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Opinión

Hubo una vez Política Nacional de Aguas y soberanía alimentaria

Ruta México

Por Álvaro Aragón Ayala

La residencia del gobierno de Tabasco en Villahermosa se conoce como Casa Grijalva, en mérito del bravo   río cuyos caudales surten la Presa Malpaso –Nezahualcóyotl-, domicilio de la más poderosa hidroeléctrica de América Latina, obra de la ingeniería netamente mexicana. La presa se inauguró en 1966.

Esa cápsula cultural nos sirve de alegoría al tema que hoy nos ocupa: Para los habitantes del Trópico Húmedo, que se extiende por nueve estados del sur-sureste mexicano, es una suerte su climatología y la fertilidad natural de sus tierras. La biodiversidad es el santo y seña de aquella comarca.

En la región se obtiene la más alta producción nacional de café, cacao -que alguna vez sirvió como moneda de cambio comercial-, vainilla, pimienta y una gran variedad de frutales. Antes de la colonización del sureste a partir de la década de los 70, era afamada la milpa que camina, una práctica de los labriegos de aquella zona que tenían a la mano la disponibilidad de tierra en la que sembraban maíz.

Vamos a Tabasco/ que Tabasco es un edén… suena la tonadilla. En esa entidad se ubica Macuspana, cuna del actual inquilino de Palacio Nacional. El paraíso se convirtió en un infierno con la depredación petrolera. Ahí se mató a la gallina de los huevos de oro.

Podemos imaginar un noble acto de justicia poética

Sinaloa y Sonora se encuentran se encuentran en el septentrión mexicano, cuya imaginaria línea se conoce como Trópico de cáncer. Los misioneros jesuitas que acompañaron a los expedicionarios españoles describieron la región no sólo por sus características inhóspitas, sino salvajes.

En el Trópico Húmedo se encuentra la Península de Yucatán, donde los mayas rinden aún memoria al general sinaloense, Salvador Alvarado, quien llevó la Revolución mexicana hasta los límites con Guatemala y Belice. Allá se aclimató una versión de socialismo.

En Mérida, Yucatán, en 1921 nació el ingeniero José Hernández Terán. Aquí empieza nuestra historia, una especie de justicia poética.

Formado en la vieja Escuela de Ingeniería de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), Hernández Terán pudo haberse quedado en la capital cobrando horas nalga en un sillón burocrático. Prefirió el trabajo de campo.

Él escogió su propia misión en el Valle de El Yaqui, Sonora, como superintendente de las obra de la presa que hoy lleva el nombre del general Álvaro Obregón y sirvió como detonante a la Revolución Verde, ensayada en la década de los setenta.

Hernández Terán -cuando la meritocracia tenía sentido-, ocupó la titularidad de la Secretaría de Recursos Hidráulicos en el sexenio 1964-1970, periodo en el que se inauguró la Presa Malpaso. Lo sucedió en el cargo el tabasqueño Leandro Rovirosa Wade.

Rovirosa Wade fue consultado sobre la expropiación de los valles de El Yaqui y El Mayo, a mediados de los setenta. Su siguiente encargo fue la gubernatura de Tabasco.

Los agrotitanes del noroeste nos dieron el Granero de México

Volvemos al ingeniero Hernández Terán. Cumplida la hazaña en Sonora, su siguiente misión fue la gerencia de la Comisión del Valle de El Fuerte, en Sinaloa. A sus diligencias se debe la asignación de la presa Miguel Hidalgo a la Comisión Federal de Electricidad.

En el arco temporal de esta narrativa, en México surgió una nueva especie: Los agrotitanes del noroeste. (No es una banda de música.)

A esa generación corresponde que el septentrión mexicano-Pacífico norte se haya convertido en una época en El granero de México. Su potencial sirvió para satisfacer la soberanía alimentaria y a la proveeduría  de insumos para la industria.

Durante la gestión como titulares de la Secretaría de Recursos Hidráulicos de Hernández Terán y Rovirosa Wade se incubó el sueño del Plan Hidráulico del Noroeste (PHLINO), obra magna para conectar los caudales desde Nayarit hasta Baja California. Se dice pronto.

Pero irrumpió el escenario público La generación del cambio. Al diablo con la política hidráulica de México. La Secretaría fue demolida para dar paso a la privatizadora Comisión Nacional de Aguas, pariente de la Carabina de Ambrosio que para nada sirve a los productores rurales, y de mucho a los especuladores urbanos con vital líquido.

La moda después de la contrarreforma agraria y el Tratado de Libre Comercio (1992-1993) fue el impulso a la agricultura de exportación. Aún antes del coronavirus, tanto éste sector como el de la economía social del campo, para decirlo a tono, ya hacían aguas bajo los designios de Washington.

¿En qué se ocupan los gobernadores de los estados del noroeste?

El corolario de esta entrega es el siguiente: ¿Usted cree que los gobernadores de Nayarit, Sinaloa, Sonora y las dos Baja California imaginen una Política Nacional de Aguas para relanzar el potencial de la economía de la región? Para nada. Vaya, ni siquiera mueven un dedo para que se restituya a plenitud la cuota que corresponde a nuestro país por el Tratado de Límites y Aguas México-Estados Unidos. No entienden la cuarta transformación. Ni la enenderán. Por eso estamos como estamos.

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