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El votante quiere ver candidatos de cuerpo completo

El lecho de Procusto

Por Abraham García Ibarra

Arrojados al horno crematorio programas de acción y declaraciones de principios que pretendieron, con ofertas electorales diferenciadas, acreditar un sólido sistema de partidos, ¿qué le queda a la Gran Reforma Política de 1978? Ni las solapas.

A lo largo de cuatro décadas, el neoliberalismo atrajo hacia el centro a todas las opciones partidarias. Los tres partidos históricos que pugnan ahora por convertirse en primera minoría nacional no dejaron alguno de sus tres documentos fundamentales ni para el museo.

Los partidos políticos tienen como fin, a tono con su condición de entidades de interés público y de organizaciones de ciudadanos, “hacer posible el acceso de éstos al ejercicio del poder político, de acuerdo con sus programas de acción, principios e ideas que postulan”, prescribe la Constitución General (Je je je).

Tras el botín de 30 billones de pesos

Ahora, no hay línea divisoria entre moros y cristianos, entre tirios y troyanos, entre conservadores y jacobinos trasnochados, entre nacionalistas y lacayos, entre progres y nostálgicos del pasado: Hay un solo molde en el que todos los partidos pugnan por acomodarse como sardinas.

En ese papasal, la doctrina política dejó de serlo; el programa de acción, cápsula de spot, y los candidatos a puestos de elección popular entregaron su identidad partidaria, si alguna vez la tuvieron, a expensas del soplo mediático del momento y de la audiencia que se anima a escucharlos.

Hoy lo que parece estar en el centro de gravedad del interés de los partidos y sus candidatos a la presidencia, es únicamente el potencial botín de unos 30 billones de pesos del presupuesto sexenal de ingresos.

Si la corrupción pública cuesta a los mexicanos un billón de pesos al año, el cálculo de la ganancia malhabida sería de seis billones de pesos en el ejercicio del periodo presidencial.

Epítetos y diatribas, entre más altisonantes, mejor

La noble lucha de los contrarios para ofrecer a los votantes opciones de elección que muevan su confianza y esperanza, se practica ahora según los epítetos y la diatriba que más efecto produzcan, ya no en los medios convencionales, sino en las redes sociales que todo lo desnaturalizan y lo pervierten para dar gusto a enfermizas vísceras intestinales.

Alguna ocasión, el PRI propuso democracia y justicia social al electorado; el PAN tuvo como oferta una patria ordenada y generosa, y el PRD, democracia ya, patria para todos.

A estas alturas, ya no se puede hablar ni siquiera de la feria de las vanidades. El Eclesiastés no deja más que para cultivar flores de fango.

Arrancaron las campañas formales de los candidatos a la presidencia y a la jefatura de Gobierno de la Ciudad de México. El calendario quiso que esos eventos se dieran en la luctuosa Semana Mayor.

Campañas con genuflexiones cuaresmales

Vimos a candidatos formales, como ciudadanos y “creyentes practicantes”, haciendo genuflexiones entre el viacrucis y la solemne resurrección. De lo que se trata es de explotar la ingenua religiosidad popular en nombre de la democracia.

Lo que observamos en el candidato presidencial simpatizante del PRI, José Antonio Meade Kuribreña, fue un ejercicio de aquellos que la conseja popular describe como no negar la cruz de su parroquia.

En el spot vimos el anticipo. Luego lo confirmamos el domingo en vivo, en directo y a todo color. Meade se presenta como candidato de la gente decente.

Ese slogan lo adoptó el partido a cuya fundación convocaron Manuel Gómez Morín y don Efraín González Luna, el PAN, desde sus primeros años de brega de eternidad. Ergo: Si esa caracterización identidaria lo asumió el PAN contra el partido en el poder, lo que es obvio es que tipificaba al PRI como partido de la gente indecente.

En tratándose de lograr votos populares, resulta válido que cada candidato presidencial vaya pintando su raya. Si Meade pinta la suya, la lógica indica que quiere deslindarse de la fama pública que de corrupto tiene el PRI.

El deslinde de Zedillo, a toro pasado

En recientes días de efemérides, vimos en actos conmemorativos del PRI a su ex presidenta, María de los Ángeles Moreno Uriegas. La recordamos cuando, en ocasión del arribo de Roberto Madrazo y Elba Esther Gordillo a la dirigencia nacional del partido, describió ese proceso como una operación de delincuencia organizada.

Siete años antes, el presidente Ernesto Zedillo Ponce de León, quien ya había reconocido que su elección en 1994 fue inequitativa, declaró su sana distancia del PRI.

Zedillo hizo su declaración a toro pasado. José Antonio Meade Kuribreña se cura en salud. Qué tanto abonará esa sanidad a los resultados del 1 de julio, es un diagnóstico que no estamos autorizados a suscribir.

De lo que si dejamos constancia, es que, a la hora de presentarse ante el electorado a pedir el voto, los candidatos presidenciales deben asumir el imperativo: ¡Fuera caretas! Es cuanto.

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