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La clase trabajadora, ¿una convidada de piedra?

La Piedra en el Zapato

Por Abraham García Ibarra

Dejando de lado los spots burocráticos que se nos asestaron hasta noviembre pasado, México posee una Población Económicamente Activa (PEA) de 53 millones de individuos de 14 a más años de edad.

Con registros del Instituto Nacional de Geografía y Estadísticas, más de 30 millones de compatriotas subsisten en la economía negra o “informal”, según le llaman los estadígrafos.

La población ocupada en la economía formal, está sujeta a leoninos contratos de protección empresarial o a contrataciones trianguladas por las que se niega el elemental derecho a la Seguridad Social.

En la economía rural, a partir de la contrarreforma agraria de 1992 ejidatarios, comuneros y colonos pasaron de la categoría de posesionarios de parcela a la condición de jornaleros. La suma nacional de éstos rebasa los seis millones.

Casi ocho millones de personas dependen del salario mínimo. En una década, el número de plazas con más de cinco salarios mínimos disminuyó en dos millones.

El mercado laboral explota a casi cuatro millones de niños.

Individuos con escolaridad media, licenciatura, maestría y hasta doctorado no sólo no encuentran oportunidades en el mercado; los ocupados han visto caer sus ingresos hasta por debajo de los 15 mil pesos al mes.

Al fenómeno de migración interna y de emigración se ha incorporado un grueso segmento de personas con formación universitaria concluida.

El más barato ejército de reserva del crimen organizado

En la negra noche neoliberal (de exaltación del individualismo), se ha dado un proceso de desindicalización, derogación fáctica del derecho de huelga y de precarización del empleo y de los salarios.

En el desempleo y el subempleo, el crimen organizado tiene su más barato ejército de reserva. El signo es el incremento de la criminalidad en México.

Ese cuadro en su conjunto retrata la ruptura del tejido social.

La pregunta es, en la cuarta transformación, ¿qué papel se tiene reservado a la clase trabajadora de la ciudad y el campo?

Sin representación ni intermediación política

La respuesta no la encontraremos en el Congreso del Trabajo, ni en su decrépita central histórica mayoritaria, la Confederación de Trabajadores de México. Tampoco la encontraremos en el Consejo Agrario Permanente ni en su buque insignia desfondado, la Confederación Nacional Campesina.

En el sector obrero tenemos cinco líderes charros que acumulan más 200 años de continuismo en el cacicazgo de los principales sindicatos de industria.

¿Hay alguien que conteste por los empleados y profesionales que forman la desclasada clase media? No lo hay en la Confederación Nacional de Organizaciones Populares.

En la práctica clientelar, esas y otras organizaciones fueron antaño tributarias de votos para los partidos nacionales; en su caso y por orden de antigüedad el PRI, el PRD y, en cuanto a clases medias, del PAN. Ya no lo son.

En los hechos, pues, en el Estado Neoliberal, dominado por el corporativismo empresarial, la clase trabajadora mexicana se ha quedado sin representación, intermediación ni interlocución política y social. No hay agente confiable para la negociación.

La placenta perfecta del neofascismo

Las experiencias contemporáneas demuestran que ese ominoso tipo de fenómenos socioeconómicos termina por convertirse en el huevo de la serpiente del fascismo.

No basta, para nada, que se decrete un incremento al salario mínimo diario de 15 pesos (no alcanza ni siquiera para un kilo de tortilla, ni para medio kilo de frijol con gorgojo: Apenas para tres boletos del Metro).

La cuarta transformación difícilmente se concretará con convidados de piedra. La política en materia de Derechos Humanos tiene un ancho campo de aplicación: El Derecho a la vida es el rector de todos ellos.

El oscuro túnel por el que transita la clase trabajadora mexicana requiere de potentes luces iluminantes que permitan salir a respirar aire fresco. Es cuanto.

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Redacción Voces del Periodista

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