Voces del Periodista Diario
Abraham García Opinión

Imaginarias de un moribundo de nostalgia

Sinfonía Telúrica

Por Abraham García Ibarra

Estaba un celoso in artículo mortis, llamó a su todavía muy potable esposa: ¿Me puedes conceder una última voluntad? Ni lo digas, esposo mío, ¿cuál es esa? ¿Alguna vez me engañaste? La potencial viuda lo pensó dos veces y respondió con otra pregunta: Aay, ¿Y qué tal si no te mueres…? No es ese parlamento el que da pie a esta entrega.

Si uno cae presa del terrorismo con cargo a la crisis sanitaria, debe pensar en que todos somos candidatos a moribundo. En el tránsito a la última morada -según dicen algunos siquiatras-, el disco duro en la víscera craneana se echa andar en reversa.

Cuadro 1: En la primera exploración reporteril a la Península de Baja California, cuando todavía no es construía la carretera transpeninsular ni navegaban los transbordares rumbo a La Paz, dimos con un antropólogo con estampa de anacoreta.

Así subsistían los pueblos Gaycura de Baja California

Al ver gruesa y empolvada libreta, la inquisición: Se trata, dijo a aquél, de un estudio sobre los pueblos Gaycura.

La retrospectiva: En el páramo peninsular no existían aún las tiendas de conveniencia: Los aborígenes vivían alerta todas las horas, tratando de avistar a un conejo o armadillo: El flechazo.

Seguía el destazamiento del animal y el proverbial reparto comunal. Cada miembro del pueblo recibía su ración. La ataba a un cáñamo, la chupaba y fingía que la ingería. La extraía y la exponía al Sol para futuros banquetes.

En temporada de pitahayas, recolectaban el fruto y lo consumían fresco. A la hora defecar, escogían alguna roca con cazuelita. Al secarlas el Sol, recogían las semillas para hacer atole. Era tal la dieta.

Así, hasta que llegó la “civilización” cristiana a aquel solar volcánico.

Hacia el noroeste, el tránsito incierto de muchos Juárez sin levita

Cuadro 2: Tiempo después, la oportunidad nos llevó a las zonas semidesérticas de nuestro septentrión en Coahuila y luego a la Sierra Tarahumara. De ahí al Reino del Nayar hasta la Meseta Purépecha.

Para los años setenta ya recorríamos las selvas de la Península de Yucatán poblada de mayas. A  La Lacandonia y, en la vecindad, por las soledades de las montañas de Oaxaca y Guerrero. Otra naturaleza y otro régimen alimentario.

En el itinerario de Oaxaca a los fértiles valles del noroeste, desde finales de los sesenta veíamos el peregrinaje de muchos Juárez sin levita. Iban a obsequiar su mano de obra a los latifundistas, primero de Sinaloa, luego de Sonora y Baja California.

Cuadro 3: Cuando se instituyó el Programa Nacional de Solidaridad, algunos sociólogos ubicaron en el sur-sureste a los más pobres entre los pobres de México. Después del Pronasol, lo siguieron siendo.

Medio siglo de advertencias como voces en el desierto

Cuadro 4: Desde la década de los setenta empezamos a consultar los estudios de la Agencia de la ONU para la Agricultura y la Alimentación (FA0). Más tarde los de las agencias responsables de los programas de Desarrollo Humano. Hasta el Banco Mundial trató el asunto.

Desde su fundación, la FAO ponía sobre aviso: La pobreza y el hambre se retroalimentan. Es saludable y justo tomar providencias.

Cuando se asestaron las primeras políticas de choque, los detractores de la tecnocracia la tipificaron como fábrica de pobres.

Hubo una vez una Cruzada Nacional Contra el Hambre

Cuadro 5) Más de medio siglo después de aquellos recorridos reporteriles, apareció por ventura en el sexenio pasado la Cruzada Nacional contra el Hambre.

Durante ese periodo, el Consejo Nacional de Evaluación de las Políticas de Desarrollo Social siguió contando pobres y miserables. Ya no sólo en los territorios indígenas, sino en las goteras de las grandes metrópolis mexicanas, a donde emigran los condenados de la Tierra; pueblos nativos completos.

Cuadro 6) El Covid-19 recorre ahora los limpios espacios republicanos donde ve la suegra. Debajo de las alfombras descubre retratos del estigma: Los de la pobreza extrema.

Las nostalgias del moribundo se condensan en una pregunta: ¿El Covid-19 incitará al grupo dominante a un acto de catarsis? Las almas piadosas son impenetrables. En las tragedias colectivas, al individuo le duela más el cuero que la camisa. Es cuanto.

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