Voces del Periodista Diario
Opinión

Decodificar el momento del cambio

Por Eduardo Pérez Haro

Para Alberto Montoya

En este momento se cruzan determinaciones sobre nombramientos y medidas de gobierno del virtual presidente electo con las observaciones críticas sobre ambas, teniendo de trasfondo un exacerbado clima de violencia e inseguridad y la confianza expectante de los electores del 1° de julio pasado. Un marco en el que se cruzan trazos y figuras que delinean un cuadro cubista difícil de decodificar.

Un cuadro en el que no se puede dejar de poner en primer plano la ingente necesidad de sosegar la atmósfera criminal que llena los espacios noticiosos de la televisión, inhibe el tránsito ciudadano en los lugares públicos, propicia el cierre de negocios, vulnera el ánimo de la gente y deja en duelo a las víctimas. Destruye y no deja estudiar ni trabajar.

La erradicación de la corrupción en las fuerzas de seguridad, y en general en la estructura y función pública es una vía, bien, aceptemos que está bien porque, sin duda, también por ahí pasa, pero asimismo corre por el sistema financiero formal que se atiende con medidas de control por monto de las operaciones y demás, pero que deviene en mecanismos de persecución fiscal para el pequeño ahorrador o inversor del sector informal de la economía que en su mayoría encarnan los pequeños agentes del changarro que no están ahí por gusto… dejando correr los grandes flujos del crimen organizado, cuando debe ser, al contrario, mientras no se asiente el crecimiento y desarrollo económico.

El desarrollo económico es la mejor fórmula, muy bien, pero esa no es la solución sino el problema, y mientras destrabamos las dificultades y se establecen las condiciones para el desarrollo, será menester hacer algo que defina los márgenes donde no debe haber tolerancia al secuestro, la extorsión y el asesinato. Después, es preciso pasar a la legalización de las drogas. Y sí, paralelamente sentar las bases del desarrollo que eventualmente podría prenderse en el mediano plazo.

Ahora bien, el desarrollo no se prefigura sobre la expresión general de mercado interno sino con el desvelo de la ingeniería económica de la producción de bienes de capital y la integración de cadenas productivas mediante tecnologías, infraestructura y calificación de la fuerza de trabajo como principio rector; no es todo, pero desde ahí se ordena y se cimienta el conjunto económico nacional considerando la acción del Estado-gobierno en la perspectiva de direccionar un desarrollo endógeno como punto de apoyo estratégico.

El Estado tiene una tarea polivalente para el desarrollo que corre por cuenta del capital privado en la producción y el comercio, y que al estar indefectiblemente inscrito en la competencia global, siempre precisa de auxilio en el abatimiento de costos de inversión a la vez que debe ser limitado en la configuración de monopolios que bloquean la competencia como incentivo de la innovación tecno-productiva, arruinan a la mediana y pequeña empresas y ahondan la dependencia externa que se obliga con la compra de insumos y partes para la integración de productos finales. Las condiciones para la inversión privada (infraestructura, tecnología y fuerza de trabajo calificada…) y el impedimento de monopolios son tarea principalísima del Estado.

La confianza expectante de los electores es el activo que debe de ser considerado como el elemento de especial fuerza y permanente relevancia, pues se trata del nuevo actor de la trama del poder político tras décadas de estar atrapados en el thriller que han escenificado los poderes de hecho que encarnan grupos empresariales, sindicatos, partidos políticos, jueces, ministerios y policías, medios de comunicación y crimen organizado. Es la base del cambio posible. Factor probable de control ante la falla de gobierno o el cuestionamiento sesgado. Factor de ajuste al juego especulativo. Y si no se desdobla esa capacidad y no cumple ese papel todo queda expuesto. Morena es una posibilidad, la otra es la sociedad organizada.

Los poderes fácticos tratarán de aprovechar cualquier resquicio para reposicionar lugares que quedaron a la zaga tras el impacto de los recientes comicios. Tratarán de montarse en el galope de la crítica periodística y harán resonancias especulativas a través de sus gatilleros de pluma o de voz. Habrá que distinguir entre los que son poetas y los que hacen poemas, decía Miguel Grinberg a propósito de la autenticidad de la crítica que se reconoce por su ajuste contextual y el sentido de identidad y pertenencia que se guarda respecto de los movimientos de base. Con lo que la crítica debe ventilarse y llevarse a cabo. No dejemos de reunir el pensamiento crítico con la expectativa de los electores, de advertir los riesgos y dificultades, ni de señalar los menesteres del cambio.

El cambio verdadero exige mucho más que el triunfo electoral, aunque sin éste todo parecería, si no impensable, siempre más difícil. Amén de remontar las limitaciones propias en el hacer de gobierno, ajustar los criterios de pertinencia y ciencia de la economía política y la política económica, así como realizar la esgrima del caso ante los adversarios siempre listos y actuantes, y reconocer en todo momento el sentido de la expectativa social comprometida, es preciso advertir y prevenirse ante las fuerzas inclementes de la naturaleza y el mercado.

Sí, las fuerzas que por su origen y dimensión presuponen una condición limitada de respuesta, a pesar de ello es preciso hacerlo. Por ahora una globalización entrampada por una situación de estrechamiento de mercados cuya circunstancia es acentuada por la guerra arancelaria en ciernes y en medio de ello, una renegociación del TLC que propone ampliar las áreas de libre comercio a energía, sistema financiero, comercio digital y compras gubernamentales con modificación en las reglas de origen en la industria automotriz, ventanas temporales para el comercio agropecuario y protección de propiedad intelectual sobre las tecnologías de factura norteamericana. La prerrogativa de aplicar, en última instancia, la ley norteamericana en la solución de controversias y preservar el derecho de salir del Tratado cuando se presente un desequilibrio inconveniente a la empresa norteamericana. Una propuesta cuyo principio se dirige a resarcir el déficit que la economía de Estados Unidos tiene en el comercio con México sin miramiento alguno.

Propone ampliar el mercado de compra en México y restringir el mercado en Estados Unidos. Y aunque nuestro país pudiera suavizar la aritmética de las pretensiones de cada caso en la mesa de negociaciones, difícilmente pueden alcanzar el sentido contrario de servir a la exportación nacional con afectación de la empresa y la industria norteamericanas. Y, sin embargo, México no puede renunciar fácilmente a la idea de suscribir el acuerdo, porque no tendría manera de colocar sus productos de exportación en otro lado de un día para otro, ni tampoco relevar las importaciones que hace de Estados Unidos. Lo puede hacer, pero requiere tiempo y gastos de gestión de un periodo más o menos largo, digamos que una década parece poco.

Suscribir el acuerdo no es bueno, pero no suscribirlo es peor. Por supuesto que habría una reacción desequilibrante en el tipo de cambio, servicio de la deuda, inflación, tasa de interés, inversión y empleo, como primer costo amén de asumir las dificultades fiscales y sociales de esta depresión. La diversificación del comercio exterior y el desarrollo de la reindustrialización de México, se decide en el gobierno del cambio, pero se inicia en la mesa de negociación del TLC.

El celoso análisis siempre nos permitirá decodificar el cuadro de nuestra circunstancia.

(*) Economista. Profesor de la UNAM y Vicepresidente del Centro de Estudios Estratégicos Nacionales. Correo electrónico: eperezharo@comunidad.unam.mx 

El presente artículo se publicó originalmente en El Sur.

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