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De la crisis de conciencia, a la conciencia de la crisis

La Piedra en el Zapato

Por Abraham García Ibarra

Hasta Pero Grullo lo supo: Los partidos políticos –parcialidades del todo-, se constituyen para conquistar el poder. Una vez logrado, aparecen los caciques, proclamando: El poder no se comparte.

Un profeta tuxpeño, armado sólo con su poderosa cultura, don Jesús Reyes Heroles hombre de pensamiento y acción– propuso mejor ejercer una Política de altura; la propia del “animal político”. La política de cabotaje la dejaba a los ratones.

Para civilizar la lucha de los contrarios

Desde lejos vino don Jesús a dirigir el verdadero PRI, escala por la que ascendió a la Secretaría de Gobernación. Aquí abrió las alamedas mexicanas a la gran Reforma Política (1977-1978).

El núcleo de esa iniciativa fue la idea de armar y consolidar un sistema de partidos, primado por la civilidad en la lucha de los contrarios. Un sistema que procurara conciliar a mayorías y minorías, incluyendo a aquellos militantes políticos que en su momento optaron por la acción armada.

La Ley de amnistía rompió los candados de las prisiones, físicas y mentales, para incorporar a la escena institucional a los remisos.

Por el artículo 41 de la Constitución, los partidos alcanzaron el rango de entidades de interés público. Su misión, “promover la participación del pueblo en la vida democrática, contribuir a la integración de la representación nacional y, como organismos de ciudadanos, hacer posible el acceso de éstos al ejercicio del poder público”.

Tareas sustantivas, sujetas a programas, principios e ideas mediante el sufragio universal, libre, secreto y directo. Si es necesario recordarlo, la electoral es una función de Estado.

Cuando se gestó, se discutió, se aprobó y publicó la Gran Reforma, había pasado una década del trágico 2 de octubre de 1968. Escuchamos entonces la reflexión: “De la crisis de conciencia, pasamos a la conciencia de la crisis”. Medio siglo después, ¿tenemos conciencia de la crisis?

Las perversiones de la Gran Reforma del 78

La promisoria oferta democratizadora fue pervertida por el espectro de la partidocracia. En menos de dos décadas, México pasó por dos usurpaciones del poder presidencial.

A contrapelo de los perversos designios del grupo dominante, el 1 de julio pasado vimos reverdecer los jugosos ramajes de la Reforma Política del 78. Desde la primera semana de la elección presidencial advertimos, sin embargo, que la Cuarta Transformación de la Republica enfrentaría la resistencia de los  contumaces. Está ocurriendo.

Programas de gobierno, postulantes y nominalmente postulados a su conducción, cruzan por la rabiosa pugnacidad y la impugnación de los vencidos electoralmente. Expresión de la dialéctica, rectora de una buena democracia… a condición de que se respete, de veras, eso que llaman civilidad.

Medrosos gobiernos que se niegan a gobernar

Apelar a la inteligencia de don Jesús Reyes Heroles, no es casual. Amante de la Política, a la que llegó a ver bella, el pensador tuxpeño planteó hace cuatro décadas algunas previsiones.

Primera: Un gobierno mayoritario, no puede ni debe pretender satisfacer a todos. Complacer a todos es imposible en un régimen democrático; intentar condescender con todos es no gobernar, a moverse atendiendo presiones, ser gobernado.

Segunda: Ese, viene a ser un gobierno sin ideas, por plegarse a las ideas de otros. Tratar de satisfacer a todos es admitir que se carece de banderas, que no se tiene ideología, ni objetivos trazados; ni tampoco capacidad para alcanzarlos. Siguiendo ideas ajenas, indefectiblemente se acaba por carecer de línea propia.

Tercera: Medrosos regímenes que se refugian o simulan tal pretensión, abrigan inconfesos apetitos totalitarios o están dispuestos a renunciar a lo que es gobierno, a la unidad de acción estatal, y a caer en aquello que en nuestros días se llama policracia: El poder de muchos fuertes o que aparentan fuerza; el gobierno de varios poderes e, incluso, pseudo-poderes.

Cuarta: Cuando eso ocurre, se presenta la paradoja de no gobernar para seguir en el gobierno y, en consecuencia, se origina la impotencia gubernamental.

Responsabilidades de mayorías y minorías

Todo eso lo previno el sabio tuxpeño. Pero párrafos antes citamos de la Reforma Política la consideración y atención a las minorías: “Es común reparar en las responsabilidades de las mayorías, de sus instrumentos y del gobierno que las representa. Poco o nada se advierten las responsabilidades de quienes practican la oposición”.

En política, junto a la responsabilidad de las mayorías, se da la responsabilidad de las minorías. Unas y otras pueden escoger las cómodas puertas falsas, que no por cómodas dejan de ser falsas. Las primeras, creyendo que siempre tienen la razón, que todas las medidas son acertadas, que el gobierno nunca se equivocas, y menos sus integrantes.

Las segundas, cayendo en la crítica contumaz de todo y para todo, revelando incapacidad para reconocer aciertos, situándose en la perspectiva del negativismo, tomando a beneficio de inventario la legalidad, hallando en el oportunismo materia prima de la oposición y plegándose, mediante el transformismo, a cualquier gusto, según el golpe del viento. Olvidan que no hay viento favorable para un barco sin destino.

Hasta ahí la larga cita de quien propuso y explicó el Estado Social de Derecho.

En física, tenemos la figura de una masa crítica. Los teóricos nucleares han establecido que su eficaz administración genera un equilibrio dinámico: Productivo. Lo contrario, puede desencadenar el holocausto.

Vale lo mismo para la Política, si la queremos de altura. Tenerlo presente si, repetimos, estamos conscientes de la crisis. Lo escuchamos en el 78 respecto del 68. Estamos cumpliendo medio siglo de La matanza de Tlatelolco. No le busquemos tres pies al gato… Es cuanto.   

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