casi todos sus hermanos, cónyuges y sobrinos, entre los restos de lo que fue un bello edificio en las inmediaciones de la SCOP. Durante días no recordé que el 19 de septiembre había sido el cumpleaños de mi hermana, Magdalena.

“La Jornada”, como diario, y todos nosotros, perdimos al gran reportero Manuel Altamira, quien no alcanzó a abandonar su departamento en la Zona Rosa. Rockdrigo González, quien había tocado su guitarra y entonado sus “urbanhistorias” en el Margo, murió con su esposa.

El dolor era muy intenso y la información no se detenía… tampoco las placas tectónicas. Al día siguiente, la Redacción de “La Jornada” estaba saturada con el tableteo de las máquinas de escribir mecánicas, cuando sentimos que el suelo volvía a moverse. Lupita Bringas, secretaria del maestro Miguel Ángel Granados Chapa, gritó lo que todos temíamos:

–¡Tiembla!

Nos levantamos con temor, imponiéndonos calma mutuamente y salimos a la calle con la mayor serenidad posible. Ya sobre Balderas, veíamos como amenaza a todos los edificios cercanos: el que entonces albergaba oficinas del Inegi, frente a “La Jornada”; el de “Novedades”, en la esquina con Avenida Morelos.

Alguien sugirió que fuéramos a La Ciudadela, pero José Ureña nos cortó el paso; explicó que si se acordonaba la zona no nos permitirían regresar, así que nos quedamos en la esquina de Balderas y Victoria. Observamos hacia el norte y vimos el resplandor de un incendio en lo que quedaba del Hotel Regis.
Cristina Martin, mi compañera en la cobertura del sector urbano, me enseñó a una humilde familia que cargaba con unas cuantas pertenencias, caminando rumbo al sur. Ambos lloramos y nos abrazamos, impotentes ante tanta desgracia.

Don Carlos Payán nos llamó, desde la entrada del periódico, para informarnos que, en reunión, la directiva había decidido que “La Jornada” debía circular al día siguiente; nos invitaba a regresar al trabajo y decía que quien no quisiera hacerlo no iba a ser mal visto. La mayoría volvimos.

En la ciudad, hombres y mujeres, sin importar la edad, rascaban la tierra, ofrecían ropa y alimentos, conducían el tránsito e iniciaban el rescate de la familia en la que nos reconocíamos todos.

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