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Fascismo y nazismo en México

La Piedra en el Zapato

Por Abraham García Ibarra

No obstante estar legislada ya la Reforma Política 1977-1978 con su gran anchura aperturista, después de la Asamblea Nacional de la CTM que postuló una Reforma Económica integral y abrió el umbral al Pacto Obrero Campesino, percibimos dentro del gobierno cierta tendencia selectiva entre el sindicalismo bueno y el sindicalismo malo.

Advertimos entonces si no se estaría entrando a un proceso de larvada fascitización de la política interior. Para 1994-1995, negociándose el proceso de pacificación de Chiapas, desde lo alto del poder se insinuó la alternativa entre guerrilla buena y guerrilla mala.

La Reforma Política aludida giró sobre un aviso: No despertemos al México bronco. A este fin se aplicó como barrera a los movimientos extremos la institucionalización de corrientes de izquierda y de derecha, algunas de los cuales permanecían proscritas de facto, y no se hizo exclusión de militantes de grupos que habían abrazado la opción armada.

Cuando en la primera mitad de los ochenta tratamos el tema de la fascistización, teníamos presente las experiencias de las décadas de los treinta y cuarenta en México, en que enclaves civiles contrarrevolucionarios y residuos de los ejércitos cristeros convergieron en sus simpatías hacia los líderes de las potencias de El Eje, perpetradores de la Segunda Guerra Mundial.

Entre 1940 y 1951, en el marco de las elecciones presidenciales, las tentaciones golpistas identificaron acciones subversivas de generales de la Revolución renegados y de facciones clericales activas desde 1917, después de promulgada la Constitución de Querétaro.

Del cardenismo a la política conciliatoria de López Mateos

Ecuánime ante esos fenómenos don Adolfo Ruiz Cortines, fue don Adolfo López Mateos quien asumió una política proactiva orientada a la cooptación de militantes de formaciones opuestas al Partido de la Revolución, alineadas a la izquierda.

En la década de los cincuenta, en Guadalajara, Puebla y en locaciones de El Bajío -viejo escenario de la Guerra Cristera– con conexiones en importantes plazas norteñas como la de Monterrey, veteranos combatientes contra la Constitución y los acólitos del fascismo y el nazismo, desde la clandestinidad acometieron el proceso de reorganización, aprovechando sobre todo cada periodo electoral.

Ya en la resistencia contra el Cardenismo, desde sus catacumbas habían levantado cabeza centros patronales y empresariales regionales, tripulados desde el centro. Resurgieron contra López Mateos.

Para la segunda mitad los setenta, misiones de la Confederación Patronal de la República Mexicana y del Centro Coordinador Empresarial eran acogidas en bases militares de El Pentágono, so capa de talleres de instrucción ideológica para la defensa de la libre empresa.

John Gavin, acelerador de las derechas mexicanas

Cuando, desde el primer periodo de Ronald Reagan fue designado embajador en México John Gavin, la derecha y ultraderecha electorales adquirieron un poderoso impulso en los municipios fronterizos con los Estados Unidos.

Para 1984, en la Convención del Partido Republicano, de nominación de Reagan a un segundo mandato, en Dallas, Texas, fueron recibidos con beneplácito delegados fraternales del Partido Acción Nacional.

Calculando que el fruto estaba maduro, en 1988 fue lanzado a la contienda presidencial el magnate sinaloense, Manuel de Jesús Clouthier del Rincón, líder nacional de la comunidad empresarial -a la sazón ya articulada con su par de los Estados Unidos-, abanderado por el PAN y apadrinado por el movimiento Poder ciudadano, brazo electoral de las cúpulas de hombres de negocios.

Doce años después de la derrota presidencial de Clouthier, apareció en Guanajuato el panista Vicente Fox. El primer anuncio que hizo al separarse de la gubernatura para buscar la candidatura por el PAN, fue el de una Segunda revolución cristera.

