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¿En qué museo quedó la Doctrina Social Cristiana?

La Piedra en el Zapato

Por Abraham García Ibarra

Pongámosla de este tamaño: 2018, población nacional estimada, 126 millones de mexicanos; Población Económicamente Activa (PEA) 56 millones de individuos. Ocupados en la economía negra, 33 millones.

Erosionados casi hasta su derogación de facto los Contratos-Ley y los Contratos colectivos de trabajo, la mano de obra ha quedado expuesta a los contratos de protección empresarial, negociados por los líderes charros, y a la triangulación contractual que faculta a los patrones a negar Seguridad Social a su personal, cuyo primer impacto es la carencia de régimen de jubilaciones y pensiones.

Bajo la última figura laboran unos ocho millones de obreros y empleados. Otros tantos subsisten con el salario mínimo: 88 pesos contra una canasta básica alimentaria que cuesta cuatro veces más, encarecida por una intermediación comercial criminal y por una inflación galopante.

Paz laboral: La paz de los sepulcros

Durante todo el sexenio de Enrique Peña Nieto, los titulares de la Secretaría de Trabajo y Previsión Social (agente garante de la función tutelar del Estado), han proclamado como timbre de orgullo la paz laboral.

Esa “paz” se explica por la tácita abrogación del derecho de huelga, cuyo ejercicio es dinamitado por los propios dirigentes sindicales.

En síntesis, la clase trabajadora mexicana, como resultado de un maquinado proceso de desindicalización, cruza por la precarización del empleo y del salario.

Haciendo de lado el sector comercio y servicios, que sólo agrega a la producción el valor de la especulación, el campo y la industria han sido sometidos a una premeditada depresión para que los empleadores encuentren ahí un permanente ejército de reserva.

Una realidad encubierta: Exportamos lo que importamos

Desde que empezó a operar en 1994 el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), el gobierno federal ha dado prioridad a la agricultura de exportación y a un área de la industria.

En el segundo caso, a las plantas maquiladoras de diversas ramas, y al buque insignia: El ensamblado automotriz, cuyas mercancías, sin embargo, se presentan como mexicanas, no obstante que el componente nacional es limitado.

Tenemos en esa área de la manufactura de exportación, concentrada preferentemente en cuatro estados del norte y en unos cuantos municipios, un dato indicativo: De 1999 a 2013, los empleos generados apenas rebasado la suma de 840 mil plazas laborales. Esto es, apenas unas seis mil por año.

Esa precariedad tiene una de sobra conocida explicación: Los procesos tecnológicos en la producción están desplazando al trabajador de carne y hueso.

Si bien es cierto que los salarios son relativamente remunerativos, el beneficio lo disfruta el personal calificado, pero su poder adquisitivo en aquellas zonas es absorbido por los costos de la vida cara.

El otro trágico rostro de esa situación laboral, es que el personal de talacha es reclutado entre los flujos migratorios que se agolpan en la línea fronteriza, esperando la oportunidad de saltar o nadar al otro lado.

La trampa de la “nueva cultura laboral”

Ahora bien: De la infame situación de la clase trabajadora mexicana se culpa sólo y únicamente al Estado y su partido, por haber usado a obreros y campesinos como carne electoral.

Asiste en parte la razón a los detractores del viejo régimen, aunque las cosas se han radicalizado en el periodo del Estado neoliberal.

Para abordar el siguiente apartado, consideramos pertinente una acotación: Hacia la década de los noventa, la mafia sindical oficialista puso a la clase trabajadora en charola de plata a expensas de la clase patronal.

El gancho fue etiquetado con la leyenda nueva cultura laboral, truco neoliberal que condicionó el incremento salarial a la productividad. La productividad obrera ha mejorado pero los salarios siguen por los suelos. (Sería el remedio, la supuesta nueva cultura, se argumentó, para extinguir la lucha de clases.)

El operador de esa maquinación fue el entonces presidente de la Confederación Patronal de la República, Carlos María Abascal Carranza, conocido por los de su clase como Monseñor, en mérito a “su religiosidad”. La católica, por supuesto.

Abascal Carranza sería en el gobierno los empresarios, por los empresarios y para los empresarios secretario de Trabajo, primero, y más tarde de Gobernación.

Pastoral Social vacía de compromiso

La alusión religiosa nos remite a otro escenario: La omisión del clero católico mexicano, que ha hecho de la pastoral social una inane comisión carente de caridad: Una presencia vacía de compromiso.

Colocamos esa afirmación a la luz de la Doctrina Social Cristiana. Casualmente, esta institución se renovó en el siglo XIX frente a dos espectros temidos por la Iglesia romana: El liberalismo y un emergente socialismo.

El primero fue abrazado por ciertos segmentos pensantes en Europa; el segundo incitó la fascinación del proletariado, en algunos casos acompañado por jóvenes sacerdotes de aquel continente, apoyados a la vez por sus obispos.

Poderoso ambiente moral versus degeneración de valores

Para los católicos europeos, la cuestión obrera, pero sobre todo la cuestión social era, ante todo, un problema de degeneración de los valores y costumbres cristianos.

El rumor llegó a la Santa Sede, hasta los oídos del papa León XIII. El pontífice instruyó a sus consejeros a estudiar el asunto. Producto de las deliberaciones, en 1891 se publicó la encíclica Rerum Novarum.

Ese instrumento papal proponía como punto de partida la gestión de un poderoso ambiente moral. La manifestación más concreta de la moralidad social obligaría al cumplimiento de los deberes respectivos de los dos factores de la producción, particularmente en lo relativo a la justicia como vía hacia la paz social.

Nadie ignoraba que, en sus principios, la Iglesia había sido de los pobres, los explotados, excluidos y marginados. El desvincularse de sus orígenes, advierte la argumentación, sobre todo por el incremento de la riqueza y por el acceso de sus dirigentes a los organismos del poder político, la institución se materializaba y clericalizaba.

Esa situación la advertía y pretendía reparar la encíclica, que incluso reconocía en el Estado la facultad de garantizar el cumpliento de la Justicia Social.

Los jefes católicos cabalgan en la misma carroza de los poderosos

Preciso es abundar en ese expediente pues en México, casi como un reto a la implacable dictadura de Porfirio Díaz, de cara la miserable situación de la mayoría de los mexicanos, segmentos del clero mexicano asumieron los riesgos, interpretaron e idearon formas de implantar la nueva Doctrina Social Cristiana.

Hoy, como lo denunció aquí el Papa Francisco, un siglo después los señores de la jerarquía católica cabalgan en la misma carroza de los poderosos. ¿Y el compromiso con la clase trabajadora? Bien, gracias. Es cuanto.

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