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Cuando México quedó en papel de peón del imperio

El lecho de Procusto

Por Abraham García Ibarra

A Enrique Peña Nieto sólo le restan escasas 40 semanas de mandato constitucional. Fatalidad del sistema métrico sexenal, inmune cualquier exorcismo.

De los ejes rectores y su praxis respectiva, propuestos por el Presidente el 1 de diciembre de 2012 y sustanciados en el Plan Nacional de Desarrollo (PDN) sólo reservamos un compromiso: El México en paz.

Para recurrir al lugar común, cuestionamos: Sin paz en las calles ni tranquilidad en las conciencias, ¿cómo podría avanzarse en otros objetivos y metas del plan sexenal de gobierno?

Eso que llaman geopolítica y geoestrategia

Abordamos la cuestión desde un punto de vista no planteado, salvo en algunos ensayos académicos especializados, en el campo del desarrollo nacional.

La doctrina consultada nos indica que todo Estado, con independencia del régimen de gobierno interno, tiene como soporte su soberanía. Venida a menos la soberanía nacional, el PDN está cargado de expresiones retóricas que no se concretan en la práctica.

Aquella doctrina habla de dos conceptos: La geopolítica y la geoestrategia. Nos quedamos con el segundo concepto. Los teóricos sostienen que un conductor de Estado debe privilegiar, sobre todo, una visión nacionalista del desarrollo.

Ambos imperativos, sin embargo, coinciden en tres fundamentos: 1) Conocimiento geográfico del territorio nacional para inventariar los recursos naturales y ordenar su explotación, 2) Conciencia de la vecindad geográfica, y 3) Una virtuosa combinación de las condiciones sociales y la potencia militar, factores que no son ajenos al tiempo cultural de la sociedad que se gobierna.

Nacionalismo, un modelo para armar en manos de Trump

Pongamos un ejemplo extremo: Aunque sus detractores acusen a Donald Trump de recalentar el proteccionismo económico, los elementos de su deshilvanado discurso tienen como raíz el nacionalismo, base -propone el inquilino de la Casa Blanca- para volver a hacer grande a América, colocado este término en la noción del Destino manifiesto.

La primera generación de tecnócratas neoliberales, al hacer su apuesta por la posmodernidad anunció la integración de México a Las grandes ligas.

En 1989, Carlos Salinas de Gortari presentó su Plan Nacional de Desarrollo. Retomando a vuelo de pájaro su contenido, podemos decir que se salva el análisis histórico en sus variadas dimensiones y proyecciones. Incluso, recoge sedimentos doctrinarios de las ideas-fuerza que a su vez en campaña propuso Miguel de la Madrid. Una de estas tesis es la del nacionalismo revolucionario.

Donde está la raíz de todos los males

Cuestionada su legitimidad de origen, sin embargo Salinas de Gortari operó para obtener esa legitimidad en tribunas internacionales. El Foro Económico Mundial, una de ellas.

En esa dirección, Salinas de Gortari se granjeó las primeras voluntades externas con la desnacionalización del sistema de banca y crédito y la contrarreforma agraria. Fueron las cartas de presentación para abrir el acceso de México a la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), que le concedió el fíat en 1994.

La jugada maestra, sin embargo, fue la negociación del original Tratado de Libre Comercio (ahora TLCAN).

El gobierno mexicano, como piloto de noche

Ese acto nos da pie al tema de esta entrega: ¿Hubo una valoración previa de principios de geoestrategia y de geopolítica (que ya recoge elementos de gestión empresarial y de la mercadotecnia) para tomar providencias alternativas contra la eventual liquidación de aquel instrumento; canasta en la que la tecnocracia neoliberal mexicana puso todos los huevos?

A la luz de las circunstancias actuales, todo indica que no. Naufraga el TLCAN y los negociadores mexicanos siguen dando palos de ciego a la defensiva, sin encontrar la cuadratura al círculo a cada nueva embestida de Washington. Navegan como pilotos de noche: Por aparatos.

El gobierno de Peña Nieto, frente a esa desafiante situación, no busca soluciones duraderas, sino salidas.

La opción mexicana más socorrida (peor el remedio que la enfermedad), es la del Acuerdo Transpacífico de Asociación Económica Estratégica (TPP). Lo hace a la desesperada, cuando Trump también le ha pegado en la línea de flotación a esa iniciativa.

No estorba al efecto, recordar que la motivación original del TPP, desde la óptica de la Casa Blanca, fue aislar a China a la luz no sólo de su reconocimiento como potencia económica, sino la fortificación de sus defensas militares.

No es casual que El Pentágono se haya embarcado casi por sistema en provocaciones en el Mar de China y en su hinterland que abarca específicamente Taiwán y Corea, con su hostil vecina la del Norte.

De un lado, la diplomacia mexicana, en ese tipo de retos superlativos, carece de eficiencia y eficacia requeridas en “las grandes ligas”. De otro, salvo la fuga a destino incierto, no se explica a la sociedad mexicana con claridad y convicción, cual es el costo-beneficio de esa aventura.

A final de cuentas, por la compleja interdependencia económica entre los Estados Unidos y China (el mayor acreedor del primero), la agenda la resuelven esos titanes bilateralmente, a expensas de los intereses de terceros que, a la hora de la verdad, no tienen vela en el entierro.

Sin producción de talentos, ¿qué le queda México?

Roto el secreto de las negociaciones originales, se sabe que en la temática del TPP se incluyen materias en las que México no tiene ni productividad ni competitividad, por una sencilla sinrazón: Ha dejado de lado producción de talentos que sólo se logra con una política pública en las ramas de la investigación científica y tecnológica.

De ello le queda a México la oferta de las ventajas comparativas que tienen como soporte la mano de obra casi regalada; su condición de país maquilador y su desperdiciado potencial energético, ya ofrecido también como arma de negociación en la revisión del TLCAN, cuando su agotamiento es una amenaza inminente advertida ya por la Comisión de Energía de los Estados Unidos.

Justiciable por el Derecho Corporativo Global

No es casual, ni gratuito, tampoco, que entre lo que le queda a México, es su condición de justiciable por el Derecho Corporativo Global en virtud de la concesión hecha a los consorcios multinacionales para que cualquier controversia contractual se dirima en tribunales no nacionales.

Existe un dictado de alguien que conoció del asunto por experiencia propia. Carl Clasewitz lo puso en estos términos: La guerra es la continuación de la política por otros medios.

No se requiere de una nueva normatividad coactiva del Acuerdo Transpacífico para que Washington, aún fuera nominalmente de este instrumento, imponga sus designios guerreristas.

Lo estamos viendo en el Medio Oriente y escuchamos los primeros redobles de los tambores de guerra en Venezuela, frente a lo cual, más que una diplomacia proactiva (parte de una geopolítica) México desempeña un papel de peón.

A Enrique Peña Nieto le restan escasas 40 semanas para abandonar Los Pinos. Si en más de cinco años no ha cumplido con su promesa de Un México en paz, ¿su sucesor tendrá margen de maniobra cuando su aval sea requerido por El Pentágono para continuar su “política” por otros medios? Es cuanto.

VP/Opinión/JSC

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