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EU: Perro en que da en comer huevos…

La Piedra en el Zapato

Por Abraham García Ibarra

De acuerdo con expedientes sistematizados por agencias de la ONU e investigaciones procesadas por instituciones humanitarias, la intervención de las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos en conflictos bélicos a partir de la década de los cincuenta del pasado siglo, ha provocado la muerte de entre 20 y 30 millones de personas. El más alto porcentaje, civiles.

La documentación recoge dos vertientes: 1) Las declaraciones de guerra expresas dictadas y dirigidas desde el Salón Oval de la Casa Blanca, y 2) La triangulación extraterritorial ´en la que los departamentos de Estado y de Defensa han empleado como mano de gato a desleales militares golpistas contra legítimos regímenes, emanados de las urnas electorales.

El macabro balance abarca desde la guerra de Corea, cruza por la Operación Cóndor en Latinoamérica y hace escala en la Operación Libertad, acometida en Medio Oriente por el renacido George W. Bush en 2001, con o sin la aprobación del congreso estadunidense o el Consejo de Seguridad de la ONU, según expectoró paladinamente.

Vietnam: La derrota más humillante de la soldadesca gringa

A los años sesenta corresponde el capítulo más demencial del instinto guerrerista de los presidentes estadunidenses, para el caso Lyndon B. Johnson, quien asumió después del asesinato de John F. Kennedy.

Se trata de la Guerra de Vietnam, que tiene dos dimensiones: 1) Generó la insurgencia de movimientos pacifistas internos, con la juventud universitaria en las calles y las plazas públicas, y, 2) El desenlace resultó humillante para la soldadesca gringa.

Va nuestro habitual ejercicio memorioso: Se aproxima la elección presidencial. El secretario de Guerra de Johnson es Robert McNamara, ex ejecutivo de la corporación Ford.

Citamos, sobre la confrontación veraniega: La eficaz respuesta de los aviones norteamericanos al ataque de lanchas torpederas norvietnamitas en el golfo de Tonkín fue una mezcla, en dosis iguales, de audacia y precisión. Al menos así parecía entonces.

Los incidentes del Golfo de Tonkín, una provocación

Con posterioridad, cuando el desencanto ante la guerra de Vietnam se propagó como un cáncer en el país, el incidente del golfo de Tonkín apareció con un tinte de vaguedad y, cosa inquietante, como resultado de una provocación intencionada por parte estadunidense.

Para descifrar la clave de lo que ocurrió en aguas costeras de Vietnam del Norte durante la primera semana de agosto de 1964, hay que hacer referencia al plan norteamericano de operaciones clandestinas contra las fuerzas comunistas, designado con el número clave de 34-A.

(Se alude el libro The Making of President 1964, con crédito a Theodore H. White). Continuamos: White no tenía idea de la existencia de ese plan; tampoco el pueblo norteamericano ni el Congreso, el cual, a raíz de unos acontecimientos cuyo control le incumbía, fue solicitado para involucrar al país en una desastrosa escalada de la guerra asiática.

Hasta cierto punto puede que el incidente del Golfo de Tonkín haya sido involuntariamente distorsionado o mal interpretado, pero en todo caso los errores no habrían tenido consecuencias si Washington no hubiera sido foco de una vasta intriga.

Lyndon B. Johnson estaba en campaña electoral

El primer responsable era el presidente Johnson. Puede que, a su vez, fuera engañado o manipulado por militares de alta graduación en el Pentágono. En todo caso, lo que sí cabe afirmar es que el Congreso fue objeto de hábiles estratagemas para que se pronunciara en favor de la guerra.

Los párrafos anteriores los extractamos palabra por palabra de la saga Gloria y ensueño/ Una historia narrativa de los Estados Unidos, volumen 3 1954-1965, debida a William Manchester. (Editorial Grijalbo.)

Prolijo el autor, da cuenta de una segunda ronda de provocaciones gringas en el golfo de Tonkín y revela que la Comisión de Relaciones Exteriores del Senado no conoció todos los pormenores hasta tres y medio años después. Subrayamos un dato: El demócrata Johnson estaba en campaña electoral.

La “explosión” del Maine en aguas de La Habana (1898)

Esa historia nos refresca la memoria de otra canallada de Washington: La explosión del USS Maine, acorazado enviado a La por la Armada a La Habana, a “proteger los intereses de los ciudadanos norteamericanos” de las revueltas contra España. La “explosión” se registró el 15 de febrero de 1898.

La coartada sirvió para que los Estados Unidos declarara la guerra a España. Terminó agandallándose de la isla, Puerto Rico, Filipinas y Guam.

Recuperamos dos datos: 1) El presidente era Grover Cleveland. Washington entraba a la pugna electoral por la Casa Blanca, y, 2) Calentó el clima de guerra el amarillista editor, William Randolph Hearst, el mismo que veinte años después pretendió convencer a Washington de invadir militarmente a México para imponerle un presidente gringo.    

Cosa veredes, Sancho. Ahora, el incendiario anaranjado Donald Trump galopa en campaña electoral en pos de un segundo mandato. Provoca a Irán en Irak. Dos días después, explota en el aire un avión de pasajeros. “Lo derribó el gobierno iraní”, dictamina el candidato republicano: ¡Al  ataque, aliados! Es cuanto.  

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