Se hablaba ya de transición democrática. Sin embargo, el guanajuatense inclinó su acción preferente por las formaciones gremiales, en el centro de las cuales fue colocado el nuevo corporativismo empresarial.

En ese ininterrumpido fenómeno político se incubó el Estado Neoliberal mexicano: Su envenenado producto es un selecto racimo de plutócratas que aparecen en la lista de los más ricos del mundo. Enfrente y abajo, casi 90 millones de mexicanos que sobreviven en la pobreza y los que subsisten en la pobreza extrema, eufemismo con el que se pretende ocultar la miseria.

Globalización económica: Mil 750 millones de miserables

Marca de la casa de la globalización, preciso es darle un marco macro:  Con datos combinados del Banco Mundial y del Programa de Desarrollo de la ONU -de 2008 a 2010-, la suma de miserables era para entonces de mil 750 millones de seres, con ingresos de menos de dos dólares al día, tomando solo los indicadores de renta y consumo.

Puestos los datos en números relativos, para el corte de 2010, el 10 por ciento de los más ricos se embuchacaba 56 por ciento de la renta mundial, dejando al 10 por ciento de los de abajo, sólo 0.7 por ciento.

(Los historiadores del fascismo, del que fue hijo directo el nazismo, coinciden en que las crisis económicas son el caldo de cultivo de esas opciones totalitarias, ahí donde las masas empobrecidas y desesperanzadas son atrapadas por el discurso de los hombres providenciales).

Madeleine Albgrith: Fascismo, una advertencia

No es casual que reproduzcamos los anteriores datos sobre la pobreza extrema universal. Son materia de trabajo y compromiso del Instituto de la Haya para la Justicia Global, obra compartida por humanistas, entre los que está inscrita Madeleine Albright, ex secretaria de Estado del presidente estadunidense Bill Clinton.

El nombre de pila de la señora Albright, nacida en Praga en 1937, es Marie Jana Korbeva. Desencadenada la Segunda Guerra Mundial, su familia se refugió en Suiza hasta que en 1948 se arraigó en los Estados Unidos.

¿De qué huía la familia checoslovaca? De los horrores del nazismo. Sabe, pues, la ahora señora Albright de qué habla.

Nos ponemos al día, en el tema de la fascitización. La señora Albright lanzó a prensas hace dos años una documentada obra apoyada en sus experiencias biográficas y su ejercicio de la Política Exterior de los Estados Unidos: Fascismo: Una advertencia, un serio y profundo análisis del desarrollo del totalitarismo.

Pulsiones totalitarias de Donald Trump

No es accidental la elección del lanzamiento de esa alertante obra: El año en que se posesionó de la Casa Blanca el magnate republicano Donald Trump.

No llega la autora a colgarle al Presidente estadunidense el marbete de fascista. No llega a tanto, pero… encuentra que no es difícil descubrir en él una personalidad similar a la de vencedores en elecciones democráticas que padecen pulsiones totalitarias de las que difícilmente pueden escapar.

La señora Albright se confiesa optimista: La diferencia en favor de los Estados Unidos es que allí funcionan las instituciones y son capaces de moderar las estupideces y abusos de los mandatarios.

Pero la señora Albright escribió su trabajo antes de 2017. No sabemos si, dos años después, frente a los frenéticos arrebatos del inquilino de la Casa Blanca, pueda asegurar que en los Estados Unidos están funcionando las instituciones.

Al menos esa percepción no habita en El Capitolio o en algunas Cortes, donde los depositarios de los poderes Legislativo y Judicial empiezan a convencerse de que Trump está erosionando puntual y deliberadamente el orden constitucional de la República.

Para ilustrar nuestro optimismo, por hoy cortamos con algunos ingredientes del fascismo: Culto a la personalidad del caudillo, rechazo al marco democrático, exaltación de las virtudes militares, una ideología nacionalista llevada a escala ultra, exacerbación de los valores de la identidad: Haremos de nuevo grandes a los Estados Unidos. Cueste lo que cueste, así se lleve entre las espuelas la Libertad de expresión. Es cuanto.

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