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Dos usurpaciones, 3 alternancias: 2 desencantos

La Piedra en el Zapato

Por Abraham García Ibarra

Ese es el saldo que caracteriza el tránsito de la democracia a la mexicana desde que en México sentó plaza el Estado neoliberal hace tres décadas.

Preciso es acotar que la tercera alternancia en los recientes 18 años, está aún la cuna materna.

La primera usurpación del poder presidencial data de 1988. Entonces, el constitucionalista michoacano de sello priista, don Antonio Martínez Báez habló en el Colegio Electoral de la Cámara de Diputados de un golpe de Estado técnico.

De aquella experiencia, nació el Instituto Federal Electoral y, en  parto retardado, el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (TEPJF), con facultades de autoridad administrativa, el primero y, el segundo de instancia jurisdiccional para la calificación de la elección presidencial.

La segunda usurpación presidencial se configuró en 2006. Su acta de nacimiento tuvo en su carátula aiga sido como aiga sido.

“El primer gobierno democrático en la historia de México”

En 2000 se produjo la primera alternancia en Los Pinos, de un maridaje entre los Amigos de Fox, del PAN, y el Pemexgate, del PRI, que pasaron por la pila bautismal del IFE y el TEPJF.

El cambio de partido en la residencia presidencial suscitó el entusiasmo de algunos intelectuales, que bautizaron el “producto” con el nombre de transición democrática.

El usufructuario de esa alternancia proclamó la llegada del primer gobierno democrático en la historia de México.

Casualmente, fueron aquellos idólatras de la transición los primeros en expresar su desencanto: El debutante se había envuelto en la bandera del combate a la corrupción y, ya en Los Pinos, auspició lo que con tanto ardor había denunciado en campaña.

La encarnación del “humanismo político”

Su sucesor se dijo portaestandarte del humanismo político y es hora de que no se sabe a ciencia cierta el número de muertos y desaparecidos en el sexenio, ni  de los sepultados en fosas clandestinas; menos, el balance de los daños colaterales.

En 2012 se dio la segunda alternancia en Los Pinos: Retornó el PRI. El depositario del cambio empezó por prometer a los mexicanos Un México en paz. Paz, fue la gran ausente durante el proceso de la sucesión presidencial de 2018.

El 1 de julio pasado el irracional -así lo diagnosticó “ya saben quien”- humor social, se volcó en masa en las urnas para manifestar con el voto de castigo  su hartazgo con el orden establecido.

¿Por qué no votaron 33 millones de mexicanos?

En ese punto, vale recuperar un dato: Unos 33 millones de ciudadanos inscritos en el listado nominal del Registro Federal de Electores no acudieron a votar.

Cualquiera puede mandar al casillero del abstencionismo (un 35 por ciento del potencial de votantes) esa deserción.

Falta el análisis científico para explorar las causas sicológicas que indujeron ese fenómeno: ¿Fue el miedo a la violencia política? ¿Fue la resistencia a la intromisión de los poderes fácticos? ¿Fue el rechazo a la compulsiva coacción mediática, que puso en entredicho el libre ejercicio del derecho al voto?

Ya tenemos la tercera alternancia presidencial del siglo XXI en México. Los demonios que se soltaron la víspera no regresan aún al círculo dantesco que les corresponde. Galopan todavía en los escenarios poselectorales.

La cuarta transformación de México está enunciada en el discurso triunfal. Las expectativas generadas sobrepasan la capacidad real de respuesta a tanta demanda expuesta durante las campañas.

Se negocia la reconciliación cupular con los grupos de poder real. La conseja recuerda que obras son amores y no buenas razones.

Hace falta el ministerio para “asuntos no importantes”

Un signo que nos conmueve en estas horas, es cierta voluntad expresada por la coordinadora de la campaña presidencial de Andrés Manuel López Obrador, Tatiana Clouthier Carrillo.

La sinaloense puso el acento en un punto que se deja de lado en los grandes  compromisos de gobierno. En versión libre reproducimos su preocupación: La falta de una dependencia que dé respuesta a los asuntos a los que no se concede importancia, no obstante que, desde el punto de vista humano, son los más importantes.

Se refiere Tatiana a “las demandas más sentidas” de la población, la excluida: La de la humilde madre sirvienta que solicita becas para el estudio de sus hijos; la mujer que busca a un pariente desaparecido; la que se queja de la violencia familiar; la del campesino que denuncia al cacique lugareño; la del precarista que no logra el cumplimiento del derecho a vivienda; la del  obrero cesante que necesita empleo; la del el marido que urge atención médica para su esposa; etcétera.

Son las pequeñas magnitudes que, sumadas, forman una gran magnitud. Como quien dice, en vez de una Oficina de Quejas en Los Pinos, un ministerio para los problemas no importantes.

En esas tragedias familiares, duele más el cuero que la camisa: Es el dolor social. Es cuanto.



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