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CDMX: ¿La C es inicial de civilidad?

La Piedra en el Zapato

Por Abraham García Ibarra

Si usted tiene el privilegio de viajar en Metro, jamás se enterará en los relojes electrónicos de cada estación del sistema cuándo se cumplió el primer aniversario de la puesta en vigor la Constitución Política de la Ciudad de México por la que los habitantes de esta metrópoli pasaron de su condición de ciudadanos de segunda a ciudadanos de primera.

Los cronómetros -los que funcionan caóticamente- marcan las fechas y horarios de todo el mundo, de todos los meridianos y les sobran meridianos: Imposible saber si se llegará a tiempo a una cita; menos si, en una ruta de 21 estaciones, los trenes tienen hasta 19 atorones intermedios, con lo que se suman 40 paradas.

Los comerciales hablan de una Ciudad de derechos. No aplica en los vagones del Metro: Los niños, las mujeres embarazadas, las personas discapacitadas no pueden ocupar sus asientos reservados, porque una turba de sonámbulos de celular los hace víctimas de atropellos, acogotamiento e insultos en la disputa de esos lugares donde tienen que revisar sus memes y otros disparates de los que los proveen las redes sociales.

No es “La Ciudad de los perros” de Mario Vargas Llosa

Mario Vargas Llosa escribió La ciudad de los perros; nada que ver con la sede de los Tres Poderes de la Unión. Los dueños de las mascotas caninas dejan en la vía pública 500 mil kilos de excrementos al día. Las jardineras que los vecinos cuidan con amoroso esmero, se secan en las banquetas quemadas por la orina animal.

Los jardines públicos, que eran para la algarabía matinal de los niños o reposo vespertino de ancianos, son ahora de dominio exclusivo de insolentes amos que dejan sin lazo o bozal a las bestias, muchas de ellas de ataque.

No se dan abasto los tratamientos de traumatología

Los centros de salud y las clínicas citadinas tienen todos los días en sus salas de urgencia a pacientes que requieren tratamiento de traumatología por lesiones provocadas por empresas constructoras que no dejan banqueta ilesa en sus obras, cuyos escombros son amontonados en aceras y arroyos donde, para colmo, los agregan aquellos que hacen negocio con la recolección gratuita, sólo para dejarlos en jornadas nocturnas en calles sin vigilancia.

Por si algo faltara, para colmo las constructoras se piratean tomas de las redes de agua potable para su exclusivo servicio industrial, dejando sin suministro a usuarios domésticos ya establecidos y con derecho de tanto.

Los vecinos acomodados, a propósito, en colonias residenciales se apropian por sus pistolas de calles públicas para convertirlas en cotos privados, muchas veces empleados sólo para estacionamientos vehiculares: Prohibido el paso. De ello se encargan malencarados vigilantes en las casetas de seguridad.

El caos institucionalizado en las vías reversibles

Si hablamos, no de calles, sino de vías rápidas vemos cuán rápido corren los destartalados microbuses y autobuses, ni siquiera en competencia por el pasaje, sino simple y sencillamente por el colérico placer de burlarse y provocar a sus pares.

Nomás hay que ver el caos institucionalizado en las llamadas vías reversibles, dígase por la mañana en el Eje 6 o por la tarde en el eje 5, donde los carriles confinados son ocupados por contaminantes camiones “de limpia” o refresqueros, pipas de gas o unidades proveedoras de tiendas de autoservicio o de conveniencia. ¿Quién es capaz de quejarse contra las custodias armadas de las tanquetas transportadoras de valores?

Ahora, con los servicios de reparto a domicilio, no hay quien frene a los motolocos y bicilocos que invaden banquetas, calles peatonales, etcétera, lanzando a los arroyos a los indefensos caminantes, agredidos también por los tripulantes de patines del diablo electrónicos y de ruidosas patinetas.

Hablamos de adefesios rodantes de los servicios públicos de limpia.  Sólo son superados en polución por los puestos de hamburguesas a orillas de los parques o frente a centros de educación, que ensombrecen más los cielos capitalinos que los huracanes de septiembre.

Alcantarillas averiadas, negocio de talleres y vulcanizadoras

¿Centros de educación? Tenemos alrededor cinco en una sola manzana, desde primaria hasta bachillerato. Contamos 47 días en que, en el cruce de las calles Matías Romero y Nicolás San Juan, hay una alcantarilla sin tapa. La “protege” un fantasma azul. No es necesario señalar el peligro para los estudiantes. El negocio lo hacen los grulleros, talleres de reparación o reposición de suspensiones y las vulcanizadoras. Sólo citamos uno de cientos de esos socavones.

Dos que tres asuntos referidos a la movilidad hemos consignado: ¿Qué decir de los conductores particulares? Los reyes del asfalto no dan tregua a los peatones. Montados en su asiento de piloto hacen malabares con el vaso de café en una mano, el cigarro en la otra y el celular en la oreja. ¿Quién atiende el volante? Si bien nos va, la divina providencia, siempre y cuando no se esté maquillando en los espejos retrovisores.

En el mero centro histórico tenemos viejas y resquebrajadas moles de concreto a punto de desplomarse. No hay siquiera un listón de seguridad que advierta que sobre la humanidad de un transeúnte puede caer una mortífera loza.

Blasonamos de las secretarías de Protección Civil, que ni son civiles ni protectoras. Ayer por la mañana, ¿quién provocó la anarquía vehicular en ejes, avenidas y bulevares en ocasión del megasimulacro sísmico? Las propias brigadas responsables de la vialidad que cerraron estratégicas rutas, congestionando el tráfico en calles alternas transitadas por urgencia hasta en sentido contrario.

El toque senil: En los informes anuales de los ex delegados, ahora alcaldes, se reporta el gasto de millones de pesos en rampas reservadas para sillas de rueda de inválidos. Son, en realidad, “cajones” para vehículos de clientes de tiendas de conveniencia o de barrio en las esquinas, que van por sus chelas, botanas y cigarros.

¿A qué horas del 17 de septiembre se cumplió el primer aniversario de promulgada la Constitución Política de la Ciudad de México que hizo de los ex defeños ciudadanos de primera? En los relojes del Metro nuca lo sabremos. Es cuanto.

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