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¿Golpe de qué? Serenos, morenos

La Piedra en el Zapato

Por Abraham García Ibarra

Ni mi mujer lo sabía, reveló paladinamente Augusto Pinochet al describir el sigilo con el que su banda maquinó el golpe de Estado para asesinar el 11 de septiembre de 1973 al doctor Salvador Allende en el Palacio de la Moneda en Santiago de Chile.

Es que los verdaderos golpistas -que en América Latina y otros continentes han operado con relativa eficacia-, tienen que pasar primero por los filtros de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) de los Estados Unidos, que a su vez cumple órdenes de la Casa Blanca al través del Departamento de Estado, cuyo titular coordina al Departamento de la Defensa y los altos mandos de El Pentágono.

No es lo mismo un Ejército de castas que uno del pueblo

Los golpistas latinoamericanos contemporáneos, tuvieron que pasar, primero, por algunas bases militares domésticas en los Estados Unidos para ser seleccionados como prospectos a la Escuela de las Américas de El Pentágono, en su enclave en Panamá. La Universidad de los golpistas, según algunos pacifistas estadunidenses.

Nomás recordar que, del Canal de Panamá al sur, los ejércitos regionales son de castas. No cualquier Perico de los palotes ingresa y sale cargando en sus henchidos pechos las insignias de jerarquía castrense. Fueron y son, de clase social para merecer clase en el escalafón de sus corporaciones.

En la década de los setenta, la sensacional revelación periodística fue que altos cuadros de las cúpulas de hombres de negocios mexicanas, fueron huéspedes-pupilos de alguna base militar estadunidense, donde comandantes de las Fuerzas Armadas norteamericanas les dictaron talleres para la defensa de la libre empresa.

Amenazas de golpes de Estado para dar golpes de bolsa

Después del golpe de Pinochet, en la ciudad de Puebla apareció el incitante libelo El golpe. Su intencionalidad sugería el modelo brasileño de 1964. Para 1975, en los suburbios de Monterrey, Nuevo León, abortó el aquelarre empresarial conocido como La conspiración de Chipinque para derrocar a Luis Echeverría.

Todavía, en ese periodo, cada 19 de febrero, la línea central del discurso recordaba que, a diferencia de los de algunos países del sur, el Ejercito mexicano, es el pueblo en armas, según su origen revolucionario.

Para la década de los ochenta, por nuestra parte empezamos a citar repetir editorialmente una sospecha: Los empresarios mexicanos amenazan con dar golpe de Estado, para dar golpes de bolsa.

Desde el Consejo Empresarial se pide intervención internacional

En 1983, después de la Expropiación Bancaria, un prominente dirigente del Consejo Coordinador Empresarial (CCE) ambuló por algunas ciudades de los Estados Unidos de la mano del embajador de la Casa Blanca en México, clamando por la intervención internacional para impedir que el gobierno cayera en manos de grupos anarquistas, comunistoides que querrían hacerse del poder del Estado.

Es hasta el verano de 1988 cuando, después del terremoto político de julio, militares y navales en retiro, alineados en el PRI, pretendieron que el presidente Miguel de la Madrid movilizará al Ejército para tomar la Ciudad de México y las capitales de los estados, previniendo el asalto de esas plazas por denunciantes del golpe de Estado técnico que definió la sucesión presidencial en el Colegio Electoral de San Lázaro. De la Madrid no perdió su ecuanimidad de estadista.

De nuevo, en el otoño-invierno de 2006, públicamente algunos enardecidos líderes de opinión escribieron con destino a Los Pinos su exigencia de que Vicente Fox moviera tropa para recuperar la Ciudad de México. El guanajuatense se resistió al despropósito. Él había llegado a la residencia presidencial por la vía de las urnas electorales.

Abrimos un arco cronológico desde 1965. Ese año causó alta en el Ejército mexicano un actor que hoy es protagonista de alarmadas advertencias de algunos asustadizos.

Neoliberalismo y polarización socioeconómica

Antes de continuar, permítasenos una puntual acotación. Hasta finales de los años setenta, politólogos y sociólogos coincidían que, a lo largo de medio siglo, en México habían emergido una solvente clase media compuesta por diversos segmentos de la ciudad y el campo.

(Hace unas horas, en una cadena de televisión metropolitana, a propósito de las movilizaciones en Chile, el entrevistado concluyó que esas manifestaciones constituyen la explosión de una clase media insatisfecha con las políticas económicas de los últimos veinte años. El entrevistado es chileno, en oficios diplomáticos en México, quien, vale subrayarlo, precisó que aquellos movimientos son de naturaleza civil.)

Hecho el paréntesis, reanudamos la narrativa: Al implantarse el modelo neoliberal en México, desde la segunda mitad del sexenio de De la Madrid estudios sociológicos empezaron a hablar de un nuevo fenómeno político: El de las clases medias desclasadas.

De “más sociedad” surgen plutócratas clase Forbes

La expresión de aquellos días, pronunciada desde lo alto: Menos Estado, más sociedad, significaba la reorientación del modelo socioeconómico mexicano en favor del mercado, cuyo instrumento fue el diseño de un nuevo corporativismo empresarial, nutrido con la privatización de las empresas públicas.

Apareció un selecto grupo de plutócratas, con calificaciones Forbes. No se requieren doctorados para colegir que, en ese proceso, se fincó la polarización de la sociedad, en cuyo centro de gravedad estuvo la concentración económica, profundizada por la inversión extranjera, privilegiada con un nuevo marco constitucional.

Ese es el punto: Del personaje tomado como detonante de la alarma a la que nos referimos antes, es la declaración en el sentido de que, en México, la sociedad está políticamente polarizada porque la ideología dominante, que no es mayoritaria, se basa en corrientes pretendidamente de izquierda que acumularon durante años un gran resentimiento.

Las envenenadas raíces de la polarización político-social

Durante los sexenios en que se acumuló ese gran resentimiento social, nuestro personaje sirvió indistintamente, desde el Ejército, a sucesivos gobiernos compartidos por el PRI y el PAN, cuyo mando estuvo en manos de tecnócratas neoliberales, que cumplieron puntualmente designios del Fondo Monetario Internacional y otras agencias multinacionales.

Dos datos biográficos han de destacarse: Ya con insignias de alta graduación, nuestro personaje tuvo posiciones gubernamentales, cuya responsabilidad fue combatir la siembra, producción y tráfico de drogas. Incluso, desde instancias de la Organización de Estados Americanos (OEA) y de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) como representante de México.

Precisamente, combatir el crimen organizado fue la excusa para declarar en 2006 la guerra entre mexicanos, que no logra arribar al armisticio. A finales de ese sexenio, se reconoció que esa guerra rompió el tejido social.

La gran parada militar del centenario de la Revolución

En aquel sexenio, nuestro personaje escaló a la subsecretaría de la Defensa Nacional, con el secretario de la Triple G: Guillermo Galván Galván. Entre 2011 y 2012 fue perfilado a la titularidad de la Defensa, infructuosamente.

La última y nos vamos: Es cierto que nuestro personaje pasó por la base militar estadunidense de Gulick y fue alumno de la Escuela de las Américas. Tiene en su abono, que se formó en el Heroico Colegio Militar y en la Escuela Superior de Guerra, almas mater de los cuadros de mando y Estado Mayor del Ejército mexicano.

Cerramos: En 2010, nuestro personaje fue coordinador de la gran parada militar con la que, en noviembre de ese año, se conmemoró el primer centenario de la Revolución mexicana. Referencia que debe servir de algo ahora que algunos ven focos rojos de tentaciones golpistas. Es cuanto.

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