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Del relativismo moral al México bronco

El lecho de Procusto

Por Abraham García Ibarra

Si este espacio tuviera algún lector -uno solo-, debemos advertirle que el siguiente tema no es apto para cínicos.

Adelantamos esa alerta cautelar porque, en el escenario de las campañas presidenciales de 2018, el cinismo es la mercancía más abundante y barata, casi gratuita, en el piso de remates electoral.

Partimos desde este cuadrante: Tres de los candidatos presidenciales, con diversos matices y grados, dicen estar muy mortificados por la pandemia de corrupción.

Nos parece que la corrupción no se consuma sólo con la directa,  galopante y criminal disposición de los bienes ajenos: Es corrupto también el que deja hacer, hacer pasar. Marca de la casa del neoliberalismo.

El terrible subversivo Albert Einstein

Para efectos de esta narrativa, adelantamos que el agente subversivo es el irrepetible Albert Einstein.

En 2019 se cumple el primer centenario de que el genio fue acreditado como el más grande de los científicos del siglo XX y acaso de los que vienen. Un eclipse detonó su celebridad.

En la observación de ese eclipse se comprobó la Teoría de la Relatividad General, cuyos enunciados Einstein presentó a la comunidad científica en 1915.

Desde nuestra atalaya de neófitos sólo diremos, a nuestro humilde entender, que dicha teoría disolvió los absolutos del tiempo y del espacio.

En un primer periodo, los hallazgos de Einstein asombraron  y ocuparon  a los filósofos. En un segundo periodo, preocuparon a los teólogos.

En ambos casos, aunque en diversos nichos, se puso en el centro del debate un producto derivado de la teoría de Einstein: El relativismo moral.

Lo que dijo Juan Pablo II: Un llamado a misa

Apuntamos ese concepto en el marco de la reciente conmemoración de la Semana Mayor: Durante los días de guardar, vimos a dos candidatos a la presidencia y uno a la jefatura de Gobierno de la Ciudad de México, haciendo ostentación de su fe. Uno incluso aplazó el inicio de su campaña congruente con su credo, según dijo.

Recordamos que, durante el papado, Juan Pablo II hizo varias visitas a México. Vimos a políticos, sedicentes católicos, postrarse a los pies del Pontífice e incluso besar el anillo papal.

Sospechamos, a la luz de expedientes públicos, que dichos políticos, que tan bien retrataron al lado o a los pies del Papa, nunca leyeron su encíclica Fides et ratio.

En ese texto, Juan Pablo II aborda el tema del relativismo moral. Obviamente, dictó prescripciones al respecto, dirigidas especialmente a los católicos remisos. Hasta aquí dejamos al ya consagrado santo padre.

¿Con qué se comen la Ética y la Moral?

En línea con el tercero y cuarto párrafo de esta entrega, retomamos el asunto de la corrupción, ya tan democratizada en México. En esto si ganamos medalla de oro. De mucho oro.

Frente al monstruoso espectro, se nos aparece en primer cuadro la cuestión ética. Una de sus más cómodas y socorridas licencias indica que, en el deslinde entre lo bueno y lo malo, aplica el libre albedrío individual. Derecho de elección de cada cual.

Pero en el mismo cuadro se cuela otro concepto y precepto normativo: La moral. Aquí las cosas varían. Para su observancia, la moral otorga autoridad a poderes civil y eclesiástico.

La autoridad civil, para el caso mexicano su casillero dice laico,  hace un condensado: Moral pública y Ética republicana. En el caso de la Iglesia dominante en México, la conminación es más coloquial: Se refiere a la moral y las buenas costumbres.

Ambas disciplinas, sin embargo, tienen un fin único: Buscar el bien.

El PAN y el PRI, cuerpo a cuerpo

De acuerdo con sus fuentes doctrinarias -en cuyo caso pueden citarse numerosos textos pontificios-, el Partido Acción Nacional, desde su declaración fundacional, le puso apellido a ese bien: Común, subrayó.

Tenemos a la vista un grueso documento del Partido Revolucionario Institucional elaborado hace dos décadas para el debate electoral con sus adversarios: Al cuestionar las proposiciones del PAN, no deja piedra sobre piedra al tratar eso del bien común, vis a vis con las proposiciones ideológicas y políticas del Revolucionario.

Volvamos al asunto del relativismo moral: Desde el inicio de la era neoliberal, los sedicentes políticos rebautizaron lo que a la vista de las buenas conciencias es un estigma: Le pusieron pragmatismo, hijo en línea directa del eclecticismo. Ambos engendraron el todo se vale en la política.

Señoras y señores: ¡Aquí está el relativismo absolutista!

Cuando el relativismo moral se mira en el espejo, ve al frente su verdadera imagen: La del relativismo absolutista.

Aquí, el relativismo moral cae hecho astillas: El relativismo absolutista autoriza la alteración de todos los códigos de conducta: Su terminal es el Anarquismo.

No el anarquismo clásico, cuyo extremo es el no gobierno, como expresión de resistencia a los mandatos de la autoridad política y eclesial, sino el anarquismo que pretende que cada individuo es depositario y titular de la responsabilidad moral para hacer lo que le dicten sus testículos.

Por esa autocomplaciente ruta, los políticos mexicanos han trazado el camino correcto, por el que ambulan como en aquella tonadilla: Que alegre va María. Por eso estamos como estamos.

El marxismo que abrasan los políticos mexicanos

Ese es el gran espectáculo que se regala a los mexicanos en los escenarios de la sucesión presidencial. Los candidatos difunden la impresión de que se han convertido al marxismo. Pero un marxismo selectivo.

No dicen, verbigracia: Me es imposible pertenecer a un partido que acepta a gente como yo.

Se presentan en los mítines -ahí donde el público, con su escasa presencia, exhibe la ausencia multitudinaria-, y de su ronco pecho expectoran: Damas y caballeros: Estos son  mis principios. Si no les agradan… tengo otros. Es el marxismo de Groucho Marx.

La fase superior del relativismo moral, es el Anarquismo. En esta estación estamos: ¡Qué cómoda para El México bronco. Es cuanto.

VP/Opinión/EZ

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